En Bogotá hay dos ambulancias especializadas en atender las emergencias que padecen esquizofrénicos, bipolares y posibles suicidas. El periodista Álvaro García estuvo a bordo de una de ellas y cuenta para SoHo cómo es trabajar al rescate de personas que llevan la enfermedad en su mente.
La ciudad está invadida de seres extraños.
Hay demonios que caminan detrás de las personas aguardando la oportunidad de sumirlas en el horror. Y esas personas lo saben; los ven. Entienden que hay brujas y hechiceros volando por los cielos, cumpliendo con la tarea de hacerlos sufrir por encargo de sus enemigos, quitándoles el trabajo, el sueño o el amor. Hay seres invisibles que les hablan al oído a los transeúntes, y los engañan, les dicen cosas espantosas hasta convencerlos de que lo mejor es el suicidio. Por eso un hombre se lanza al vacío desde una torre de comunicaciones, o una joven se corta las venas en su habitación, o el viejo militar se dispara en la boca con el arma que con tanto orgullo guardó. Y no son pocos los bogotanos que viven así, atormentados y asediados en dimensiones oscuras donde no hay esperanza; donde el tiempo de ayer se confunde con el de hoy; donde no hay futuro; donde los que te aman te odian; donde la imaginación y los fantasmas conviven con los recuerdos y las vivencias del aquí y ahora. Centenares de mundos donde impera la locura; donde despertar de la pesadilla puede ser peor.

Según las estadísticas mundiales, el 1% de las personas son esquizofrénicas y el 3%, bipolares. Entonces en una ciudad como Bogotá podría haber cerca de 70.000 esquizofrénicos y más de 200.000 bipolares. Pueden trabajar, estudiar, presentar un programa  de TV, cuidar a sus nietos, hacer política, jugar fútbol o rezar con devoción. Pero en el momento menos esperado pueden entrar en una crisis y transformarse de manera radical; convertirse en seres irreconocibles capaces de causar profundo dolor con sus palabras, agredir a cualquiera, incluso a los más cercanos a sus afectos. Pueden ser violentos con los demás o con ellos mismos.

Los ataques de locura no distinguen entre ricos y pobres, aunque entre géneros, los varones son doblemente propensos a sufrir de esquizofrenia. En bipolaridad, las mujeres superan a los hombres en una proporción de 3 a 1. Las crisis estallan por todas partes, es lógico en una ciudad furiosa como esta. La gente llama al 123 y reporta el comportamiento de alguien fuera de lo normal, extraño o peligroso. Cuando se trata de este tipo de situaciones las llamadas se desvían a una unidad especial donde auxiliares de enfermería, entrenadas especialmente, reúnen la información, precisan los datos y entregan el caso a un médico evaluador, quien finalmente decide si envía una de las dos ambulancias especializadas que hay en Bogotá para atender casos de psiquiatría.

Seis de la mañana. El frío bogotano de la madrugada cala los huesos y reclama cafecito. Los dos enfermeros de la ambulancia revisan que el carro esté limpio, que los elementos estén completos y en orden. Cuidado especial con las cintas para amarrar a los pacientes violentos y con la caja que contiene las ampollas de sedantes. El médico psiquiatra espera la orden del radio para empezar el día. Le corresponde cubrir las emergencias de media ciudad. Nació en la costa atlántica y desde niño se interesó por los misterios del comportamiento humano, por las emociones: la alegría, el terror, la tristeza. Con cada pieza del infinito rompecabezas de la conducta de la gente que iba encontrando, su curiosidad crecía cada vez más. Hoy es igual. Por eso disfruta y quiere este complejo trabajo de atender a domicilio crisis de pacientes psiquiátricos. El psiquiatra ha atendido tantas urgencias de esta naturaleza que ya ha perdido la cuenta. A pesar de su juventud es un profundo conocedor de la condición humana. Ha visto de todo: desde energúmenos envueltos en delirios por droga y alcohol, hasta paranoicos que ven cámaras y micrófonos por todas partes. Confiesa que el caso más raro que ha presenciado es el de un hombre que sufría porque la mitad de su cuerpo pensaba y actuaba como un comunista y la otra mitad como un hombre de derecha. Escuchaba voces de lado y lado, no podía tomar decisiones y vivía en una contradicción sin fin.

La espera por el primer caso no es muy larga. El radio nos envía a una humilde casa en Ciudad Bolívar. En lo alto, antes de rodear la montaña, se ve la ciudad desde una perspectiva diferente: la de los pobres. La dirección es confusa, pasamos casi una hora dentro de la ambulancia y al final la Policía nos guía hasta la casa. El reporte dice que la señora que llamaremos Marta está diciendo incoherencias, que se está poniendo agresiva y que hay niños en casa. La prioridad es protegerlos de cualquier eventualidad inmediatamente. La puerta se abre y en una silla hay cuatro niños pequeños, hermosos y alegres. Juguetean con un cachorro. Al frente, sentada entre una montaña de telas, retazos y vestidos viejos, está doña Marta. El psiquiatra entra, la ubica de inmediato con la mirada, y le habla con pausa y ternura.  

La mente de la señora Marta va a toda velocidad. Va y viene del pasado, de la fantasía y de la realidad, sin escalas. “Los vecinos dicen que estoy loca, que porque hago aseo al frente de la casa. Lo que pasa es que soy diseñadora; puse mi modistería y ellos, de envidiosos, dijeron que yo era una modista loca y dañaba las telas. Por eso me dicen en el barrio la Loca Modista; yo lo que soy es diseñadora, ahí tengo los letreros, y soy artesana. ¿Algo más? Mire las muestras. Estoy arreglando mujeres en Escandinavia; estoy afiliada en la Cámara de Comercio y estoy diseñando unos vestidos que no son en tela, sino que son para la naturaleza... ¿Cómo es que se dice? Ecológicos, sí. Ya le permito el material, deme permiso. Ya vengo. Y usted, que se dice mi hija y que llamó a los médicos de la ambulancia diciendo que yo estoy loca, ¡quite de acá!”.

Doña Marta se levanta de la cama llena de trozos de tela y vestidos de muñeca. Pasa al lado de sus nietos, les hace un gesto amoroso y continúa por el corredor hacia el interior de la casita de cincuenta metros donde vive con su hija, tres nietos, cuatro bisnietos y el perro que acaban de adoptar.

“Yo soy casada, gracias a Dios. Hace años que estoy en tratamiento con el doctor Mario, allá donde los psiquiatras. A mí lo que me dieron fue nervios. Todo debido a los problemas en mi casa: mi esposo me pegaba y me echó, y por eso me atacaron los nervios. Yo sentía rabia, porque no tenía por qué pegarme. Él intentó regalar esta casa y me echó para Ibagué, y por eso me fui. ¿Otra pregunta? Me devolví y me agarré con él y lo demandé por pegarme y hoy en día es mi peor enemigo. Yo no estoy loca. Mis hijas llamaron porque estoy loca. ¿Y una loca habla así?, ¿se viste así? Aprendí diseño hace treinta años con una modista. ¿Alguna pregunta más? ¿Les provoca tintico? Y no puedo ir al hospital porque tengo un taller de cabuyas. Vea, señor, me disculpa, pero voy a hablar del doctor Mario. Es una madre, pero la última vez me hicieron gastar 20.000 pesos en buses. Y me retiro, y no voy allá porque voy a Meissen a reclamar mi medicina. Por eso no me la estoy tomando. Yo no me dejo llevar porque no estoy loca. Ustedes no me pueden montar en la ambulancia. Yo no me dejo llevar. No quiero ver al doctor. ¿A la fuerza que lo saquen a uno? Yo no me dejo amarrar porque no estoy loca. No voy”.

El médico da una orden con un leve gesto. Uno de los enfermeros me entrega sus anteojos, por si acaso. Preparan una dosis leve de sedante y se acercan a Marta con delicadeza. En cuestión de segundos está suavemente sometida y recibe en la sangre que le hierve la droga que empieza a devolverle algo de paz. Sale caminando hacia la ambulancia. Susurra contra los chismosos del barrio que, según ella, ahora sí van a creer que está loca. “…Deben estar en las ventanas, detrás de los velos, mirando todo”. Tenía razón. Ahí estaban. Reclama su bolso; no lo puede llevar, ya que podría tener algún elemento con el cual hacerse daño. Finalmente se acuesta en la camilla. Los niños, impresionados al ver cómo fue sometida su abuela, se asoman a la puerta de la ambulancia con los ojos llenos de lágrimas. Ella detiene su diatriba y regresa unos instantes de su mundo solo para decirle a su nieto mayor: “Tranquilo, mijo... no llore, todo va a estar bien”; le da una caricia y de inmediato sus demonios la arrebatan de aquí y la llevan de nuevo a los dominios de la angustia, el miedo, la rabia y la incertidumbre. La droga empieza a hacer efecto. Regaña a su hija por última vez antes de dormir, levanta la cobija y dice: “Por lo menos este paseo es gratis”. La dejamos en un hospital público donde, justo, quedaba una cama para atenderla. Hubo suerte.

El psiquiatra conoce muy bien los tiempos de la “locura” de la ciudad. Sabe, por ejemplo, que los sábados, después de las nueve de la noche y durante todo el domingo, la gente es más propensa a deprimirse profundamente, incluso hasta suicidarse. Los picos más altos de crisis de psiquiatría están en enero (después de las fiestas de fin de año); abril, julio y octubre. Son críticos también el jueves y el viernes de Semana Santa. El psiquiatra sabe que en vísperas de vacaciones se multiplican los casos porque hay gente que suspende deliberadamente la medicación de los enfermos para provocarles una crisis, mandarlos al hospital y “poder viajar sin el loquito”. Cosas de la condición humana. Y teme que los eventos mediáticos les den impulso a los deprimidos, como en el caso de Lina Marulanda, la bella modelo y presentadora que se quitó la vida y que provocó una fuerte ola de suicidios en toda la ciudad.

El radio avisa de un nuevo caso. Esta vez en un barrio en el norte de Bogotá. El médico sabe que la enfermedad es la misma pero la gente es diferente. En los barrios pudientes, la vergüenza por tener un enfermo mental es ostensible y manifiesta. El paciente, hombre de 30 años, agresivo, con antecedentes de enfermedad mental. Atravesamos la ciudad velozmente. Por el perfil del caso es necesario pedir el apoyo de la Policía ya que es posible que el paciente esté armado y pueda agredir de manera letal a médicos o enfermeros. Incluso a su propia familia. Nos recibe en la puerta su padre, un hombre educado, de modales suaves, sereno a pesar de la angustia que vive en su casa. Su hijo, que desde hace años sufre de esquizofrenia paranoica, está encerrado en su habitación, en actitud amenazante. El padre tiene una tristeza infinita en la mirada y habla con la calma de la resignación. Proporciona información clave: al parecer hace días dejó de tomar la medicina y por algo de marihuana se disparó la crisis. Estuvo a punto de agredir físicamente a su abuela y a su hermana. Advierte que el joven, en ese estado, posee una fuerza extraordinaria y que en otras visitas de médicos y enfermeros, saltando como un gato, se ha escapado trepando por las paredes y corriendo por los techos. En un operativo se rodea la casa y se copan los lugares por donde pueda escapar. Finalmente dos policías, tres enfermeros y el psiquiatra entran a la casa. Se dirigen a la habitación y el hombre se asoma: al ver que no tiene escapatoria y que hay suficientes hombres para doblegarlo fácilmente, acepta salir. Todo transcurre en silencio. La tensión es grande. Lo sujetan de los brazos y le aplican una fuerte dosis de sedantes. Hay furia contenida. El hombre sube a la ambulancia, mira hacia los lados y en una extraña y rápida ronda clava su mirada en quienes están alrededor. Es una mirada que no es de aquí. En pocos minutos está dormido y sujetado con seguridad a la camilla. “Hace días dejó de pintar”, dice su hermana. Los cuadros de la casa fueron pintados por él. Esa era su salvación: sacar esos mundos de su cabeza y ponerlos en un lienzo, lejos y cerca de él. La familia nuevamente lo acompaña a la clínica. En el otro extremo de la ciudad, como sucedió con la mujer de Ciudad Bolívar, se quedan en la puerta a la espera de noticias que ya conocen y que recibirán hasta que todo acabe, quién sabe cuándo.

Al terminar el turno de 12 horas el psiquiatra se va para su casa, en las afueras de Bogotá. Se puso como condición, para asumir este trabajo, vivir fuera de la ciudad, en lo alto de una montaña, lejos del ruido y de la angustia; cerca de la salsa y los boleros que le devuelven la energía. Desde allá, apartado y seguro, puede ver volar los demonios y las brujas que atormentan a sus pacientes. Después de vivir esto una y otra vez todos los días durante años; de ver cómo los hombres se derrumban, se consumen o se suicidan por problemas cotidianos, penas de amor o angustias económicas, ha sacado una sola conclusión: “Todas las cosas de la vida, por difíciles que parezcan, tienen solución”.

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