NO SOY NADA AMIGO de las motos. He tenido experiencias amargas, que se salvaron de terminar en tragedias. Y recuerdos trágicos como la muerte de una amiga francesa —Giselle—, cuando un taxi golpeó la moto y ella se dio contra el andén. Quedó muerta. Sin más. Yo tenía 15 años. Fue brutal. Cuarenta años después monté por primera vez en un mototaxi en Tarapacá. Otra moto nos estrelló y yo salí despedido por encima del taxista. Las peladuras y el temblor de piernas me duraron una semana. Lo más grave me sucedió en Tailandia, reino de la moto veloz, popular, ruidosa, una pequeña fábrica de veneno andante. Las calles y avenidas son ríos de motos, en los semáforos se represan, la ciudad se oye como una gigantesca colmena. Si todos pueden, yo puedo. Alquilé una y me monté como si nada. La prendí engranada en primera, la moto pegó un brinco como si fuera un caballo cimarrón y yo quedé tirado de nuevo en el asfalto y la moto estrellada contra un muro.
En San Francisco, California, viví en un barrio por donde pasaban harlistas a las 11 de la noche los jueves haciendo un ruido infernal. Vestidos con chompas, pantalones, botas, chalecos de cuero negro, gorras militares, cascos militares —muchos, nazis—, quepis militares, barba, tatuajes, gafas negras y una agresividad blanca, racista. Nunca vi un negro con una Harley Davidson (HD). Pasaban cientos a lo ancho y a lo largo de la vía; quien osare atravesárseles, lo hacía bajo su propia responsabilidad, como quien lo hace al paso de un tren. Tenían, creo, licencia de hacer el estruendo característico de la marca: ronco e intermitente. No en vano, la HD se volvió vehículo oficial del ejército norteamericano en la Primera y la Segunda guerras mundiales y de ñapa en la de Corea. Hollywood la convirtió en símbolo sexual, en una falocicleta. En la Cuba de Batista era la moto de la policía, de los matones de inteligencia y de la mafia. Fidel las confiscó y las enterró en una playa. Eran la imagen de la dictadura, del imperialismo, del pasado. Las enterró, enterradas. Desaparecidas. Años más tarde, alguien descubrió el hueco y fueron saliendo como fantasmas cientos de motos, oxidadas, incompletas, pero Harley. Los cubanos arreglan todo lo roto, dañado, despedazado. Un día, 25 motos engalladas, brillantes, ruidosas dieron el primer ride por el malecón.
Yo les tenía mala voluntad a las célebres HD, más en la medida en que fueron el primer producto que gozó del TLC y su llegada fue recibida con bombo, platillos y embajador gringo. El tratado rebajó en hasta cinco millones el precio de una moto de alto cilindraje. ¿Cuántos miles de toneladas de uchuva tendríamos que exportar para compensar esa concesión? Por esas razones, que suman y suman, no tenía ni la más remota intención de montarme algún día en una de esas fieras mecánicas. Pero como la necesidad es un perro y la gana una perra, acepté vivir una noche de Harley.
Los jueves, los harlistas se dan un vuelto nocturno por Bogotá; a veces van a Chía; otras, a Sopó; otras, a Usaquén. No me los imagino en un ride por Ciudad Bolívar. ¿Cuántos regresarían sin moto y sin casco y sin chaleco? En vacaciones van a Bucaramanga, a Cartagena, a Ibagué, etc. Son un grupo de amigos con 50 motos. Con recelo me acerqué la noche de la cita al sitio de donde salen. Pasé por delante de la manada como si fuera un peatón más en busca de una niña de las que se pasean por la zona. Miré de reojo: apagadas las motos no muerden. Las miré poco a poco. De lejos, pero una por una: unas son negras, otras rojas, alguna azul plateado, otra amarilla, todas aboceladas, aluminadas, brillantes, listas para el ataque. Sus dueños llegaron graneados, aparecían como de la nada, se saludaban, se veían alegres, casi traviesos. Uniformados de cuero negro, casco negro, pines y taches. Los hombres con una calavera pintada en la espalda; las mujeres —son nueve y bellas— con una rosa plateada. Di la vuelta a la cuadra y regresé haciendo de las tripas, corazón. Ya habían llegado 20 o 30 harlistas más. Se veían ansiosos. Miraban sus máquinas, hablaban sobre ellas. Uno se me acercó, me saludó y se mostró dispuesto a explicarme lo que yo atónito seguía mirando. “No hacen nada, nosotros tampoco”, me dijo adivinando mi reticencia. Creo haber sonreído de lado. Me dijo con amabilidad: “Esta es una Iron 883 —dato que no entendí— y vale 27 millones; esta, que monta don Jesús, es una Heritage Softail y vale 40 millones. Él tiene más de 65 años, es nuestro viejo lobo. Esa otra negra es la que monta Lina Guevara; aquella blanca es la de Ramiro; la plateada, de Gustavo; la roja, de Adriana; la grande, de Alberto, coronel de la policía. Así me fue presentando, una a una, toda la manada. Para un harlista, cada moto tiene su propia personalidad; tiene cara, cuerpo, corazón. Una identidad hecha con gallos propios: manubrio, pedales, asientos, exostos, farolas, stops, guardabarros, rines y mil cosas que solo ellos ven, aprecian y pagan. Son casi altares con motor. Don Jesús, de barba blanca ensortijada y con casco, tiene un aire a don Alonso Quijano; Elkin, odontólogo; Ramón, arquitecto; Diana, politóloga; Darío, ingeniero; Adriana, periodista; Gladys, coronel de la policía. Una torre de Babel donde se habla la misma lengua.
Las motos sonaban, yo temblaba. Elkin me dijo: “Hermano, tiene que usar casco; se lo prestamos, y si quiere botas, también, con tenis va y se quema con el exosto”. Acepté a regañadientes lo primero. Lo segundo, no, tampoco cabía tanta confianza. Alguien me pasó con solemnidad su chaleco: es una de las prendas más características de los harlistas. Son pesados, muy pesados, porque están llenos de pines, de escuditos, botones de metal; fetiches que evocan un viaje, un sitio, un amor. Así como detalles tienen las motos, gallos tienen los chalecos. En el fondo hay una competencia entre harlistas sobre estas dos caras de su afición. Una pasión como la de los pescadores que van al Orinoco o a Bahía Solano, como la de los astrólogos que van a mirar la noche en el desierto de la Tatacoa; como la de los coleccionistas de orquídeas que se enmontan en el Sumapaz buscando la flor azul; como la de los fumadores de habano que ya no saben dónde hacerlo; como la de los aficionados a las corridas de toros, a quienes nos preparan la pira en la plaza de La Santamaría.
A las 10 de la noche, los miembros de los Night Riders —nombre de uno de los grupos de harlistas de Bogotá— hacen tronar sus máquinas, encienden las luces —potentes linternas—, se ajustan el casco y aceleran. Se mueven uno a uno. La calle se paraliza, los transeúntes se detienen; unos admiran el desfile, otros lo maldicen. Todo el mundo tiene que ver con esa masa de ruido y poder en movimiento. Es una de las propiedades de este grupo de gente que sin moto es simple, amable, decente. Y con moto, sigue siéndolo.
Fui el pato de Adriana, periodista, miembro de una familia de harlistas; tía de Lina, una jovencita de escasos 40 kilos que maniobra con destreza una moto de 120 kilos a 160 kilómetros por hora. Adriana me dijo —para no decir, me ordenó—: “¡Agárreme bien!”. Por miedo o por lo que fuera —no estaba yo en plan de investigación— no supe qué entender por “bien”. Pero en el primer pique, que fue a los dos segundos, entendí. Y desde entonces, no me solté durante todo el ride. La velocidad que una moto fue capaz de alcanzar en ocho segundos borró tiempo y espacio. Cerré los ojos y se me abrió un hueco en el estómago tan grande como lo que dejé de ver. La inseguridad de sentirse en manos de la nada no es comparable con nada. Me pareció que el aparato que tenía entrepiernado podía estallar y hacerme añicos; que podíamos estrellarnos contra el de adelante y volar por el aire; que podíamos resbalarnos en una curva y quedar sin tobillo, sin rodilla, sin cintura; que si cogíamos uno de los miles de huecos —pequeños, profundos e inesperados— que ningún alcalde ha sido capaz de tapar, iríamos primero al cielo para luego destrozarnos de vuelta contra el pavimento. Me invadió la misma pavorosa inseguridad que he sentido cuando voy por una trocha enmontada de la cual, en cualquier instante, puede saltar un guerrillero, un paraco, un soldado, una culebra cuatronarices, un cura sin cabeza. O un pájaro asustado. Adriana debió notar mi azore y me tranquilizó: “Péguese más”. En realidad, en la mitad cabía otro. Con el piloto, el pato debe ser un solo cuerpo y entre los dos y la moto, también una sola unidad. Sobre todo en las curvas, que son siempre muchas y en las que el sentido del orden vertical se cambia por el horizontal. El vértigo. Uno vive perpendicular al piso, no tangencial. Los baches, que los guías indican sacando una pierna, obligan a una cabriola brusca y rápida que puede terminar en voltereta trágica si los patos no se pegan bien. Los guías, que van adelante señalando peligros, rutas, paradas, las transmiten al resto de la manada con patas y brazos. La obediencia es ciega. Y la tropa tiene su ritmo. A toda máquina, es cierto, pero sin rivalidades de adolescentes. Todos saben que van montados sobre un peligro inminente y tácito. Sin duda, es la condición que hace tan adictiva la moto. En medio del pavor, o quizá por él, sentí que cuando Adriana aceleraba la moto y llegábamos a 120 kilómetros en 30 segundos, algo como una arrechera por el viento —o con la noche— se despertaba en mí sin concesiones. Podíamos haber llegado a 180, a 220 y yo, muerto de miedo, le habría pedido más y más y más. Una verdadera fuerza de ir mas allá, que no había vuelto a sentir desde que metía perico.
Detenerse en un semáforo, en una duda de ruta, en un restaurante, es también peligroso. Los pilotos van tocando el suelo poco a poco, trecho a trecho, con la punta de sus botas —como un pato pisingo aterriza en el río Magdalena—, hasta que, poniendo ambos pies en el suelo, se detienen por fin.
El ride duró quizá dos horas; pasamos por vías conocidas que no reconocí, hasta llegar a la plaza de Usaquén. Para mí, ese momento fue el más dichoso, pero también el prólogo de una cierta nostalgia por la velocidad. Un motociclista en el andén sin moto es un desconocido para él mismo. Un casi nadie. Ahora al escribir evoco a don Jesús, que envejece —o más bien declina— con dignidad, sin pintarse el pelo, sin inyectarse bótox y sin llevar una niña al anca. Su primera Harley Davidson la compró hace 30 años y la montará tanto tiempo como usaré yo tenis.

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