Muy a pesar de ir en contra de las advertencias tipo "¿y usted qué va a ir a hacer allá?", de intentar desenmascarar los secretos que creí me guardaba la ciudad y de mi ardoroso afán de vivir un fin de semana excitante, Tunja, la vieja y noble ciudad de Tunja, me aburrió hasta los cojones.

El chiste manido de que la capital de Boyacá es la ciudad más erótica del país, "porque cuando uno aterriza ya se quiere venir", es más cierto y terrenal que un puñado de habas fritas.

Con todo el respeto que se merecen los tunjanos, que son queridísimos y saben defender a su tierra, Tunja es más aburrida que la cantaleta de una esposa un domingo al desayuno.

Por lo menos a mí me fue mal. Aparte de que llegué cansado por un reciente exceso de viajes, un día antes de llegar a la capital boyacense un perro de las montañas de Pital, Huila, me mordió las dos pantorrillas. Rabioso, como posiblemente debería estar, quise botar mi espuma en Tunja y vivir un fin de semana extremo, excesivo, liberatorio o bizarro si era necesario. Pero los humos de ‘punketo‘ cuarentón me los bajaron rapidito. Lo digo porque todo eso tan apasionante, que por alguna extraña razón creí se me había negado, no solo sigue bien oculto en Tunja, sino que ahora puedo asegurar que es bien probable que no exista.

Vamos por partes. Lo primero que a mí me puso mal —y que la ciudad de tanta lucha patriótica poco o nada tiene la culpa—, es la bendita doble calzada Bogotá-Tunja-Sogamoso que con tanto orgullo anuncia nuestro monacal y retrógrado ministro de Transporte, Andrés Uriel Gallego. 1. La doble calzada Bogotá-Tunja la han debido entregar en 1968. 2. Las dos ciudades tienen relación comercial hace más de 500 años. 3. ¿Cuál es el misterio con esa puta vía si es más plana que una ruana? 4. Le falta muchísimo, pero muchísimo para estar hecha. 5. ¿Y de qué se ufanan si estamos en el siglo XXI?

Vuelvo. Antes que otra cosa, hay que aclarar que Tunja es apacible, mansa, sosegada, que ese es su rasgo definitivo y que la gente vive en paz, en profunda paz, ¡shishhhh!, ¡arrurú bebé! Y ya sé por qué. Por su comida, que es de lejos lo mejor de todo cuanto allí sucede. Y tanta comida, amodorra.

A la hora de ‘golpear‘ en Tunja, es mejor no dárselas de artista. El asunto es muy sencillo: comida criolla tradicional —eso que los del altiplano conocemos como las ‘berraqueras‘ de la tierrita—, mata comida neointernacional.

Feliz estuve en uno de los tantos asaderos de la ciudad, el Leña Seca, donde, como debe ser, un tipo lo recibe a uno en la puerta con una muestrita de ternera asada. La especialidad del lugar, engalanado en sus paredes con simpáticos murales entre los que destaca una última cena en la que Jesús y los apóstoles le están cayendo a unos buenos perniles de cerdo con papa, yuca y ají, son el asado y las sopas de la región.

Así que me fui por medio cuchuco con espinazo, medio corte de pierna de cerdo asado y unas buenas amargas. Imposible superar la dimensión de la divina trilogía. Pero si uno sigue esa dieta, que es la mejor opción de la zona, es muy complicado cumplir con el resto de funciones de la vida. Por eso la modorra tan sabrosa todo el tiempo.

Lo otro es ir a un restaurante italiano, el más famoso de la ciudad, al cual no pude acceder porque el sábado a las 9:30 de la noche ya estaba cerrado (seguro el dueño se había ido de rumba a Bogotá. No lo culpo). O también apuntarles a las pizzerías, que no pueden faltar en ningún pueblo colombiano y que en Tunja son una verdadera institución.

Hay una pizzería nueva, bastante aceptable, que se llama Rouge, que aparte de pizzas de todo tipo, también vende vinos, tragos y cocteles y que, como casi toda la ciudad, amansa a la clientela con baladas gringas de los años ochenta.

Sin embargo, la mayor locura de esta villa se llama la Pizza Nostra. Como lo oyen, la Pizza Nostra vive y Tunja es la guardiana de tan bella tradición gastronómica. La historia nadie la tiene muy clara, pero todo parece indicar que el dueño, a quien todos conocen como Caspiruleto, no solo logró sostener y reactivar el nombre de la famosa pizzería de la brujita de los años ochenta, sino que ahora tiene sedes en el Puente de Boyacá, en Duitama, en el norte de Tunja y en el Pozo de Hunzahúa, una de las atracciones turísticas de la ‘capital erótica del país‘.

Y aquí me detengo porque la historia de este punto de alto interés es sencillamente deslumbrante. Mientras los turistas y lugareños van a comer pizza con piña y bocadillo (o incluso churrasco, baby beef, filet mignon y trucha de Tota), a los niños y extranjeros les cuentan la siguiente fábula.

En este pozo, uno de los lugares sagrados de los chibchas, se encendió un amor prohibido entre Hunzahúa, el primer zaque de Tunja, con su hermana. La leyenda dice que el personaje en mención, haciendo caso omiso del incesto, hizo público alarde de su amor, precisamente por lo cual su mamá, cuando supo del acto aberrante, quiso castigar a su hija con el palo que sirve para revolver la chicha.

Tratando de pillar a la pecadora, que empezó a darle vueltas a una vasija de chicha, la cacica lanzó ‘la sana‘ (que es como se llama este palo), y rompió la gigantesca múcura, con lo cual se regó abundantemente el líquido para formar un gran pozo, el mismo que hoy es coronado con una inmensa Pizza Nostra.

Incesto, chicha y Pizza Nostra: más turístico imposible.

Pero aun cuando no lo crean, yo quería algo más de acción. Así que fui a buscar dos grandes e inevitables atracciones de la ciudad: jugar bolo aéreo (el tejo) o jugar bolos, de esos que son menos ancestrales.

En cuanto a lo primero, visité el Coliseo de Tejo en el centro deportivo de la ciudad, que en realidad es un tremendo escenario con diez canchas profesionales también acariciadas con música de los años ochenta, pero esta vez instrumental. Calcule, amigo lector: música sin voz de Air Supply, más amarga y tejo.

También estuve en El Parrando, un restaurante y ‘amanecedero‘ donde aseguran van los mejores jugadores de tejo del mundo. Imposible refutarlo porque verlos es un verdadero placer, mucho más si se compara con el lamentable intento personal de ‘volear‘ el tejo.

Mientras en El Parrando se realizan torneos con premios que alcanzan los cuatro millones de pesos, sus habituales despachan cerveza y whisky a granel, revientan mechas y ríen a carcajadas para luego terminar todos, completitos, tronados, en la cantina del local, amenizados por otro gran jugador, Arnulfo Ovalle, a quien todos conocen como Antonio Aguilar gracias a que en la vida real es un estupendo mariachi.

Luego está el bolo de verdad, el terrestre. La historia reciente revela que las únicas canchas en Tunja las tenía el Club Zeus, en las laderas de la ciudad, que siempre fue privado. Pues bien, la capital boyacense entró el año pasado en la sana costumbre de la política social y ahora la bolera la administra una cooperativa de empleados.

Y vuelve la música instrumental, más tradicional que ver a la mayoría de las niñas tunjanas vestidas de rosado-fucsia. De hecho jugar bolos en Tunja es como regresar a una rosada tarde de vacaciones en el hotel Colsubsidio de Paipa. Se trata de escuchar a Ray Connif, echarle dos chistes a una tía, anotar los ridículos puntajes que uno hace, tomar pola y asegurar un dolor de brazo. Eso es todo.

Pero yo quería algo más, precisamente por lo cual reservé mi noche de sábado a la rumba. Tunja es una ciudad estudiantil, por lo cual está podrida de chuzos con cerveza a mil. Pero todos sabemos lo que significa eso y, por mi salud hepática, decidí chulearlo.

Más allá de eso, Tunja tiene un par de discotecas muy poco especiales. En el cerro que está al frente de la ciudad —y que se llama así: ‘el cerro del otro lado‘— hay una gigantesca y recién inaugurada discoteca llamada Colombia VIP. Aparte de tener la mejor zona de fumadores del país, amplia y con gran vista, en el lugar sucede exactamente lo mismo que en el 80 % de los rumbeaderos de Colombia: un DJ que saluda a los clientes que ingresan, que cada canción recuerda lo chévere que él la está pasando, que pone temas del corte "me gusta, me gusta, me gusta" y que luego hace un insoportable mix con reggaetones y canciones de Fanny Lu.

Sin embargo, yo quería más, lo juro. Entonces fui al bar más famoso de Tunja: Berlín. A la 1:00 a.m. me dijeron en la entrada: "Perdón, señor, ya está cerrado" (imagino que el dueño también se fue a rumbear a Bogotá. No lo culpo).

Pero no di mi brazo a torcer —a pesar de estar ya lesionado por el bolo aéreo y el terrestre— y terminé en el otro gran bar de la ciudad: El Rincón de la Salamandra, del cual debo rescatar dos cosas, la música del lugar es igual a uno de sus cocteles más famosos, el zona de distracción: vodka, ginebra, ron, tequila, triplesec, jugo de maracuyá y granada. Haga de cuenta.

Entonces me quedaban dos opciones de divertimento: o ir a donde las putas a El Champán (nombre genial) o ir a la plaza de Bolívar y visitar el popular Wimpy, un pequeño establecimiento informal, sobre ruedas, en el que una doña vende desde hace 12 años papa criolla y morcilla. Aun cuando la señora es un poco neura (la del Wimpy, no la de El Champán), la papa mona con tubería negra sí me parecieron muy tiernas.

Al otro día, cuando abrí los ojos en mi habitación con vista —en el legendario hotel Hunza, donde también ondea la música instrumental— y abrí la ventana, recordé la descripción que me hizo el viejo Willington, el singular taxista que me movilizó por la ciudad y quien recitó lo siguiente: "Tunja es la ciudad de las tres efes: fría, faldera y feroz". Y ojo que lo feroz no es por corajuda sino por fea.

Ya un poco vencido, salí a caminar el domingo por la mañana a la plaza de Bolívar, una de las más bellas del país, a excepción de uno de sus costados donde, por supuesto, se eleva un espantoso y gigantesco edificio público.

Finalmente, en medio de tan histórico lugar, una visión de afiche me arrebató: un niño de 10 años domina el negocio del Rent a car para infantes. En otras palabras, el peladito les cobra a las mamás de otros niños 2000 pesos, cinco minutos, por la vuelta a la plaza en pequeños autos con batería.

Sin más, como quien se baña con agua fría, me lancé a uno de los planes más promocionados de la cuidad: recorrer las iglesias. Tunja debe ser verdaderamente orgiástica para quien venera el arte colonial. La Basílica Metropolitana, Santo Domingo Guzmán, el Santuario de Nuestra Señora de Milagro, Santa Bárbara, San Laureano, son apenas cinco ejemplos del exaltado mundo del retablo de madera, la mayoría de las veces revestido en oro. Igual me aburrí rapidito.

No es un secreto que los tunjanos son rezanderos y que tal vez por eso vuela ese tufillo de sociedad pacata. "Lo mejor de Tunja es que aquí no hay extraños", me dijo en buena ley un funcionario de la Gobernación. La verdad es que en Tunja cada hora suenan campanas de iglesia y no es difícil encontrarse de frente con una procesión fúnebre.

Y Tunja es una ciudad donde difícilmente se ve un policía. El viejo Willie, el taxista, me decía que ellos son los responsables de la seguridad y que son ellos quienes cuidan las calles de noche. "Claro que muy poquitas cosas pasan", aclaró.

Y eso es. Me aburrí como un hongo porque en Tunja muy poco sucede, a menos que uno decida tomar pola, mucha pola, miles de polas…

Pero yo quería más, algo más. Mi última carta era Unicentro, la última gran sensación de la ‘ciudad erótica‘. Qué puedo decir de eso. Quise entrar a ver Los fantasmas de Scrooge en su Multiplex, pero no me quería despertar tan fuerte. Así que opté, siguiendo a la masa, por un helado de ron con pasas en Popsy, otro de los nítidos planes de los tunjanos.

Por último me lancé a otro plan famoso de la ciudad que es la ‘vuelta al perro‘, un clásico, que consiste en agarrar del codo a un compinche, darle una vuelta a pie a la plaza de Bolívar y fraguar un buen plan. Eso hice con el fotógrafo de SoHo. El plan era muy sencillo: "¡Volvamos a Bogotá!".

Mientras veíamos a dos señores conversar

—y cada uno jugar con impresionante habilidad la popular ‘coca‘—, nos tomamos un tinto en el Café Aroma y Sabor del pasaje Vargas.

Cuando despertamos, ya íbamos en el auto en busca de esa impresionante obra de la ingeniería colombiana que se llama la doble calzada, eternamente a medio hacer, entre Bogotá y Tunja.

Ahora entiendo por qué a Andrés Uriel le importa tan poquito que eso avance.

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