Treinta minutos antes de partir de Quibdó hacia Medellín llegó Jota, un poco nervioso, y se sentó en nuestra mesa. Lo conocíamos porque trabajaba para un "don" de una mina, con quien habíamos hablado. De pronto sacó un paquetico envuelto en esparadrapo, del tamaño de una cajetilla de cigarrillos Pielroja, y dijo:

—Guárdelo, guárdelo.

—¿Qué es? —pregunté.

—El oro —contestó en voz baja, como si me estuviera regañando.

El fotógrafo y yo quedamos petrificados. Se suponía que enviarían a un hombre para llevar ese oro a Medellín. Pero jamás consideramos que ese hombre fuéramos nosotros. En todo caso le pregunté a Jota si podíamos pasar ese oro por el escáner de la policía sin problema. Me dijo que sí, que claro.

—¿Puedo sacar esta libra de oro así no más?

—Usted es como güevón —dijo—. Se lo tiene que meter dentro del zapato porque el escáner solo revisa del tobillo para arriba. ¿Usted nunca ha llevado nada así?

—No —dijimos al tiempo el fotógrafo y yo.

Lo que nos proponía Jota era ilegal. No porque sea ilegal transportar oro en un avión, sino porque es ilegal hacerlo sin la certificación de pago de regalías. Y por tierra ni el más osado maleante se atreve a llevar una libra de oro, con papeles o sin ellos, porque en la zona los chismes vuelan y en segundos todo el mundo sabrá que hay una libra de oro silvestre moviéndose por carretera.

Pese a nuestra desconfianza, yo quería seguir adelante porque me sentía en una película de vaqueros, de esos que atracaban diligencias. Le pregunté a quién le debíamos entregar eso en Medellín.

—Allá los contactan.

—¿Quién?

—Un hombre los contacta ahí mismo en el Olaya, sin salir de donde entregan las maletas.

—¿Cómo se llama?

—Él ya sabe que ustedes llevan eso, y los contacta.

Marco, el fotógrafo, preguntó si podía sacarlo en la mesa para hacerle unas foticos.

—¿Cómo se le ocurre? El oro trae muchos enemigos.

Entonces Marco dijo que si no podíamos sacarlo ni en la cafetería del aeropuerto ni en el avión ni en ninguna parte, ¿qué sentido tenía que nosotros lleváramos eso hasta Medellín?

—No sé, pero aquí donde estamos todo el mundo sabe que ustedes tienen algo que ver con el oro, porque todo el mundo me conoce y sabe en qué trabajo.

—Carajo, man —dije—. Entonces le vamos a devolver eso en presencia de todo el mundo. No vaya y sea que algún equivocado piense que llevamos la bobadita de una libra de eso dentro del zapato. Y hum.

—Como quieran —dijo y se fue, igualmente azarado, con eso en el bolsillo.

Quizá no fue en ese día que me di cuenta de que el asunto del oro era un problema de vaqueros de nuestro far west, pero sí alcancé a imaginarme cómo sería aquello del contacto en el Olaya. Imaginarme, por ejemplo, que Jota había encontrado la manera de tumbarle una libra de eso al "don" valiéndose de nosotros. Entregándole la información a otro contacto. Y que nos acusarían de habernos birlado una libra de oro, la bobadita de 22 millones de pesos así no más.

Pero ese día, cuando el avión decoló y nos dejó ver la espesa selva, me quedé pensando en la cantidad de historias que se cuecen en esa manigua. Entonces recordé unos versos de Borges a los hermanos Iberra, que hablan de soberbia, codicia y coraje, y terminan sin esperanza: Así, de manera fiel / conté la historia hasta el fin / es la historia de Caín /que sigue matando a Abel. Y supe que esos versos eran verdad.

Verdad que tras ese anillo de oro que Alexánder y Leidy Johanna piensan comprar para su matrimonio, puede haber cosas terribles de por medio: una selva inhóspita y dura; una nube de hombres armados; hectáreas devastadas por las retroexcavadoras y el mercurio; comunidades venidas a menos;… y muertos.

Buscando barequeras

—¿Será que podemos conversar sin la pistola en la mesa? —le pregunté a Willman.

—De ninguna manera. Esta es la "yomecuido", y ahí se queda.

En realidad la mesa era un butaco. Willman estaba recostado en una hamaca, el butaco al lado. Y sobre el butaco un plato de arroz mazacotudo con sardinas de lata y un par de papas saladas. Junto al plato, la Colt caballito calibre 22.

A la mina de Willman llegamos buscando barequeras, esas mujeres que con sus bateas sacan oro de la tierra y el río, o algo que nos diera indicios de cómo rayos se saca el oro, porque otros acercamientos habían sido un completo fracaso…

El primer "don", nos dio la bienvenida en una oficina oscura en el centro de Quibdó. Hablaba despacio y, aunque trataba de pronunciar todas las letras con cierta elocuencia, se notaba que estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano para parecer una cosa que no era. Me trató de muchacho.

—¿Qué quiere saber, muchacho?

—Todo.

—Bueno, la libra de oro no es de 500 gramos sino de 460. Un castellano pesa 4,6 gramos. Y un castellano son 8 tonines. Y un tonín es menos que un gramo.

—Ah.

Aunque sonaba como que una mano es más que un pocotón, y un pocotón es menos que un resto, ese hombre, en pleno 2008, me estaba hablando en español del siglo XVI, cuando Colombia llegó a abastecer el 40% del mercado mundial del oro. Todavía no entiendo por qué los españoles de entonces alegaron que no encontraron el Dorado. El 40% de ese entonces eran 60 toneladas de oro al año.

Luego de esa pequeña explicación nos llevó a la compraventa, en donde me pude cerciorar de la cosa del tonín y el castellano. Una señora esbelta, vestida de punta en blanco y perfumada, estaba vendiendo su oro. Era una mazamorrera o barequera a quien le había ido bien en los días anteriores. De su bolsito sacó un papel metálico de cigarrillos enzurullado que entregó al hombre de la pesa. Este, a su vez, con cautela vació el contenido en una parte de la balanza y comenzó a poner pesas de tonines y castellanos. Luego le entregó 823.000 pesos equivalentes a 4 castellanos y 2 tonines, iguales a 19,6 gramos más o menos: a 42.000 pesos el gramo ese día.

—¿Barequeando? —pregunté.

—Sí —dijo.

No le creí, aunque el hombre de la pesa dijo que a veces una mazamorrera llegaba con 20 castellanos. Pero eran casos aislados. Luego me enteraría por qué.

—¿Y esos precolombinos? —pregunté, señalando unas pulseras y unas narigueras de quién sabe qué cultura.

—Salieron ayer del río Quito. Enteritos —dijo el don.

—¿De qué cultura son?

—Ni idea, de los indios de por acá —contestó con una mueca de qué importa eso.

—¿Qué hacen con ellos?

—Yo los luzco. Y como viajo tanto a Houston y a Nueva York y a Miami, siempre hay alguien que se enamora de ellos y me compra las joyitas. Y me pago el viaje, ¿cómo la ve?

—Muy bueno pa‘ usté —murmuré.

Y pensé en la historia de amor de Leidy y Alexánder; sin darme cuenta, los imaginé felices en su luna de miel en Orlando o en Miami, luciendo sus alianzas enamoradas y desconociendo por completo las historias que hubo tras esos anillos. Cuando le traté de decir a ella cómo era la cosa en el Chocó me frenó en seco: "No me cuente, por favor, porque mientras menos sepas, más y mejor vives… Es la ley de la vida".

Con este primer "don" las cosas cambiaron cuando nos llevó a una draga que estaba construyendo, dos kilómetros río abajo de Quibdó. Me explicó todo el proceso más o menos, porque la draga no estaba trabajando. Pero la cosa se pudrió cuando le pregunté por el mercurio y el medio ambiente.

—Yo estoy muy ocupado y no creo que les pueda seguir colaborando.

—¿Y la draga trabajando en el río Quito? —pregunté.

—Eso no se va a poder porque está en mantenimiento.

Luego de eso cada vez que lo llamaba me salía con una evasiva. Y de aquella compostura inicial no quedaba nada. La última vez que conversé con él parecía un esquizofrénico a punto de estallar que se estaba controlando.

—En-rea-li-dad-no-le-pue-do-cola-borar-más —dijo.

Por esa razón llegamos donde Willman, por allá por la quebrada Samurindó. Porque quedamos sin "don" que nos mostrase nada, y tuvimos que pasar por forasteros preguntones. Mala cosa.

Por fortuna Willman es un hombre delirante y lo sabe. Llegó a Quibdó hace menos de tres meses. Llevaba cuatro días con sus noches sin dormir. Había montado su mina sobre la quebrada, en sociedad teórica con el dueño de la tierra que tenía el "permiso de aprovechamiento minero".

Tan solo había hecho dos lavadas y ya tenía en su banco 18 millones de pesos libres. Dos lavadas se hacen en ocho días. Una lavada consiste en acabar un pedazo del planeta lo más rápido que se pueda. Por lo general son boquetes de 50 metros por 50, en donde se presume, con cierta certeza, que hay oro.

Cuando le pregunté a Leidy Johanna cómo se imaginaba que sacaban el oro me contestó como una princesita de cuentos de hadas.

—Me imagino todo tipo película: que lo sacan del agüita, y que la piedrita la pasan por una bandita, y que después los expertos hacen de una piedrita una joyita.

Como la mayoría de colombianos, Leidy ignora cómo es una mina de oro en el Chocó: es un pedazo de planeta junto a un río —siempre tiene que haber un río al lado—; una retroexcavadora, una motobomba hechiza con un motor de camión, y una torre de palo levantada más con codicia que con ingeniería, en cuya cima la pala mecánica echará cada centímetro de tierra y un hombre encaramado estará echando agua a presión sobre cada palada. Después, por un sistema de trampas y coladores, llegará el oro a una caleta hermética a media altura de la torre, de la que solo Willman tiene la llave. Las piedras y el desperdicio caen a la tierra nuevamente.

Si esa suerte sigue acompañando a Willman, al cabo de un año es posible que tenga más de 800 millones de pesos en el banco. Y si sigue con la misma suerte, habrá devastado aproximadamente 48 hectáreas de selva al borde de los ríos. Un solo hombre.

Es probable que haya más de 600 minas legales y no legales en el Chocó. Las ilegales son imposibles de rastrear porque nacen y mueren en menos de dos meses en lugares distintos. Cuando se rastrean en algún lugar, en muchos casos el rastreador oficial recibe una mordida extraoficial para que guarde silencio. Las legales ahí están con sus permisos mineros, incluyendo permisos para explotar minas sobre los ríos, socavar su lecho con dragas, y lo mismo: la tierra dragada llega a una torre de trampas y coladores, y los desperdicios irán al río nuevamente. Los desperdicios, carajo. Que no solo se tratan de combustible, de aceite, de emisiones de gases, sino de mercurio. Porque algunos mineros, o muchos, legales e ilegales, usan mercurio. Cada tanto tiempo, dependiendo del tamaño de la mina, lavan con mercurio lo que queda en la caleta. Lo usan porque el mercurio aglutina el oro. Y a esa masa de oro mercurioso le llaman oro ‘azogao‘. Luego meten todo eso en un recipiente y lo calientan para que se evapore el mercurio, y listo. Oro al instante. En teoría reciclan el mercurio porque es carísimo: los gases se conducen y lo reutilizan en un aparato absurdo que denominan retorta. Pero siempre y en todos los casos que se usa mercurio cae algo al agua de los ríos o a la tierra. Millones de años echados a perder de un solo tajo.

De brasileños y pueblos fantasmas

En una cafetería del centro de Quibdó, en un momento dado, se hablaba más portugués que español. Siete brasileños tomaban unas cervezas y falaban portugués. Hablando con uno, Carote se llamaba, me contó que eran de Minas Geráis, y que estaban en Quibdó siguiendo a sus patrones. Los patrones eran expertos en la tecnología de las dragas, asociados con mineros colombianos. Me dijo que eran muchos y que habían llegado hace unos años, pero que él llevaba 10 meses apenas, y me dijo que no le gustaba la mujer negra, pero que a la mujer negra le gustaba el billete, y que no tenía más dónde gastar lo que ganaba. Cuando le conté en qué andábamos me dijo que me fuera para Guayabal, que por allá había muchas barequeras. Que al otro día se iba temprano para la draga sobre el río Quito, afluente del Atrato. Y me dijo que a la orden en la draga y de todo, y que "taríamos falando porque gostava de falar con brancos da capital". Todo eso dijo. Y todo era mentira.

Antes de llegar a Guayabal se nota que hubo mineros. Se nota porque hay dos ríos inservibles. Se nota porque no hay selva. Se nota porque las aguas son de color verdoso Apocalipsis y no se mueven; las desviaciones de las quebradas las dejaron sin cauce para dónde agarrar. Y ahí están estancadas, en medio de lo que imagino fue una espesa selva.

Y Guayabal, paraíso minero hace seis años, es un pueblo fantasma. Cuando llegamos había un alma. Solo un viejo retozando que se acercó con tremenda simpatía. A un lado de la plaza principal, lo que fuera la escuela se erige como un monumento a la nada. Destruida por completo, es una pieza de arqueología.

Simón, el viejo, con sus 87 bien vividos, había sido minero en el río Neguá. Mazamorrero, quizá el único, porque ahora el mazamorreo o el barequeo es asunto de mujeres. También minero: tuvo una draguita construida con un motor de aspiradora. Y fue buzo también, lo que equivale a decir "dragas humanas": Ellos se meten en los ríos con un pitillito en la boca conectado al aire y una aspiradora en sus manos, escarban en la profundidad del río y ponen la aspiradora. Lo que se succiona llega a una canoa en donde lavan a ver qué queda. Pero los buzos se entierran y se entierran: hacen profundos huecos bajo el agua y, en ocasiones, no salen nunca más. Se les viene la tierra encima en esas cuevas subacuáticas y punto.

Barequeras no hay en Guayabal hoy en día porque no hay oro. Ni pueblo, ni muchachos, ni ríos, ni selva.

Al día siguiente, cuando me acerqué al embarcadero en donde Carote se montaba a una lancha que lo llevaría a su draga, no me reconoció. Me dijo que nunca me había hablado, que no sabía que era periodista y que en últimas no tenía de qué hablar conmigo.

Cuando por fin pude hablar con una barequera fue nuevamente en la mina de Willman. Mientras Marco se metía con Willman selva adentro, donde pensaban a hacer el próximo corte, yo remontaba el cauce de la quebrada en dirección opuesta. Ahí las encontré, abatidas a las dos de la tarde, agarrando sombra bajo un árbol, con sus bateas relucientes de nada. Eran de Doña Josefa, caserío a una hora de camino sobre la quebrada Samurindó. Se quejaban.

—Antiguamente uno venía y se hacía un par de tonines en la mañana. Hoy no queda nada, porque las retros y las dragas se lo llevaron todo.

Casi todas bordeaban los 40 y tenían tres hijos, criados con el barequeo. Sus madres y abuelas también habían sido mineras. Pero la tradición no pasará de su generación porque ya no hay qué agarrar por esa zona. Me dijeron que así tuvieran dinero no se meterían a comprar una draga o alquilar una retro.

—Porque este es nuestro territorio. Y si seguimos metiendo máquina no quedará nada. Y nos tendremos que ir —dijo Mirta, la que parecía líder.

Leidy Johanna, la futura esposa de Alexánder, ha imaginado su propia versión de las mujeres mineras. Se imagina a unas mujeres con vestidos de flores, con un delantal, sacando el "orito" con bateas.

—Y cuando lo sacan, lo guardan en una coquita y se lo llevan al jefe que las está manejando.

Le digo que no es así pero no quiere oír un relato realista. Está convencida de que en el Chocó la cosa es más amable que en Tarazá y Caucasia, Antioquia, lugares que desconoce y no quiere conocer porque sabe que son peligrosos.

Leidy Johanna no quiere que la bajen de la pompita de amor en la que vive, con toda razón. Y en general el mundo de las joyas no quiere enterarse de realidades atroces. El eslogan de vida de Leidy Johanna se hace extensivo a casi todos los habitantes del planeta: "Mientras menos sepas, más y mejor vives".

Porque no estaría bien que en el sermón matrimonial el cura o el notario insertara las palabras del indígena José Miguel, habitante de esas selvas de Brasil que fueron devastadas por la minería:

"Cuando caiga el último árbol, muera el último pez y se contamine el último río, comprenderéis entonces que el dinero no se come."?

El negocio grande

En Medellín hicimos contacto con varias fundidoras. La mayoría tiene oficinas en el aeropuerto Olaya Herrera. Porque Medellín es receptora de todo el oro que se extrae del Chocó. Y son pequeños búnkeres con la misma seguridad que el banco de la República. Allí llegan las remesas, las pesan, y le entregan al propietario un papel en donde consta cuánto oro entregaron. No hay plata inmediata. Porque en la fundidora le sacarán la ley y le quitarán las impurezas valiéndose de un complicado proceso químico. Entonces sí pagarán sobre el resultado. Por obvias razones cada remesa se funde aparte, porque tienen distintos orígenes y purezas.

Las fundidoras están conectadas con el mundo porque casi todo el oro que funden lo exportan. Actualmente Colombia produce entre 22 y 28 toneladas de oro al año y la mayoría se van para Suiza —esos suizos, que compran de todo sin preguntar de dónde viene ni cómo se consiguió, y siguen dándoselas de neutrales.

Creo que nunca en mi vida había visto tanto oro junto —es probable que haya visto un par de toneladas de las que se irán—, ni en películas de vaqueros ni de la revolución mexicana. Cuando me abrieron la bóveda donde guardan el botín, me sentí uno de los 40 ladrones que trabajaban para Alí Babá. Oro en polvo guardado en baldes, oro en lingotes y oro chatarra. Le dicen chatarra porque es oro trabajado. Ese oro de las prenderías. El anillo empeñado, la cadena robada, el camafeo de la abuela muerta. Toda esa chatarra en enormes bolsas de plástico transparente. Los sueños de los hombres perdidos para siempre. Cuando vi los precolombinos en Quibdó sentí tristeza, y pensé que me daba tristeza por los indígenas. Pero viendo la "chatarra", supe que la tristeza venía de otra parte. De un lugar en donde lo simbólico se convierte en mercancía.

Y ese oro chatarra es el que más rápido se va del país, porque no paga regalías. Se supone que ya las pagó, porque ya lo sacaron y trabajaron. Eso en el papel donde está la ley. Porque así como Jota quiso que pasáramos una libra de eso en el zapato supongo que habrá muchos más. Y seguramente más métodos para pasar oro sin aportar un centavo al Estado.

Las fundidoras son lugares sofisticados llenos de máquinas sofisticadas y gente sofisticada. Son como una isla. El agua que usan la procesan para que no se vaya a ir un solo gramo de oro a la cañería. La basura también la procesan. Y los desperdicios que quedan, luego de tratar el oro, los venden, en la mayoría de los casos, a los mexicanos. Ellos tienen la tecnología para extraer cualquier gramito de oro de aquello.

La fundidora donde estuvimos exporta 100 kilos cada 10 días. Tres mil seiscientos al año a precio internacional. Es decir, una cifra cercana a los 116 millones de dólares al año. Aunque sus prácticas son supersanas y no compran oro azogado, les queda imposible saber, en realidad, bajo qué condiciones se extrae el oro que les llega.

La única manera en el mundo de saber qué clase de oro se compra, es comprar oro certificado por la Corporación Oro Verde. Oro limpio, oro sin mercurio, oro sin contaminar ríos ni devastar grandes extensiones de selva. Oro sin muerte. Quizá por ello las más prestigiosas joyerías del mundo, como Cartier, Bulgari y Tiffany, se han sumado a la campaña por una minería responsable. Tiffany &Co, por ejemplo, tiene mucho que ver con Colombia: apoya el programa de Oro Verde, mejorando el acceso a mercados de las comunidades mineras del Chocó.

Aunque en Colombia la corporación Oro Verde es una realidad, también lo es que su impacto en el Chocó es muy débil todavía porque apenas está en los municipios de Tadó y Condoto. La minería "industrial" y sus métodos son dueños del mercado en el Chocó y los demás departamentos productores de oro: Antioquia, Caldas y Tolima. ?

Esas alianzas

Ignoro cuáles serán las palabras que usan habitualmente los que piden la mano de una mujer para casarse. Pero sé que quien se atreva a eso sin un anillo está jodido. De oro, en la mayoría de los casos.

De la fundidora el oro pasa a la joyería. Dio la casualidad que nuestra fundidora de confianza tiene joyería también en el mismo lugar. Líneas y líneas de trabajadores se encargan de trabajarlo. Joyeros expertos, diseñadores y operarios.

Lo primerito que tienen que hacer es laminar el lingote en una máquina. Otra máquina agarra la lámina y hace tuberías de oro de distintos diámetros. En un carrete que vi, habría por lo menos dos kilómetros de oro en tubito. A esas alturas había visto oro en todas sus manifestaciones: en pepitas de río, en precolombinos, en polvo guardado en baldes, en chatarra, en lingotes y ahora en tubitos e hilos.

En el departamento de diseño hacen el prototipo para estimar cuánto tiempo y cuánto trabajo se llevará hacer el modelito. Una vez hecho aquello, la cosa entra en la línea de producción. Los joyeros agarran esos tubitos para darles la forma. Al final de todo el proceso, salen los anillitos, todos inofensivos, hacia los puntos de venta. Agarré uno en la mano y me dieron ganas de llorar: porque las dragas, porque los buzos, porque las barequeras, porque los ríos, porque la selva, porque las armas, porque la miseria, porque los precolombinos, porque la chatarra, porque la pobreza se cierne sobre una de las regiones más biodiversas y ricas del mundo. Y porque, como Leidy Johanna y Alexánder, muchas parejas se casarán usando anillos hechos con oro del Chocó.

Si supiera cantar alabaos lo haría en este momento de puntos finales. Porque los alabaos se cantan cuando alguien muere. Y con seguridad alguien estará muriendo en el Chocó en este momento. O tal vez olvide todo premeditadamente, porque "mientras menos sepas, más y mejor vives".

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