" ... Y advertir, hijo, que al soldado mejor

le está el oler a pólvora que a algalia y

que si la vejez os coge en este honroso ejercicio,

aunque sea lleno de heridas y estropeado o cojo,

a lo menos no os podrá coger sin honra..."

Miguel de Cervantes

La pieza del capitán Élber Rodríguez tiene un aire infantil que sorprende. Nadie podría imaginar que allí duerme un especialista en acechos y emboscadas, un testigo elegido por algunos de los horrores más sonados de nuestras guerras, un hombre acostumbrado a dejar sus dos piernas y su brazo derecho al pie del nochero antes de acostarse, con la naturalidad de quien se quita los zapatos y el reloj.

La pantalla de su computador tiene a Bart Simpson imitando al bebé de Nevermind de Nirvana. Cuatro soldaditos de plástico cargan un cañón detrás de una trinchera en una mesa al lado del escritorio. Una misión de rutina en sus tiempos de artillero. El capitán celebra su suerte de coleccionista por haber encontrado esa escena escasa a buen precio en un San Andresito. El orgullo de su colección de guerra está donde un hermano en Bogotá: el acorazado Bismarck que sirvió a Alemania en la Segunda Guerra Mundial. En una de las paredes está un cuadro hecho con plastilina en el que alternan Supermán, Batman, Flash, la Mujer Maravilla y un soldado con el apellido Rodríguez en su uniforme. "Me lo regaló mi hermano en diciembre: los héroes en Colombia sí existen", me dice el capitán mientras disculpa la redundancia con una sonrisa.

En nuestra conversación de la mañana, antes de conocer esa especie de altar adolescente donde las placas por acciones en combate y labores cumplidas parecen anécdotas menores, el capitán armó una colección desprevenida con los recuerdos de su vida en la milicia. En el colegio de la Policía, donde hizo su bachillerato, las visitas imprevistas del rector y el cura no implicaban una suspensión o un regaño mayor sino el anuncio de una tragedia. Llamaban a un alumno hasta la puerta del salón y sus compañeros ya sabían que su papá había muerto en medio de la cacería que desató Pablo Escobar contra los agentes, a finales de la década del ochenta. Unos años más tarde, siendo ya patrullero de la Policía Militar en Medellín, él mismo supo qué se siente llevar un blanco a la espalda. El carro bomba contra la IV Brigada en 1998 fue su bautizo dinamitero.

Cuando ya era un soldado contraguerrilla vivió de cerca el estallido de la primera casa bomba en El Castillo, Meta: "Pelaos de 20 ó 25 años despedazados en el piso, pelaos que le decían a uno: teniente, no me deje morir. Eso se le queda a uno en la cabeza". Después guardó en su cabeza las visiones de los cuerpos carbonizados en el infiernito de la iglesia de Bojayá. Era uno de los encargados de esperar los helicópteros con los restos. Y antes de caer en la maldita trampa en los Montes de María, en Sucre, en esa mina envenenada de odio, hecha para destruir e infectar, ya tenía historias de combates en Caquetá, en Arauca, en el Meta. "Porque a mí siempre me gustó estar al frente".

***

El capitán sale a recibirme hasta la puerta en su silla de ruedas eléctrica, lo saludo y le ofrezco mi mano derecha con inseguridad. Sus mutilaciones imponen unos modales que desconozco, una lógica incompleta que aturde, una cortesía que intuyo cercana a la que se debe a los personajes ilustres. Sin ceremonias el capitán saca su mano izquierda, también rota, también armada a retazos, y aprieta la mía con naturalidad. Está acostumbrado a los apretones de manos que no encajan. Vamos hasta la sala de la casa donde vive con sus padres y dos sobrinos. Al momento de levantarse para dejar la silla y dejarse en un sofá aparece su lazarillo, su estafeta, su compañero de todas las rutinas desde hace un año. El soldado Yarce se ha convertido en una especie de edecán de acrobacias del capitán Rodríguez, se mueven coordinados, conocen las empuñaduras y los pesos, los ensambles necesarios, las fatigas. Las relaciones de subordinación entre dos soldados de distinto rango casi han desaparecido.

A primera vista, sentado en el sofá, el capitán parece un hombre común y corriente, apenas lo delatan sus tenis demasiado blancos, demasiado nuevos; y su mano derecha inmóvil, una prótesis que recuerda al James Bond de los años ochenta y sus villanos soviéticos con un brazo prestado del Kent de la Barbie.

Me cuenta su historia en un tono monocorde, casi un sonsonete acompañado de una tranquilidad de conferencista curtido. Ya me ha dicho que desde el principio la psicóloga le recomendó repetir y repetir su cuento como terapia. Su mamá pasa por la sala y se queda oyéndolo unos minutos desde la puerta de la cocina, lo mira con incredulidad, lo bendice con su silencio. Su papá, un policía retirado luego de 33 años de servicio, nos saluda con gesto ausente, parece no querer esa terapia que pide revivir la tragedia una y mil veces. Un mecánico de neveras que grita sus servicios y los buses y los camiones que rondan la casa en una urbanización en Itagüí opacan cada tanto la voz del capitán. El conferencista no sube el tono, no suspende su narración, no se inmuta. Parece que sus oídos, reparados a medias con una timpanoplastia, solo siguieran el ritmo de su charla de casete.

El primer sobresalto surge cuando habla de su ingreso a la milicia: "El Ejército estaba en el cuento de la guerra y eso era lo que me fascinaba. Yo veía ese programa Misión del deber y quedaba encantado con el cuento de los helicópteros y todo eso, veía Platoon e iba alimentando ese sueño. Hasta me desvelaba con Los magníficos, imagínese. Gracias a Dios cumplí el sueño". Es imposible no pensar que el capitán está desvariando, da gracias a Dios por su pesadilla y la llama sueño. Me recordó el discurso de atrio de iglesia de algunos locos que le agradecen al Señor por las pruebas que ha puesto en su camino y bendicen las tragedias como escollos para fortalecer la fe. Pero muy pronto me doy cuenta de que el capitán no está loco, es solo un soldado que a pesar de estar medio sueña recordando los combates, un hombre orgulloso de su insignia de lancero, un combatiente que sentado en su silla de ruedas me muestra con orgullo la medalla de herido en combate en su uniforme de gala, un óvalo de fondo azul celeste con una estrella en el centro, el emblema de su drama: insignificante y terrible a mis ojos, inestimable y heroico para el único ojo del capitán.

No soy el único que llegó a pensar que Élber Rodríguez había quedado tocado luego de su encuentro con una mina mientras seguía el rastro de ‘Martín Llanos‘. Cuando el capitán estaba en su cama del Hospital Militar en Cartagena, todavía ciego, todavía teniente, todavía aturdido, se le acercó uno de los psicólogos.

—Teniente, ¿usted sabe cómo está?

—Sí.

—Y qué, ¿cómo se siente?

—Bien, estoy vivo.

Con una sonrisa me cuenta que en el hospital la reacción fue unánime: "A este se le corrió el champú". Pero lo suyo no era un simple alarde de lancero, su cuerpo demostró que el hombre no estaba ‘cañando‘. Los médicos hablaban de un plazo de seis meses para salir del hospital, pero luego de un mes Rodríguez ya estaba en su casa. A pesar de que sus muñones tuvieron que ser recortados varias veces, desde abajo de la rodilla hasta el muslo, para que la infección no avanzara. Cuatro meses después del cimbronazo el teniente estaba encabezando el desfile militar del 20 de Julio. El hombre que desde los 17 años había soñado con el orgullo militar, el teniente que comandaba 24 soldados durante una operación de contraguerrilla, el lancero que intuía un tiro pero que nunca pensó en una mina, el soldado orgulloso de su cuerpo bronceado y firme, el militar que nunca pensó ser un "ratón de comando" en una oficina de brigada se había convertido en un símbolo de dolor, un ejemplo de la carnicería de la guerra. No lo dudó, se puso firme en su silla y llevó su mano izquierda hasta la frente. No estaba loco. No tenía opción.

***

Apenas están terminando sus vacaciones de oficial. La dieta de comienzo de año no tiene que ver con la vanidad. Su peso definirá si sus dos piernas se convierten en simple utilería. Primero eligió un régimen anoréxico de jugo al desayuno, almuerzo casero y jugo a la comida. La mamá lo obligó a incluir galletas integrales en la mañana y en la noche. Un día, uno de los médicos le dijo que su cuerpo era nuevo, había cambiado su centro de gravedad, su metabolismo, sus horas de sueño. Estaba estrenando.

El capitán lo sabía desde hacía tiempo. Era derecho y muy pronto debió enfrentarse a la torpeza de su única pinza, a manejarse con la siniestra: "Me tocó aprenderlo todo de nuevo, como un niño chiquito. Lavarme los dientes, coger los cubiertos, mover un mouse, abotonarme…". Solo que ya nada se arregla con pataletas, y las frustraciones pueden llevar a la muerte. Le pregunto por los momentos para la tristeza, por las preguntas imposibles: "Lo que pasa es que todos los días hay un progreso. Mi Dios me pone en el camino cosas de a poquito, como quien va cebando una gallinita". Al comienzo gastaba la mañana equipándose de pies y mano, y necesitaba de un séquito de torero para estar listo para el jugo del desayuno. Ahora cubre sus muñones con unas medias especiales, logra que las cuencas encajen con la ayuda de Yarce o de su mamá y dedica las mañanas de vacaciones a un repaso del italiano que aprendió durante sus 11 meses de rehabilitación en el instituto Inail, en Bolonia.

Ahora su voz se ha levantado un poco. Creo que han sido los meses más felices en su nuevo cuerpo. Los días de Europa le mostraron un mundo distinto al de la milicia. En que el matrimonio con Claudia, su esposa, parecía sobrevivir. Tenía tiempo y cabeza para intentar coger un pincel con su prótesis. Hasta llegaron a llamarlo pintor. Sus únicos disparos fueron con una pistola de balines en una feria en Milán. Mano izquierda, ojo derecho y solo dianas. Un muñeco de peluche y una pistola de balines para estrenar fueron sus premios. Y está el recuerdo de sus apoteosis fotográficas: una de grupo con el Real Madrid y una con Juan Pablo II en cuerpo y alma en la plaza de San Pedro. Me dice que entre los ídolos merengues se queda con el polaco Wojtyla.

***

Luego de la terapia de recuerdos de la mañana viene la fisioterapia de la tarde. Vamos rumbo a la IV Brigada en compañía de Yarce y de dos nuevos estafetas: dos sobrinos del capitán que se han criado con los abuelos y que miran a su tío con una mezcla extraña de asombro y devoción. No han cumplido 15 años y aseguran que serán soldados. En el tercer piso del hospital queda claro que la caminada en las barras es más difícil que el ejercicio de la memoria. Las tres mujeres encargadas de la terapia miran al capitán de arriba abajo, tocan el ensamble de sus muñones, lo alientan, lo contradicen, lo regañan, lo felicitan. El seguro conferencista de la mañana es ahora un alumno indeciso, un niño que intenta corregir su postura al caminar, un soldado que siente la fatiga luego de 10 minutos de marcha. Su voz es ahora mucho más débil. Confiesa que en vacaciones descuidó sus prótesis y que sus muñones han olvidado un poco la horma de las cuencas. Mientras el soldado sufre con sus pasos, las mujeres se peinan y discuten sobre cuál de ellas debe salir en la foto de la revista SoHo. Rodríguez no se atreve a hacer un comentario en medio del juego malicioso que se ha desatado en la sala de fisioterapia.

Al final de la tarde la piscina le entrega un momento de liberación al capitán. En el agua puede moverse por sí solo, olvidarse del lastre que le impone hazañas para dar dos pasos. La piscina se ha convertido en una tregua y un orgullo. Cuando insinuó que quería nadar su otorrino le dijo que se conformara con la ducha. Pero el profesor de natación de la brigada lo convenció para que flotara, para que atravesara la piscina del brazo de sus sobrinos, para que agitara sus muñones como si fueran los miembros fantasmas que todavía siente. Ahora el capitán nada 20 piscinas casi todas las tardes: "Esto es lo que me deja dormir, llego tranquilo, me trago dos horas de Los Simpsons y hasta mañana".

Por fin la curiosidad ha sido satisfecha. Las cicatrices en los muñones, ese cuerpo disminuido que se escondió durante todo el día, la anómala verdad. Luego de la primera serie de piscinas conversamos un rato. El capitán en el agua y yo en una silla al borde. Parece que hubiera aflojado algo de su rigor. "Mi vida cambió en un segundo, cambió todo, hasta lo que no se imagina. Yo había planificado mi carrera a dos años, tenía superiores que me valoraban, tenía cómo llegar". Recomiendo una nueva tanda de piscinas y me voy a conversar con Yarce. Le pregunto por los ánimos de su superior, por la resistencia de su pupilo, por sus crisis. Me dice que a veces se pierde, se eleva y piensa sus cosas. Me cuenta de los viajes que han hecho juntos por carretera hasta Bogotá. Yarce manejando y Rodríguez al lado, oyendo música, escogiendo el restaurante de camioneros. Es la terapia de choque para los días malos. Una road movie por las rectas del Magdalena Medio.

Al terminar la hora larga de natación los sobrinos se encargan de la escena freak. Mientras uno lleva las piernas para la maleta del carro el otro grita entre risas: "Asesino, a quién mataron, lo mataron". No me quiero ni imaginar los chistes del 31 de diciembre. Han pasado seis años y las prótesis han perdido solemnidad.

***

Viendo al capitán Rodríguez vestido de gala para su retrato, sostenido por su uniforme y su memoria militar, me acordé de Claus von Stauffenberg, el coronel alemán que perdió la mano derecha y el ojo izquierdo en la campaña en el norte de África durante la Segunda Guerra Mundial, y que un año más tarde, el 20 de julio de 1944, estuvo a punto de matar a Hitler con un maletín bomba que dejó a sus pies durante una reunión. Agallas a cambio de un ojo y una mano. Una foto suya estaría bien al lado del acorazado Bismarck que preside la colección de guerra del capitán Rodríguez.

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