“Te estábamos esperando, casi no llegas, y esto no empieza sin ti”, me dijo con una familiaridad sospechosa esa señora que no había visto en mi vida. Tenía el pelo en bomba, un sastre gris ratón y un par de aretotes dorados que amenazaban con rajarle los lóbulos de las orejas. No salía de mi asombro cuando enganchó su brazo al mío y me paseó por la galería mientras me presentaba gente “importantísima”, “adorada”: el expresidente Gaviria, el embajador McKinley, la exesposa de Santamaría y otra cantidad de personajes que solo había visto en revistas.

¿Por qué la organizadora de una exposición de alta alcurnia estaba tan pendiente de mí, un completo desconocido?, ¿por qué el afán por agradarme, por presentarme a sus amigos, por hacerme sentir como en mi casa? Pues porque llegué con una cámara colgada al cuello. Y esa, al parecer, es la fórmula para ser recibido por el organizador de un coctel con una deferencia digna del más pusilánime de los empleados.

Era mi segunda semana dentro del experimento de trabajar como fotógrafo de sociales. Todavía se me olvidaba destapar el lente de la cámara, tartamudeaba cuando le preguntaba el nombre a alguien que tenía pinta de ser “alguien”, no diferenciaba a Tomás de Jerónimo Uribe, me perdía por corredores de restaurantes esquivando meseros que me pedían que les ‘colaborara’ con no molestar... y, sin embargo, los organizadores de los lanzamientos, premios, desfiles y exposiciones en los que había estado me hacían sentir como si los acontecimientos en cuestión hubieran sido pensados en mi honor.

La experiencia parecía darme al principio una vida que muchos envidiarían: entrar a lugares que se reservan el derecho de admisión, codearse con poderosos, comer pinchitos de camarón, tomar vino gratis. Yo, un periodista disfrazado de fotógrafo, me creía el tipo más célebre de la velada, el Paris Hilton de la noche bogotana. Pero, con el correr de los eventos, el glamour le daría paso a una rutina desgastante, tediosa: la de deambular por un salón lleno de gente buscando las diferentes especies que habitan el ecosistema coctelero: políticos de whisky en mano, millonarios con tradición —o sin ella—, aspirantes a actores sedientos de popularidad, hermanos de apellido Cardona, Poncho Rentería, mujeres que se hacen llamar Clocló, Teté, Lulú…