Un patrullero del Esmad está tirado en el piso, a mi lado, en el peatonal de la 45 con 30. Tiene el pie hecho pedazos. La carne viva le brota por una bota destrozada y chorrea sangre. Pide a gritos que le arranquen la ropa y la protección del cuerpo mientras un compañero le da primeros auxilios. Lo rodean y protegen seis uniformados que lo han traído a rastras desde el extremo del puente que lleva a la Universidad Nacional, donde una papa bomba le reventó a centímetros. Abajo hay una verdadera batalla campal y todos estamos rodeados por el gas lacrimógeno, tosiendo y llorando.

He visto un espectáculo semejante en un par de oportunidades, a prudente distancia, y docenas de veces en la televisión. Una de esas veces, el 30 de agosto de 2000, asistí, junto a millones de colombianos, al último día en la vida del patrullero Mauricio Soto Londoño.



Lo mató una papa bomba como la que hoy puede dejar discapacitado al patrullero. ¿Qué es? Una mierda. Una mierda desquiciada. Una mierda desquiciada y cavernaria que no podría estar en las manos de alguien que use los dedos para cargar libros. Las papas bomba son explosivos artesanales que nacen de mezclar aluminio negro con clorato de potasio para crear pólvora negra a la que agregan azufre para generar humo al momento de la detonación. Todo se sazona con arandelas, tornillos, clavos, piedras y cualquier cosa que cause daño.

Hace casi tres lustros, una de esas papas bomba estalló en el cuello del patrullero Soto Londoño. No estaba bien protegido. El Esmad, como lo conocemos hoy, lloraba en pañales y, aparte de cascos y escudos, nada amparaba a la Policía de la furia de los encapuchados. Solo en la entrada de la 45 con 30, ese día volaron no menos de 500 papa bombas y cocteles molotov.

Soto, caldense de La Merced, había querido ser policía desde niño, así que, apenas cumplidos los 18, se fue a Manizales a hacer curso en la Escuela de Carabineros Alejandro Gutiérrez. A la Metropolitana de Bogotá ingresó en 1998, y vivía en la vigésima cuarta estación, donde, como parte de la fuerza disponible, fue llevado a ponerles el pecho, y la vida, a los manifestantes ese triste 30 de agosto. Desde entonces, alrededor de 400 miembros de la Policía han pagado con sangre el cumplimiento del deber en los alrededores de las universidades públicas.



Hoy es el turno del patrullero Navarro, a quien comienzan a bajar por las escaleras del puente, donde lo espera una ambulancia. Lo montan a la camilla y al carro justo donde está, supervisando todo, el coronel Rafael Méndez Castro, coordinador del Esmad. Lo saludo. Es un momento duro para todos, pero vinieron a trabajar, no a quejarse. Me recuerda que, a dos cuadras, entre una de las tanquetas del Esmad, me espera mi uniforme. Me llegó la hora. El episodio del policía herido me tiene muy nervioso. Asustado. Tanto que se me viene a la cabeza la frase célebre de Worf, el guerrero klingon de Viaje a las estrellas: “Hoy es un buen día para morir”.



Aprendiendo a chupar gas

Estoy montado en un bus de la Policía que me lleva a la Escuela Nacional de Carabineros, en Facatativá. Es sábado, día de entrenamiento, y llevo un mes preparándome para hacer esta crónica: para ser una partícula más del Esmad, para verlo desde dentro y meterme en el uniforme de sus miembros. Me he preparado, digo, pero hoy es mi primer entrenamiento físico.

Salimos hace dos horas de la sede del Esmad en Bogotá, frente a las empanadas de Cafetería Manchas, en zona de talleres. La había conocido hace unos días, cuando el coronel Méndez y el mayor Roberto Moreno (ascendido a coronel durante este ejercicio periodístico) me presentaron a un tipo de un valor incalculable: el intendente Arley Gutiérrez, de unos 30 años y más bien pocas sonrisas.



Lo entiendo. Debe ser difícil sonreír cuando uno tiene paralizada media cara, reconstruida con láminas de metal. El día en que lo conocí, me dio una descripción básica de las partes del uniforme de un policía del Esmad y de su armamento… que no es armamento en el estricto sentido de la palabra. Nadie en el Esmad va armado, al menos de manera convencional. Está prohibido que porten armas de fuego (o blancas), y lo único que se les autoriza son elementos disuasivos de gas lacrimógeno (que no es un gas), gas pimienta (que no está hecho de pimienta), balas tipo paintball y unos adminículos sónicos aturdidores. La posibilidad de que una persona resulte muerta por el contacto con estos artefactos no es ni del 1 %.

Estoy invitado a ver un documental que me pone a pensar dos veces si no estaré cometiendo una locura al hacer esta crónica. El video muestra, en un principio, la estructura básica del Esmad: dos compañías en Bogotá y dos en Cali, así como otras en ciudades como Medellín, Bucaramanga, Montería, Barranquilla, Pereira, Cúcuta, Pasto, Yopal, Popayán, Valledupar, Ibagué, Cartagena, Neiva, Manizales y Villavicencio. Todas bajo el amparo de la Dirección de Seguridad Ciudadana (Disec).

En cada escuadrón hay cuatro oficiales, doce suboficiales y 150 patrulleros, aunque la unidad mínima de intervención requiere de un oficial, cuatro suboficiales y 50 patrulleros. Todo miembro del Esmad (3140 en la actualidad) pasa por el Centro Nacional de Operaciones (Cenop), en Tolima, donde debe superar el curso de control de multitudes, única manera de descubrir si la vocación es firme y si el candidato sirve para pasarse la vida aguantando calor, gas y hambre, atrapado en una armadura endeble, mientras la gente le aplica dosis de odio puro que doblan al veneno de una cobra.


Luego de la parte informativa del video, hay unas escenas del entrenamiento básico al que me someterán. Veo policías trasbocando por los lacrimógenos, atacados a piedra por sus compañeros y barridos varios metros por el suelo gracias a la fuerza de un cañón de agua de tanqueta. No es agradable. Lo que sigue, menos: brazos desgajados del hombro, caras desfiguradas en carne viva, heridas de machete en las piernas, una mano colgando del antebrazo, un patrullero con una flecha en la cabeza… todo es real.

La llegada a la Escuela de Carabineros me desconecta de los recuerdos, pero sigo medio arrepentido. Sucede que tengo a cuestas, además del pie plano y la rinitis, cinco operaciones de tobillo. Por una extraña razón, perdí los amortiguadores naturales y cualquier caminata o salto me cuesta trabajo. A eso súmensele mis 98 kilos de peso, mi lejanía con los deportes y mis 46 años. Llegamos. Hora de formar y recibir mi kit de Esmad exprés.

Los policías del escuadrón usan un equipo básico que deben ponerse en menos de un minuto (el tiempo de reacción para estar uniformados y formados nunca supera los ocho). Lo primero es un overol negro de tela retardante del fuego, que da cinco segundos para que los compañeros intenten apagarlo a uno antes de que las llamas conviertan a esta pieza de $850.000 en basura, y al usuario, en discapacitado. Se suele usar una especie de pasamontañas, también ignífugo ($140.000), pero acalora si las condiciones climáticas son adversas.


Sobre el overol va el protector corporal o armadura. ¿Armadura? Ya quisiera uno: sus partes dan una engañosa sensación de seguridad que ha llevado a muchos a llamar a estos policías ‘robocops’ (por el resistente exoesqueleto metálico de Alex Murphy, protagonista de la película). El de nuestros policías ($2.300.000) es de un polímero que solo resiste un nivel bajo de choques con objetos contundentes. Cualquier proyectil superior al calibre 22 atraviesa como cuchillo caliente en mantequilla las cuatro piezas principales. La región trasera de los brazos y las piernas está desprotegida, y la mayoría de las articulaciones quedan expuestas, pues de lo contrario no habría posibilidad de movimiento.



El equipo me lo van poniendo de abajo hacia arriba, hasta llegar al casco ($320.000), que es un verdadero suplicio, sobre todo para quienes tenemos cabeza king size. Pesa 2,2 kilos, tiene visera de policarbonato, protectores parietales que restan audición, barboquejo en el mentón y un delgado protector cervical. Hay una pieza extra, el protector genital o güevera. Es de diseño reciente. Esta especie de suspensorio con plástico en la parte delantera nació después de que un policía perdió sus testículos en Montería luego de complicaciones derivadas de una pedrada.

El escudo antidisturbios ($220.000) está hecho en policarbonato de alta densidad (1,10 x 60 cm) y me preparo para cargarlo en una pequeña loma que me separa del campo de entrenamiento. Antes de partir, recibo la tonfa ($25.000), un aparato con historia. Es un bolillo con mango lateral, que originalmente era un instrumento de labranza en China y la isla japonesa de Okinawa. Se la usaba como asa para poner a girar las ruedas de los molinos y evolucionó hasta convertirse en un moderno bastón policial que vi por primera vez en manos de T.J. Hooker. La tonfa se mete en el espacio estrecho que queda entre el muslo y el protector medio.



Arranca la marcha, en fila india, y en menos de lo que uno de ellos se pone el uniforme, que pesa, ya completo, 22 libras, se me acaba el aire. A rastras, y después de tres paradas para respirar, llegamos al campo. Aquí habrá de todo… menos aire. Durante tres horas me entrenan en las formaciones básicas de control de multitudes: en línea, en guardia y una que poco se emplea, guardia doble, en la que una fila delantera cubre el frente con escudos mientras la trasera usa los suyos como una especie de techo. Deja a los policías inmóviles, sin posibilidad de ganar terreno, así que solo se recurre a ella para tareas como la de estabilizar a un herido.

Desde el primer ejercicio, los entrenadores tienen la gentileza de gasearme mientras defiendo mi posición o me muevo bajo una lluvia de piedras. El gas lacrimógeno es algo desesperante, pero no es gas. Es un sólido micropulverizado que, gracias a un explosivo que lo quema, toma apariencia de neblina intensa. De hecho, su nombre científico, que solo pronuncian bien los expertos (y Mary Poppins) es ortoclorobencilidenmalononitrilo… ¡supercalifragilisticoespialidoso! Su mayor efecto es psicológico: genera pánico, desconcierto y dispara el reflejo de huida. El mío se activa varias veces, pero dos policías veteranos, ubicados detrás de mí, me impiden correr y solo una vez puedo escapármeles para ir a un costado del terreno a escupir, lavarme con agua y echarles un par de madrazos.

En lo físico, el gas-no-gas provoca cierre involuntario de los ojos, flujo nasal, vómito, tos y ardor en zonas húmedas y partes blandas. Esa tarde lo “disfruto” junto con dosis de gas pimienta, agente químico cuya base es la oleorresina de capsaicina. Lo hay en polvo, líquido y en aerosol, pero el efecto es el mismo: como si le metieran a usted en los ojos el ají mexicano que se está comiendo.

El gas me lo aderezan con el paso de barricada, que consiste en caminar, bajo una lluvia de proyectiles, mientras se supera una pila de obstáculos ardiendo, humeantes. Humo de fuego más humo de gas más piedras: ¡Disneylandia! Cada tanto, un subintendente, Dussán, nos sorprende, ya sea esgrimiendo un enorme tubo con el que golpea los escudos o dándonos puños en la pechera de la armadura para recordarnos que no se pueden dejar las formaciones, so pena de que la multitud enardecida ataque al uniformado solitario. Esto, como en la infantería pesada de las legiones romanas, solo funciona si hay cohesión.

La tarde, creo, termina con el ejercicio de enfrentar el cañón de agua de la tanqueta. Nos lo aplican directo al escudo durante largos minutos, convirtiendo todo en una marranera en la que se mezcla un gas que nos tiran por la espalda. ¡Carajo, mierda, ¿será que esta gente no puede hacer nada sin gas?! Se extingue el chorro y, algo molesto, estoy listo para bañarme y largarme.

Quieto. El intendente Gutiérrez tiene una última propuesta: va a tirar en mitad del campo una granada de gas y quiere que lo acompañe a que caminemos, sin equipo, dentro de la nube, hasta que la disuelva el viento. Se chifló, pienso. Moreno se nos une y así, los tres, entre osados e idiotas, nos vamos a chupar la novena dosis de gas de la tarde.

Ya en casa, le cuento someramente a mi esposa la experiencia y revelo algo que no fui capaz de decir durante el entrenamiento: una piedra enorme hace que mi escudo retroceda con violencia y la empuñadura se me clava en la rodilla, que se hincha y me manda un par de días a la cama con cremas y mucha ira de mi señora. Del golpe en la rodilla al golpe de estadio.



Golpe de estadio

Vengo poco a El Campín. Detesto las multitudes, no sé jugar fútbol y temo a la horda de desadaptados que lo visitan como excusa para descargar sus fracasos en el prójimo. A medio camino entre el estadio y el Coliseo Cubierto está una de las tanquetas del Esmad. Dos patrulleros manipulan algo en el techo que tiene pinta de faro portátil para barcos. Es el LRAD, un dispositivo que emite sonidos incómodos para la multitud (165 decibeles) y puede usarse para el perifoneo de mensajes que se escucharán, si no hay obstáculos, a un kilómetro de distancia.

Me encuentro con el todavía mayor Moreno. Mientras me ayudan con el overol y la armadura, me explica que el escenario del estadio es engañoso. En teoría, estamos frente a un grupo de civiles desarmados que viene a disfrutar del partido. Pues no: muchos han consumido drogas o alcohol, esconden armas blancas, llegan presa del resentimiento y quieren desquitarse con alguien, para lo que encuentran dos candidatos perfectos: otros hinchas y los policías.

Los estadios colombianos hace años que dejaron de ser estadios. Son parte de un macabro teatro de operaciones en el que se vive un clima de tensión permanente. Si en un vuelo los dos momentos críticos son despegue y aterrizaje, aquí los puntos neurálgicos son entrada y salida de la gente. El mejor día de un Esmad en un estadio es un martirio: aunque no se presenten disturbios, pasan horas de pie, sin comida o bebida, aguantando frío y con escasas posibilidades de ir al baño.

Detrás de la tanqueta donde me cambio de ropa hay un bus repleto de mujeres forradas en policarbonato. Pido que me dejen ir a saludarlas. Aunque uniformadas, están bien maquilladas, con aretes y pañoletas. Son un puñado de las 62 mujeres que eligieron entrar a la fuerza antidisturbios. Supongo que los hinchas las tratan mejor que a los hombres. Otra vez me equivoco: les dan un tratamiento indecoroso, mezcla de ofensas y piropos de mal gusto. Para ellos no son mujeres: son el Estado. No es fácil tener novio cuando se vive, como ellas, en las instalaciones del escuadrón. Las casadas y las madres pueden dormir en sus casas, pero, como sucede con los hombres, el corre-corre del cumplimiento del deber suele moler sus matrimonios.