Nació en Colombia a las 12:12 del mediodía. Lloró a las 12:12:12 como si supiera. Los médicos, las enfermeras y los auxiliares que lo recibieron en la sala de cirugía del impecable Hospital de Suba, en Bogotá, lo recibieron de espaldas bajo una luz que parecía un milagro. Su mamá, Tilsa Velasco, una serena santandereana del municipio de El Peñón, le dio un beso de bienvenida. Su papá, Alexánder Pastrana, un barranquillero que se ha salvado tres veces de la muerte, dejó de temblar cuando le llegó el momento de sostenerlo. Pesó 3000 gramos. Salió perfecto. No hubo miedo ni cansancio ni frustración en su nacimiento porque fue por cesárea. No hubo arrepentimientos ni hubo angustias en su llegada al mundo porque sus papás lo planearon el día de Navidad del año pasado. Y lo único que tenían que hacer los dos señores, cuando él se fue calmando y dejaron de marearlo tanto el aire y el olor y el ruido de afuera, era sonreírle y sonreírle.

Se bautizó a sí mismo Kayler Steve hace un poco menos de tres meses. Su hermana Taliana, de 4 años, le dio las cuatro primeras opciones que le vinieron a la cabeza: Juan José, Alexánder, Ángel David y Kayler Steve. Y él solamente se movió adentro de su madre, dio un vuelco, según dicen, cuando escuchó los nombres que la niña había sacado de una película que vio un domingo: Kayler y Steve. A Kayler no le gustaban las rancheras ni las canciones ruidosas ni las músicas eléctricas que ponen en las emisoras cuando estaba dentro de Tilsa —me contó Alexander, muerto de frío, 35 minutos antes de que naciera—, pero se calmaba siempre que oía a Los Bukis, siempre: “Pero, recuerda, nadie es perfecto ni tú lo serás…”. Cuando aún estaba en la barriga de su mamá, detestaba que su papá no le diera las buenas noches. Pateaba. Empujaba. Oía “háblale”, “salúdalo”. Y, apenas sentía “buenas noches, Kayler”, y “buenas noches, niñito”, se quedaba quieto.

Se veía, desde antes de nacer, que iba a ser inquieto. Pero, luego de reclamar atención durante las 39 semanas que pasó en el útero —me dijo Alexánder—, anoche sí que durmió en paz. Taliana, su hermana, le dijo: “Mañana sales, Kayler”. Y él no volvió a levantar la cabeza hasta que salió.

Tilsa y Alexánder —y Kayler, el día que iba a nacer— llegaron al Hospital de Suba a las 8:00 a.m. Pasaron pronto, 15 minutos después, a la sala de espera de las salas de cirugía. Notaron en la entrada el árbol de Navidad fucsia y blanco y gris, y el uno se lo señaló a la otra, pero una enfermera les preguntó quiénes eran justo antes de que comentaran el adorno. Saludaron después a la segurísima jefe de la sección, doña Lucero Sandoval. Pasaron luego por Facturación. Se asomaron a Monitoría Fetal cuando se determinó que la cesárea se llevaría a cabo a las 10:00 a.m. Y luego ella, Tilsa, tranquila y vestida de flores moradas y verdes, se sentó en la primera fila del lugar a ver “los mejores momentos de La voz kids” en el televisor de la pared de enfrente, con otras seis mamás a sus espaldas, y entonces me contó que cada uno tiene un hijo “de una pareja de antes”, y que la niña de los dos, Taliana, es la niña de los ojos de los dos, pero sobre todo es la niña adorada de su marido.

Querían que este bebé fuera un niño, me dijo, para que Taliana siguiera siendo la única niña de la casa: “Cuando uno espera un hijo siempre sale del sexo que uno quiere”, dice el padre, y la madre solo sonríe y asiente, apacible, pues no tiene nada más para decir.

Tilsa estuvo bien desde el principio hasta el final del embarazo: a veces susceptible, a veces malgeniada, a veces lejana —dice su marido—, pero siempre bien. Fue el padre quien llevó a cuestas los síntomas durante estos nueve meses. Todavía recuerdan el ataque de risa que les dio en el consultorio del doctor cuando él, Alexánder, confesó que esta segunda vez era él el que vivía con las ganas de vomitar en el centro del estómago, con sudor frío en las sienes, con las manos heladas de quien se va a desmayar en cualquier momento. Se ve que se quieren más de lo que se ve. Está claro que el uno no hace nada sin haberse puesto de acuerdo con el otro. Cuando a las 11:00 a.m. ella se puso la bata aguamarina y el gorro azul, y se calzó, resignada, los cobertores de plástico, él empezó a ponerse nervioso. Quería saber a dónde iba. Tenía que saber si todo estaba bien.

En la unidad gineco-obstétrica del Hospital de Suba es posible que un familiar esté en el parto. Es esa una de sus banderas. Alexánder, por supuesto, fue el elegido de la familia Pastrana Velasco para entrar. Pero, luego de examinar el estado del bebé y de hablar con “la enfermera ángel” Yolanda —una amable figura de la clínica que asiste a las embarazadas en la sala de espera—, Tilsa entró a la salas de preparación escoltada por un par de auxiliares y se subió a una de las seis camillas disponibles a esperar a que llegara el momento de la cesárea (“esto hoy está solo”, dijo el médico encargado), y el pobre Alexánder se quedó afuera, tal como se lo pidieron los que saben, listo a pasar las puertas laminadas de la entrada cuando le entregaran la ropa adecuada para acompañar a su esposa. “Ahora sí que estoy nervioso —me dijo—. Ahora sí a esperar”.

Y se puso a contarme su vida para engañar a su cabeza, para no pensar hasta que fuera el momento de actuar.

Alexánder es, a los 33, un sobreviviente: podría decirse “un colombiano”. Cuando era técnico eléctrico, recién graduado del taller, una banda paramilitar pasó por el local que acababa de montar con un amigo, se lo llevó en un camioneta que recorría impune las calles de la ciudad y lo tuvo secuestrado durante más de un año “para que les arreglara los aparatos”: “Primero me dijeron que era por unas horas, después me dieron la noticia de que iba a quedarme en su campamento a la fuerza y luego se me fue pasando allá la vida lleno de pesadillas y lleno de miedo hasta que empecé a pensar que estaba muerto”. El día en que lo liberaron no podía creer que estuviera vivo, no podía explicar lo rara que le parecía la libertad. Hace poco se encontró, acá en Bogotá, con un tipo de esos. Quiso gritarle cuando el muy cínico lo llamó “comandante”. Le dijo “usted me tuvo secuestrado, señor, no se haga el que es mi amigo”. Y se fue con el corazón a mil.

Cuando era visitador médico, e iba de una esquina de Colombia a la otra llevando medicamentos que no se consiguen en los pueblos, las apariciones constantes de las tropas ansiosas de las Farc le hicieron entender que en el país que no se ve si uno no lo visita la principal forma de relacionarse es la extorsión: “Y si no eran los guerrilleros, era un tipo de la empresa que quería maquillar los balances para que nos repartiéramos sus robos porque 70 % de los colombianos son corruptos”. Cuando fue auxiliar contable de una empresa, ya a los 30, sufrió un infarto que su cuerpo recuerda todos los días: “Fue como si alguien me atravesara una vara con ganas de matarme, pero me sirvió para dedicarme a cuidar a mi chiquita”. Y ahora, que se ha vuelto el domiciliario del asadero de Mosquera en el que Tilsa trabaja —y a veces atiende el horno y hace cuentas—, ha tenido que lidiar con las alcantarillas destapadas, los huecos engañosos y los hampones que quieren robarle la moto que no ha acabado de pagar. “Pobre mi niño, venir a este país”, me dijo.

Fue en la Navidad pasada cuando le tendieron una trampa para robársela, cuando lo enviaron a llevar un domicilio a una dirección en la que no había nadie, y unos ladrones armados con sierras y cuchillos estuvieron a punto de matarlo, que Tilsa y él tomaron la decisión de tener un niño que acompañara a su niñita. “Aquí no se puede solo, no, aquí toca entre varios”. Y lo dijo él justo cuando en el noticiero, en el televisor empotrado en la pared de la sala de espera, el insólito comandante de las Farc salió a decir que tendría que replantearse el proceso de paz que se negocia en La Habana porque —tras el lamentable secuestro del general Alzate— el presidente de la república estaba cambiando las reglas del juego. Y lo dijo justo cuando la enfermera de gorro original le entregó su bata para entrar al nacimiento de su hijo. “Estoy temblando: mire”, me dijo antes de irse.

Tilsa no dejó de ser Tilsa durante el parto. Sonrió. Tuvo valor. Se quedó mirando a un punto en el que no había nada ni nadie, pues nada ni nadie podía ya ponerse en su lugar, hasta que le entregaron a su Kayler Steve Pastrana Velasco, y el primer bebé del día en el Hospital de Suba se fue calmando porque la escuchó y sintió su beso, y se volvió a calmar y estiró los brazos como buscando refugio cuando se dio cuenta de que el hombre que le estaba hablando ahora —un Alexánder en bata y tapabocas que apenas recuperaba sus nervios y su color y se acostumbraba al olor de la sala de cirugía— era el padre que todo este tiempo le había dado las buenas noches como debe ser. Era una hora tranquila de un día tranquilo en este lugar: las 12:12:12 de hoy. Pero quien ha nacido en ese preciso momento, si la carta astral es de creer, tiene garantizada su salud, su compasión y su alegría.

Dice Alexánder en la tarde, ahora que por fin ha recobrado la calma, pues “todo está en orden”, que Kayler se parece mucho a Taliana, que no ha tenido que llamar a nadie a darle la noticia del nacimiento de su niño porque todos los abuelos lo llamaron primero, y que ahora viene lo que viene.

Que es despertar en Colombia. Y encontrarse con los amigos. Y armar los recuerdos. Y reunir las cosas favoritas. Y no dejarse convencer de que la única manera de hacer las cosas acá es por la fuerza. Y evitar la mezquindad y la frustración como la plaga que ha arrasado con todo. Y hacerles caso a los papás cuando digan que la única solución a los problemas es el trabajo duro. Y oírles la historia increíble de cuando se conocieron y le abrieron paso a su familia. Y escucharles a regañadientes las muchas veces que se han salvado de la muerte, de las bandas criminales y las guerrillas y los corruptos y los hampones de cuello blanco y los políticos mediocres que hubo acá una vez, para sentirse muy lejos de ese país de antes y no entender ni una sola palabra de la frase “es que la vida es imposible acá en Colombia”.

Todo eso viene ya. Pero por lo pronto Tilsa y Kayler están dormidos a esta hora: 2:45 p.m. Y Alexánder ha entrado a la sala a cuidarles el sueño. Y a esperar a que él sea lo primero que los dos vean al despertar.

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