Lo primero que se me ocurrió cuando SoHo me invitó a disfrazarme de mamerto y vivir una noche de bohemia fue que podría volver de alguna forma a la adolescencia irresponsable. Los mamertos, pensé rápidamente, son generalmente personas con alguna madurez biológica que se comportan como jovencitos: son extraordinariamente desordenados, se creen intelectualmente interesantes, desafían al mundo y a su entorno por todo lo que se les pueda ocurrir y su inconformidad no tiene límite. Tienen además una vida medio amargada y por eso, aunque se comportan como niños, casi no se ríen, pues siempre quieren obtener las cosas pero no sus consecuencias. Los mamertos, además, sufren oficiosamente. Si no tienen causa, la buscan hasta que la encuentran; porque sufrir para el mamerto y hacer de ello un asunto trascendente es parte esencial de su existencia. Para ellos, como parte de sus múltiples contradicciones, el sufrimiento es virtud y objeto del deseo, mientras que la felicidad es herejía.  

Sin embargo, para quienes como yo nos encontramos en orillas ideológicas distintas, y hace parte de nuestro trabajo combatirlas por bien de la comunidad, convertirse en un mamerto suena a traición y no simplemente a una experiencia sociológica. No me veo nunca combatiendo la economía de mercado, ni planteando expropiaciones. Menos me quisiera ver reteniendo pacíficamente a un rector universitario para que converse conmigo, o poniéndome capucha para hablar en un recinto académico a los nuevos estudiantes de una institución educativa.  

Empiezo a temblar cuando pienso en que encarnaré a alguien que cree que "este conflicto por el que atraviesa Colombia debe tener una salida política", y me genera pavor finalmente el suponer que me podrían empezar a llegar correos electrónicos de Piedad Córdoba, con fotos incluidas. Y la verdad, ni siquiera quiero imaginarme que por cuestiones de militancia deba ponerme una de esas forradas chaquetas amarillas que usan los adeptos de Venus Albeiro Silva para promocionar su referendo por el empleo, o asumir la vocería de Chávez en Colombia, aquella que se pelean con tanto esmero algunos líderes del Polo. No quiero llamarme Lenin por un día, ni volverme fumador empedernido.  

Sin embargo, decidí aventurarme, asumir los riesgos que ello pudiera traerme y vivir esta experiencia. Mientras seguía elaborando la fundamentación ideológica necesaria para abordar esta jornada, me hicieron entender que la pinta no es un asunto meramente adjetivo, sino que en este caso, la forma de vestir tiene mucho contenido. "La primera manera de hacer llegar nuestro mensaje 'antisistema' es a través de nuestra forma de vestir —me explicaron unos mamertos allí presentes— porque nuestra inconformidad con la sociedad es absoluta", continuaron. A mí la verdad aquello me pareció algo estúpido pero sobre todo exagerado, y por ello respetuosamente sugerí que la pinta es una simple expresión de la autonomía de la voluntad y que en ese contexto, vestirse de modo tal en donde se logre atraer todas las miradas no es un problema democrático ni económico sino estético, generalmente acompañado, no de altas dosis de personalidad, como piensan algunos, sino de algún desequilibrio psicológico que en la mayoría de casos se corrige con el tiempo.  

Pero yo estaba dispuesto a meterme de lleno en mi papel de mamerto y por ello empecé  a imaginar que para tener una jornada exitosa iba a necesitar vestirme de líder de alguna organización obrera, eso sí, bajo las prebendas que otorga el fuero sindical. Lo único que solicité expresamente que se me respetara, ante la amenaza de la mochila, el buzo cuello de tortuga, el bléiser ochentero de botón en relieve multicolor, los pantalones de pana gruesa, la gorra de pana-lanilla y los botines de gamuza reencauchados, era que al menos me permitieran omitir el aliento bucal a tinto recalentado y el olor impregnado a cigarrillo sin filtro que solo se obtiene con extenuantes jornadas de intensa discusión sobre las causas objetivas de la pobreza y las estrategias para que Colombia por fin esté alineada por la senda bolivariana que ha trazado Hugo, a su vez inspirado en Fidel y en el Che Guevara. La verdad, al ver la ropa disponible para la ocasión, y antes de probármela, pregunté si con el ánimo de meterle a esta experiencia una dosis importante de realismo, se habían atrevido a pedirle prestada ropa al perchero de Lucho Garzón. Afortunadamente mi preocupación se desvaneció cuando comprobé que todo era talla M y que no debía ponerme media blanca.  

Como buen mamerto decidí antes de salir de rumba empacar lo necesario. Conseguí una pipa con picadura de sabor a vainilla, busqué un libro de Kant, por si no podía aguantar llegar al sitio de la rumba sin recibir inspiración intelectual; repasé un poema de León de Greiff, eché unos fósforos en la mochila porque el encendedor lo consideré elitista y finalmente busqué la forma de meterle unas manchitas a mi pinta que, por lo limpia, podría parecer prefabricada. Como nunca me había puesto un buzo cuello de tortuga, no sabía si podría aguantar su temperatura y por eso también decidí ponerme una camiseta, solo para utilizar en caso de emergencia.  

El Café de la Montaña fue nuestra primera escala. En este lugar de música en vivo, mesas de cojines y chimenea, además de haber sido el sitio predilecto para noches románticas durante mi adolescencia, rompía inmediatamente un paradigma: entendí que se puede ser bohemio sin ser mamerto, es decir, que se puede ser bohemio sin ser defensor de Samuel Moreno. En la entrada, como para ir aclarando que el establecimiento se reserva el derecho de admisión, y entre fotos de alpinistas, zapatos de escalador, fotos de picos infranqueables, resaltaba por su ubicación y colorido aquel eslogan tristemente célebre para los bogotanos por lo que habrá de costarnos en el futuro, aquel cartel que dice: "Yo amo a Bogotá Sin SamuEL". La noche había empezado bien, me sentí como en la casa. Me eché en los cojines, pedí un vino caliente, unas rodajas de tomate con queso y orégano al horno y disfruté la música de Andrés Cepeda. Por un rato, pude olvidarme de mi rol y hablé asuntos domésticos con Alejandra, mi esposa, me acomodé plácidamente entre la cojinería y recordé los principales platos y especialidades del lugar. Pero una vez los productores de la revista se percataron de todo ello tuvimos que emprender la huida. Recordé que no hay mamerto feliz, y que mi circunstancia temporal me obligaba a sentirme culpable por haber tenido un destello de alegría. Volví a mi rol de intelectual revolucionario y me pareció  entonces inaceptable que hubiese compañeros (meseros) trabajando a tan altas horas de la noche (10:00 p.m.) y sentí la necesidad de expropiar el bar del restaurante por cuenta de la cantidad de botellas existentes, cuyo valor habría servido para construir una escuela en la zona rural de cualquier municipio de Colombia. Contrariado y apenado por incoherente con mi modo de ser transitorio, salí de este lugar.  

Nos fuimos entonces al Bulín, meca y lugar de peregrinación del mamertismo en Bogotá, según mis anfitriones. No lo dudé cuando vi solo dos mesas ocupadas. La izquierda, lo dicen las encuestas, va en franca decadencia, especialmente después de que ha tenido la oportunidad de gobernar. Allí la cosa sí era en serio. Nos sentamos en la primera mesa, que quedaba justo frente al escenario. Acomodamos las butacas, me saqué  la mochila y me remangué las mangas de mi buzo.  Pedí un brandy y solicité que me lo sirvieran en copa sin huella digital sobre los bordes. El administrador del establecimiento tomó el micrófono, declamó un poema de Mario Benedetti, y nos presentó a las chicas de la noche: cantantes, músicas y cuenteras (todo por el precio de uno). Mi vecina, en la mesa de al lado, quien lucía una boina fácilmente confundible con la que yo traía puesta, me ofreció un aguardiente para que me calentara mientras llegaba mi pedido. Yo, la verdad, para no delatarme de inmediato, lo acepté, le pedí otro y hasta me pasé un rato para su mesa. Empecé a aplicar una de las máximas del mamerto: toma, no compra y gorrea.  

Empezó la música: arrancamos con Ojalá, de Silvio Rodriguez, seguimos con La maza sin cantera, pasamos por Lamento boliviano (ahora con Evo debe ser una canción de moda en el país andino y próximamente cambiará su nombre a Lamento bolivariano) y de un momento a otro se prendió  la fiesta cuando la salsa se tomó el ambiente. Bailé, toqué congas, me 'clavé' otro brandy y por cuenta de ello estuve a punto de ponerme al ritmo del dúo de la noche. Entonces se prendieron las luces y arrancaron nuevamente los discursos, o mejor, los cuentos. "En esta oportunidad, señores..." y arranca una diatriba de quejas y reclamos contra el sistema, en donde el pueblo, la verdadera democracia y la libertad (qué sorpresa, yo pensé que los mamertos tenían predilección por la igualdad) resultaron las palabras más utilizadas. El cuento terminó y nosotros ya con hambre pedimos algo para picar. Mientras llegaba la comida, conversé con una de las chicas. Le pregunté por qué era de izquierda, le pedí que me explicara las razones por las cuales militaba en una ideología que lo único que había probado en tantos años era que les daba absoluta prioridad a los más pobres, ya no porque los acabara, sino porque los multiplicaba exponencialmente. Me explicó que ella privilegia lo social sobre el capital, que nuestro sistema no nos conduce a ninguna parte, que la única riqueza que vale es la espiritual y que la pinta es lo de menos. Nos trajeron la comida.  

Mi anfitriona continuó explicando que los mamertos son intelectuales, que su profundidad argumentativa no tiene límite y que no son ciertos todos los prejuicios que se tejen sobre la vida del bohemio. En ese momento me sentí en una audiencia televisada, de esas que Pastrana dejó que se hicieran en el Caguán en época de la zona de distensión y a la que todos los mamertos buscaron la manera de presentarse en directo, y pasar también rápida e inmediatamente, del anonimato al desprestigio, por cuenta de sus tesis para superar la confrontación armada a través del diálogo político. No pude responder a todo ello porque me tocó emprender una batalla para defender mi pincho de pimentón y pollo, al cual Juan Camilo, el fotógrafo de SoHo, empezó a meterle mano. Solo después entendí que la escasez, tan propia de los regímenes comunistas, se debía a que el menú era un outsourcing y que provenía de la parrilla ambulante de la esquina. Como ya nos íbamos, y no había cubiertos disponibles, terminamos comiendo con la mano. Yo no me negaba a nada, quería vivir mi experiencia plenamente.  

El brandy había hecho efecto en mí, y sin duda el aguardiente había logrado lo propio en la vecina de la boina. Alguien sugirió que nos tomáramos una foto, para compartir nuestra identidad a la hora de escoger cachucha. La señora se levantó, me abrazó y posamos para la foto. Inexplicablemente, en este instante las pilas de la cámara se agotaron, las luces del establecimiento se desconectaron y yo terminé, para salir del enredo y hacer de este minuto algo pasajero, preguntando a la señora que si su compañero no se molestaría por haber acabado con la noche romántica (de ellos) que por cuenta nuestra había llegado lamentablemente a su fin. Ni corta ni perezosa, la señora decide acercarse a mi oído: niega su compañía, me notifica que está sola, me frota la espalda y me pregunta de vuelta que si a mi señora no le importa que estuviésemos abrazados. Tomaron la foto, y esos fueron mis últimos 12 segundos en aquel establecimiento. La cuenta del Bulín llegó a los 180.000 pesos, tres veces más que la del Café de la Montaña. En total, fueron tres o cuatro chuzos de la señora de la esquina, dos brandys, un vino caliente, algo así como cinco canciones, un cuento, dos discursos y una adoctrinada maoísta. Póngale a la cuenta tres gaseosas y algo de propina. Como esa noche fui de mamerto me pareció barato. El dinero no vale nada, pues es símbolo del capitalismo y, en aquella circunstancia, me pareció que quien tiene derecho a él no es quien lo trabaja, sino quien lo necesita.  

Y salimos finalmente para nuestra última parada. Un restaurante denominado El Gato Gris, en el Chorro de Quevedo, lugar emblemático para los bogotanos, porque de acuerdo con la historia es allí donde se funda la ciudad y se construye su primer templo. Fuimos recibidos con contrastes. Por un lado, una mujer vestida de blanco salió a darnos la bienvenida. Hacía malabares con una pelota negra, que adherida a su cuerpo pasaba por el cuello y la espalda de un brazo a otro sin caerse. Y, por otro lado, nos alcanzó la algarabía de un grupo de hinchas del Nacional que al parecer colonizan Bogotá cada vez que su equipo juega en la ciudad y su triunfo se materializa cantando arengas futboleras en el Chorro de Quevedo. Yo, que andaba tratando de acordarme cómo tirar al aire de forma simultánea tres limones sin que se cayeran para acompañar a la mujer de blanco en sus acrobacias, tuve que apresurar mi ingreso al Gato Gris cuando vi las barras bravas acercarse y temí que me reconocieran, pues hace poco había logrado que se aprobara una ley que busca sancionar la violencia en los escenarios deportivos.  

Este restaurante nos regresa nuevamente a lo bohemio. No más Mercedes Sosa, ni Silvio, ni Pablo, ni doctrinas comunistas ni nada de esas vainas. Hay derecho, ya lo dijimos, a ser bohemio sin ser de izquierda. La mujer de blanco que antes hacía malabares ahora canta en portugués, y empieza a parecerse a Sonia Braga. Su voz está acompañada por dos hombres jóvenes, cada uno de los cuales domina un instrumento. Damos una vuelta al lugar de varios pisos, mientras nos hacen de cenar. La vista a los techos de La Candelaria es estupenda. Las pocas personas que todavía están en el lugar empiezan a retirarse, y las que quedan no lo hacen porque están resolviendo problemas conyugales. Es jueves a las casi dos de la mañana. La Candelaria está en silencio, salvo por las súplicas de algunos indigentes y uno que otro alarido de un perro o de un borracho.  

Llegamos al final de la jornada. Ser mamerto por una noche resultó inofensivo para mí y para mis conciudadanos. No tuve que votar por Carlos Gaviria ni tampoco insultar al presidente Uribe. Eso sí, agradecí que esta aventura no fuera de día ni incluyera sesiones del Congreso. Regresé a mi casa y me apresuré para dormirme. Al otro día debía volver desde temprano a mis labores cotidianas, en donde el trabajo es un valor y no un castigo, la inconformidad se convierte en energía creadora de alternativas para solucionar nuestros problemas y la libertad comprende también la posibilidad de que quien así  lo considere pase su vida al estilo de un mamerto.

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