Buscando la luz IV es una enorme escultura de acero del español Eduardo Chillida. Mide 8 metros, pesa 16 toneladas y es de color rojizo como el óxido. Debido a su tamaño no pudo ser exhibida en la sala de Christie’s, en Londres, en donde fue subastada por más de seis millones de dólares hace un par de semanas. Y también debido a su tamaño, su comprador seguro tendrá que pagar una enorme suma de dinero para transportarla desde Londres hasta donde quiera llevarla. Aunque dado el precio de la obra, y de todas las demás que se vendieron en la subasta, una de las más importantes del año, seguro que el dinero no es un problema.

La sede londinense de Christie’s, la casa de subastas más importante del mundo, está en la zona de Westminster, en el oeste de la capital británica, a cinco minutos caminando de Piccadilly. En la atareada plaza y sus inmediaciones están Hackett y Gant, Burberry y Ferrari, tiendas abarrotadas los 365 días del año de turistas y curiosos que deambulan sin rumbo fijo por esta Disneylandia de las compras que es el centro de la capital británica. Pero de camino a Christie’s, cuando uno se adentra por las calles cercanas a la plaza de St. James, la cosa cambia. La exclusividad se siente en el aire.

Ahora ya no se ven tiendas de ropa sino de joyas, y pronto el paisaje está totalmente dominado por galerías de arte, por negocios que en vez de ropa exhiben cuadros, por Audis y Porsches estacionados en las calles y por británicos trajeados con aspecto monárquico. Los edificios, de arquitectura clásica y con grandes ventanas a pie de calle, parecen emanar unos aires que solo se respiran aquí, o tal vez en París.

La entrada de la sede londinense de la casa de subastas está flanqueada por dos hombres de corbata que parecen porteros de una discoteca exclusiva, que, sin embargo, casi ni miran a quien entra. “Aquí puede venir cualquiera, la entrada es libre”, afirmará después Adrien Guilleminot, empleado de la casa y uno de los muchos que hablarán inglés con un marcado acento francés esta noche. Falta media hora para que comience el espectáculo.

A ambos lados de la alfombra que da la bienvenida —que no es roja, pero podría serlo—, algunas recepcionistas saludan a los asistentes con una sonrisa y ofrecen el catálogo de la subasta, en el que están las obras que serán vendidas al fondo, en la sala principal. El recinto ya está abarrotado y reina un clima de expectación, como si se tratara de un partido de fútbol, o más bien de polo.

Las obras que van a ser subastadas, entre las que hay un Warhol, un Basquiat y un Chillida, están expuestas en las paredes de la sala, dominada por un atril en el que se situará el maestro de ceremonias o rey del martillo, el todopoderoso subastador, que con un simple golpe anunciará, a lo largo de la velada, quién dará más millones de dólares por una obra. Como si de un rey se tratase, el subastador está rodeado por sus “vasallos”, la horda de empleados y los bidders. Estos últimos, que son los que alzan las manos para ofrecer más por una obra, están sentados frente a él en dos hileras con sus teléfonos pegados a las orejas, recogiendo apuestas de coleccionistas que no se encuentran en la sala. Para completar el cuadro, el lugar está en conexión vía internet con la sede neoyorquina de Christie’s, desde donde también se aceptan apuestas. Todos aquí parecen miembros de una gran familia.

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James Christie fundó en 1766 la que es hoy la mayor casa de subastas del mundo, y llevó a cabo su primer remate en diciembre de ese mismo año en el centro de Londres. Las ventas incluyeron un par de sábanas, fundas para almohadas y cuatro planchas. Luego organizó ventas cada vez mayores, incluida una colección de cuadros que compró Caterina la Grande, entonces emperatriz de Rusia, valorada en 40.000 libras. Años después, el cambio de siglo vio cómo el hijo tomó las riendas del negocio tras la muerte del padre.

Pero deberían pasar casi 200 años para que Christie’s viese la consolidación —e internacionalización— de su marca. En 1968 se abrieron las primeras oficinas en Ginebra y un año más tarde, en París. Después les llegaría el turno a Tokio y Ámsterdam, y la compañía empezaría a cotizar en la bolsa de Londres.

Por esa misma época, Christie’s ya batía récords: Retrato de Juan de Pareja, de Velázquez, se convertía en la primera obra en la historia en pasar del millón de libras. Además, una de sus subastas de arte, en Nueva York, se convertía en la primera en recaudar más de 200 millones de dólares. Hoy, la casa tiene oficina hasta en Dubái, y en 2012 movió 6270 millones de dólares, un 10 % más que en 2011.

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De vuelta en Londres, y aunque faltan aún unos minutos para que empiece el show, la gente sigue entrando. Se escucha, además de inglés, francés e italiano y también algo de español. A pesar de que algunos empleados de Christie’s dicen que a las subastas acude “todo tipo de gente”, el estilo que reina en la sala es bastante homogéneo. Los trajes y los vestidos, los peinados y los cortes son inmaculados, clásicos y muy exclusivos. Se ven apretones de manos, se oye repetidamente el clásico saludo: “Qué bueno verte”. El resto son conversaciones sobre India, la Bretaña francesa, críticas de arte publicadas en el periódico The Guardian y partidos de golf.

La grandiosidad que rodea el acontecimiento está justificada: esta es una de las cinco subastas más importantes del año para Christie’s. Tres de ellas son en Londres y dos en Nueva York. Las que acá suceden tienen lugar en febrero, junio y octubre, y la importancia de la que acontece hoy radica precisamente en el calendario. “Esta es una subasta importante porque es justo el momento en que coleccionistas de otros lugares del mundo están en Europa, a donde han venido para asistir a la Bienal de Venecia y a la feria de arte de Basilea, que tienen lugar por estas fechas”, me dice María García Yelo, de Christie’s España.

La sala está ya repleta. Se cierran las puertas y aparece el maestro de ceremonias, que en este caso es el finlandés Jussi Pylkkännen, presidente de Christie’s para Europa, Asia, Oriente Medio y Rusia. Da las buenas noches a los presentes, a los que están al teléfono y a los de Nueva York.

Y entonces empieza la función.

El primer lote en subastarse es un cuadro del pintor británico Hurvin Anderson, estimado en 180.000 dólares, que sale con un precio de martillo o inicial de 250.000 y se vende por 310.000 en pocos minutos.

Todo sucede tan rápido que es bastante difícil de seguir: un simple gesto de levantar la mano sirve para apostar y para hacer que el subastador cante una cifra, mire a los posibles pujadores y de vez en cuando interpele inquisidor: “¿Quiere responder a la apuesta”. Todo se puede seguir a través de la gran pantalla que domina la sala, en la que aparecen la obra y, en tiempo real, el valor que va alcanzando en libras, dólares, euros, francos suizos, rublos y dólares de Hong Kong.

Si el interpelado por el subastador es un pujador sentado en la sala, lo pensará un segundo y afirmará o negará si quiere continuar, con un movimiento de cabeza o mano. Si se trata de alguien al teléfono, la pausa —y la expectación— durará algo más, hasta que la persona reciba una orden del otro lado de la línea y grite “¡apuesta!” un momento antes de que caiga el martillo. “¡Justo a tiempo!”, cantará entonces el subastador.

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“Trabajamos para mucha gente. A veces son solo clientes interesados en el arte, pero otras veces son coleccionistas con los que tenemos una relación personal”, me contaría tras la subasta Robert Manley, del departamento de arte contemporáneo y de posguerra de Christie’s Nueva York. Esta noche estuvo pendiente de las apuestas por teléfono, fue uno de los “vasallos” que cercaron al rey.

Alto, con lentes, vestido con ropas impecables, Manley, aunque es estadounidense, podría pasar por cualquiera de los británicos o franceses en la sala. “Nosotros llamamos a los compradores reales cuando sabemos que llega el turno de la obra que les interesa y ellos deciden”. Manley me explica también que todas las conversaciones quedan grabadas para que no haya ninguna duda. Así, nadie puede negar a posteriori si ordenó gastarse dos millones de dólares por una obra, por ejemplo.

Las pujas entre lotes varían, pero al final, por lo general, quedan tan solo dos contendores. En ese momento, la subasta se convierte en algo así como un partido de tenis, donde el martillo es el árbitro, y se inclina hacia un lado y luego hacia el otro. En caso de silencio prolongado, pregunta con los ojos clavados en uno de los interesados: “¿Se queda usted afuera”, mientras la gente apunta en sus catálogos el precio final de la venta.

A los 40 minutos llega uno de los puntos fuertes de la noche: un Basquiat que empieza en casi 20 millones de dólares. Las apuestas empiezan a subir de a 150.000, y cuando parece que nadie va a dar más, un hombre con acento francés ofrece 24... Pero entonces otro, que está al teléfono, sube 200.000. Y la sala expectante mira al francés, que al final, después de una puja apretada, abandona. Baja el martillo: el cuadro se vendió por 28 millones de dólares, lo que será la mayor venta de la noche. Monedas, dirán algunos.

Los lotes se suceden y el respetable sigue atento, apuntando, tuiteando los resultados y comentando las “jugadas”.

—Es una venta rara, ¿no? —me comenta una periodista británica que está a mi lado, especializada en arte.

—¿En qué sentido? —pregunto.

—Hay muchos en paso —asegura, y yo asiento, sin tener la menor idea de a qué se refiere.

“‘En paso’ significa que la obra no se vendió; es rara la subasta en la que se vende todo”, me explicaría después Adrien, de Christie’s. “Las subastas suelen tener entre un 70 y un 90 % de obras vendidas. Aquellas en las que se vende todo son raras y se llaman subastas de guante blanco. Hace poco hubo una aquí mismo en la que se vendió el 100 %, una subasta de cerámicas de Picasso”, afirma el francés.

Pasadas las ocho aparece otro de los puntos álgidos de la noche: la venta de Buscando la luz IV, la primera obra de la colección de homenaje a Chillida. Para un mortal común, como yo, puede parecer solo una foto más en el catálogo, un nombre raro seguido de una cifra con muchos ceros, un ícono del incomprensible mundo del arte moderno. Pero en realidad no lo es. Como todas las obras que se subastaron aquí hoy, tiene una interesante historia detrás.

María García Yelo, de Christie’s España, me explica que en agosto de 2002, tras la muerte del escultor, el grupo financiero Urvasco encargó una serie de piezas de arte a diferentes autores en su honor. Estas fueron expuestas en el Museo Guggenheim de Bilbao en 2006. Un total de 46 autores participaron en la confección de las obras, que tras el Guggenheim quedaron en el Museo de Bellas Artes de Bilbao. Llegada la crisis a España, el grupo propietario de la colección decidió venderlas para hacer frente a una enorme deuda. Lo urgente pareció primar otra vez sobre lo importante.

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La noche fue frenética, pero parece no haber afectado demasiado al presidente Pylkkännen, acostumbrado a esta presión en sus muchos años de subastador al más alto nivel. Hasta su traje sigue intacto. Me dice que la subasta fue un ejemplo de una tendencia que viene estando presente en el mundo del arte: la internacionalización del mercado. Hace unos años, la mayoría de compradores eran estadounidenses, europeos o rusos; este año se consolida la presencia de los asiáticos. El finlandés cree que esto es bueno porque señala unas ansias de aprender y un interés por el arte en ese lado del mundo. En 2012, las subastas tuvieron gente de 136 países pujando, y los emergentes tienen especial importancia para él y para Christie’s.

Dos de las obras más importantes que se subastaron esta noche eran brasileña y china. O milagre des peixes, de la brasileña Adriana Varejao, se vendió por 1.200.000 dólares. Del total de ocho personas que pujaron por ella, varios eran brasileños, aunque al final la obra no se fue para su país. Hommage a Chillida, de Zao Wou-KI, por su parte, se vendió por casi un millón de dólares, y esa sí que se fue para China. Al recordar esta obra, el presidente señala que, con la mayoría de las pujas provenientes de Estados Unidos, Europa y China, y los planes de Christie’s de abrir una subasta en Pekín, está claro que el futuro parece mirar hacia el este.

Pero, aunque el futuro esté en Asia, el presente está aquí, en Londres, en la sala que ya se va vaciando. Quedan unos pocos grupitos de coleccionistas, de amantes del arte y aficionados que comentan las jugadas de la emocionante noche en la que Buscando la luz IV batió el récord de su autor y más de cien millones de dólares cambiaron de manos.

Me resulta difícil imaginar toda esa cantidad de dinero a medida que salgo de la casa de subastas y me interno en las calles de Londres; mientras camino hacia el subterráneo que pasará por el hotel Ritz y por las exclusivas tiendas cercanas a Green Park; mientras bajo por los túneles de la metrópoli hasta los trenes que me llevarán a través de barrios donde trabaja gente que posiblemente no sabe quién es Chillida y jamás verá tal cantidad de dinero… un tema que en Christie’s, aunque resulte difícil de entender, parece que nunca será un problema.

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