Llegué a Estados Unidos en mayo de 2006 como au pair. Me dediqué a estudiar y a conocer el país, y exactamente un año después conocí a Robert, mi esposo. Teníamos una amiga en común que era de República Checa y fue quien nos presentó. Él se identificó como profesor de español y me dijo que estaba buscando a alguien con quien poder practicarlo, y a las dos semanas empezamos a salir como novios. A comienzos de 2008 nos comprometimos, pero no teníamos claro si casarnos en Estados Unidos o en Colombia porque queríamos tener a nuestras familias presentes ese día.

Sin embargo, nuestras vidas dieron un tremendo giro el 11 de abril de ese año cuando me detuvieron en el aeropuerto de Pittsburgh por tener la visa vencida. Tenía una visa J-1 y había pedido una extensión para quedame en el país, pero de algún modo nunca supe si me la habían concedido y parece que la familia a la que le cuidaba los niños se le olvidó hacer la solicitud. Como era viernes por la noche cuando me detuvieron, tuve que esperar hasta el lunes siguiente una audiencia ante un juez. Aparte de la espera, me fue negada la posibilidad de cualquier tipo de llamada porque el delito del que me acusaban era de naturaleza civil y no penal. Me llevaron a la cárcel del condado de Allegheny y me encerraron en el pabellón de máxima seguridad junto con asesinos, prostitutas y expendedores de drogas. Estando allí no me dieron ningún elemento de aseo y estuve dos semanas con la misma ropa interior y sin que mi familia o mi novio supieran de mí. Ellos se dieron cuenta de que algo estaba mal porque nunca llegué al aeropuerto de Newark, de inmediato llamaron a Robert preguntándole por qué yo no había tomado el avión y él llamó al Aeropuerto Internacional de Pittsburgh, donde le explicaron todo y le pidieron que fuera por mi equipaje. 

Robert trató de comunicarse conmigo en varias oportunidades, pero nunca fue posible, no lo permitían, como tampoco fue posible que en todo ese tiempo yo pudiera tener una audiencia ante un juez. Luego fui transferida a la cárcel del condado de Cambria por no sé qué razones y allí terminé siendo una especie de traductora para los empleados de la cárcel que no hablaban español y necesitaban comunicarse con algunas detenidas que no hablaban inglés. Allí estuve otras dos semanas sin recibir siquiera la visita de un abogado hasta que fui transferida a la cárcel del condado de York, donde por fin pude hablar con un juez federal que sin explicación alguna me puso una fianza de 3500 dólares para pagar en efectivo en los 30 días siguientes. Después me dejaron en una estación de buses sin un centavo en el bolsillo y pude tomar un bus porque una de las personas que liberaron conmigo me dio dinero para el pasaje. Así fue que llegué a Pittsburgh a encontrarme con Robert después de 26 días encarcelada. 

Mientras todo eso me pasaba, Robert y mi suegro contactaron al canal de noticias local y a varios congresistas y mi historia salió en las noticias. También consultamos abogados y uno de inmigración nos dijo que debido a la decisión del juez, ni casándome con el mismo George Bush yo podía quedarme en los Estados Unidos, que tenía que volver a Colombia y desde allí aplicar para una visa de casada. Esta visa, dijo el abogado, sería muy difícil de obtener y, sin embargo, Robert y yo pusimos nuestro amor a prueba y nos casamos sabiendo que podíamos estar separados por años. Después de esto, buscamos la opinión de la abogada Valery May y me di cuenta de que había posibilidades de que me quedara en el país. Ella me dijo que podía reabrir mi caso, y después de dos años largos de lucha, muchos honorarios para abogados y mucha tensión, por fin recibí la residencia permanente. 

En todo ese tiempo no pude viajar a Colombia para ver a mi familia y solo pude hacerlo hasta julio de 2010. Luego volví con Robert en diciembre y celebramos nuestro segundo matrimonio, esta vez por lo católico y sin ningún problema legal. Desde entonces, vivo feliz con mi esposo y pronto empezaré a estudiar Enfermería en el USMC, la escuela de Medicina de Pittsburgh.

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