La historia es bastante curiosa: hace unas semanas un grupo de niños del colegio Colombo-Francés de Popayán descubrió que un duente desnudo, de unos veinticinco centímetros de estatura, se balanceaba felizmente detrás de los matorrales de un bosque, arrojándoles guayabas desde la distancia. Según sus testimonios, el duende, incluso, se había atrevido a quitarle a una de las niñas el gancho con el que se agarraba el pelo, demostrando así su carácter juguetón. Muy curioso. Eso dirán algunos.

Sin embargo, la curiosidad de toda esta historia no radica en la aparición de un duende en un bosque desolado. Ni siquiera en el exhibicionismo del supuesto duende que, sin ninguna clase de pudor ni vergüenza, decidió mostrarse desnudo ante los niños. Lo interesante del asunto está en el hecho de que la noticia la publicó el principal periódico del país, dando por verdadero un hecho que podría ser dudoso. Un duende, un bosque, una alucinación. Qué curioso.
No sé si los duendes tienen cabida en este mundo. Desconozco si andan desnudos por los bosques de nuestro país, atracando a los niños que, inocentemente, advierten su presencia. Me niego a creer que anden desperdiciando la comida que, con toda seguridad, es escasa en sus hogares. Que la historia se encargue de juzgar sus acciones. Lo que me agrada de todo este cuento es que la insólita aparición del duende me ha permitido abrir la puerta de la fantasía que cerré hace varios años, cuando el cuerpo empezó a crecer tropezando con los huesos y la espuma de afeitar se convirtió en un elemento indispensable de mi limpieza cotidiana.

La noticia del duende es saludable para no caer en la redes pegajosas que a veces trae la madurez. Al menos, he preferido verla así. He decidido que tal vez sí hay duendes en el bosque. Y no solo eso: que las historias que alguna vez oí cuando era niño, y que me hablaban de ballenas
gigantescas engullendo niños de madera, y de casas de chocolate con brujas quejumbrosas revolviendo calderos oxidados, y de gigantes de un solo ojo vigilando centenares de barriles de vino en una cueva misteriosa, siempre han sido ciertas. Que no solmanente existieron en el universo de las fantasías, sino que siguen viviendo en algún lugar del mundo que no he vuelto a visitar.

No sé en qué momento el hombre se hace hombre para dejar de soñar. No sé cuándo la vida comienza a envolvernos con sus agrios menjurjes de responsabilidad, con sus pócimas insípidas de filas en el banco o con sus abracadabras de impuestos e hipotecas. No sé cuando los duendes y las hadas y los bosques embrujados dejaron de hacer parte de nuestras vidas. Cómo hicieron para desdibujarse sin que ni siquiera lo advirtiéramos.
El duende de Popayán me ha obligado a entrar al cuarto oscuro de los sueños que dejé regados en la infancia. He mirado a través del ojo de la cerradura las fantasías que me acompañaron durante la niñez, cuando me inventaba juegos y los juegos me inventaban a mí, en una sucesión infinita de diversión solitaria: las canicas de colores, los vaqueros de sombrero, los monstruos de dos cabezas, los gnomos invisibles, las paletas derretidas, los espejos de Carrol encantados en la memoria.

Es mi cuarto de la fantasía. El único lugar donde no envejezco. La última frontera en donde soñar e imaginar es mil veces más divertido que andar por la vida empalagado de deberes. Tal vez por eso he decidido abrir con más frecuencia la puerta que me conduce a la fantasía. Prefiero untarme todos los días la piel con un poco de niñez que tener que mirarme ante el espejo para cubrir mi cara con una masa babosa de crema de afeitar, tan parecida a una nube sin gracia que viaja por el aire despojada de todos sus sueños. Al final de toda esta historia, creo que la vida puede ser mejor así.

Nota para el lector: la misma semana en la que El Tiempo on-line publicó la aparición de un duende en un bosque de Popayán, The Washington Post abrió su edición con una noticia reveladora: después de un año de búsqueda intensiva, la policía finalmente encontró el cadáver de la becaria Chandra Levy. Estaba muerta en el Rock Creek Park. Estaba muerta en la mitad desolada de otro bosque.

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