Después de cuatro horas de cirugía, Inés Elvira Pardo abrió los ojos y se extrañó al no sentir ningún dolor. Estaba adormecida y un poco mareada por la anestesia. Levantó la cabeza y con voz lenta nos miró a los seis que estábamos en la sala: el cirujano, dos enfermeras, el fotógrafo, su hija y yo. Se incorporó un poco más sobre la camilla, tomó un espejito amplificador y se lo puso debajo de la cuca para vérsela mientras abría las piernas. No vio nada raro. Llamó a su hija y le pidió que se acercara y la mirara de cerca. "Mamá, la tienes divina", dijo.

Hoy Inés Elvira, con 52 años y cuatro partos encima, se siente más hembra que ayer, cuando a las tres de la tarde entró al quirófano para hacerse la vaginoplastia. Una cirugía que, según Wikipedia, busca "devolver a los músculos vaginales la tonicidad perdida por partos o por el envejecimiento, o reconstruir y cambiar el aspecto de la vagina, ya bien sea por razones estéticas o no".

Su esposo, un bogotano de pura cepa, no la quería dejar operar. Le decía que tal vez había otras prioridades, que con esos cuatro millones y medio de pesos podrían cambiar la nevera o cambiarle las llantas al carro. Que no se hiciera ninguna operación que, por justificaciones estéticas, no cubría ninguna clase de seguro y o de medicina prepagada. La verdad, es que le dio pánico que a su ‘Ine‘, la belleza de la cuca le mejorara la autoestima y le diera una nueva seguridad, que quisiera salir del tedio y dárselo a otro. Las hijas del matrimonio también se opusieron: según Inés Elvira, les parecía inconcebible que su mamá se operara la cuca para sentirse mejor en la cama. Ella se había convertido en la mejor mamá del mundo, pero sus dos adolescentes nunca se habían imaginado que ella podría tirar. Hasta las hermanas de Inés le dijeron que cómo se le iba ocurrir. Pero ella venía preparándose hace un mes, cuando en medio de una conversación soterradamente femenina, les dijo a sus amigas que ya no se aguantaba las "alas de murciélago": dos labios vaginales largos y escurridos que sentía aletear entre sus piernas cada vez que se ponía un vestido de baño.

Pero si bien estaba cansada de sentir que cada vez que se ponía un jean apretado "se le veían las pilas", las razones que la llevaron a regalarse la cirugía de cumpleaños no se debieron exclusivamente a una preocupación con la belleza. Se la regaló porque en su cama "quería dinamita". Después de comerse a lo largo de 24 años al mismo hombre, haber dejado salir por su cuerpo, sin cesáreas, cuatro cabezas de diez centímetros de diámetro, y enfrentarse a esa puta crisis de pánico que debe sentirse cuando se acerca la menopausia, quería sentir que su cuca, su elemento de identidad femenina, podía ser 30 años menor que ella.

Florence Thomas se habría vomitado si la oyera. Al fin y al cabo, si algo sostienen las feministas extremas es que el género femenino no se puede reducir a la cuca. Que reducir la feminidad, el ser mujer, a eso que pasa y se siente debajo de las piernas es una posición machista. Que solo los hombres más salvajes y precarios consideran que en ese hermoso hueco se puede conquistar la felicidad de ellos y de sus parejas. Pero aún así, después de haberme leído todos los libros de Florence, tuve una revelación. En plena sala de cirugía, antes de que la anestesiaran, aceptó con gusto que un fotógrafo y yo entráramos para mirar cómo le descosían, le cortaban y le cosían otra vez lo más profundo de su intimidad. "Esta operación la hago por mí", dijo.

Cuarenta y siete días antes —ella los tenía contados— había buscado al doctor Jorge Alberto García Pertuz, un ginecólogo y obstetra que descubrió la cirugía plástica después de atender miles y miles de casos convencionales en prestigiosos hospitales bogotanos. Un médico convencido de que es legítima la relación entre belleza y autoestima, y que a la entrada de su consultorio tiene un letrero que dice con orgullo "Diseño y rejuvenecimiento vaginal". Un hombre que bordea los 40 y que se convierte en el más feminista de los machos cuando repite que lo que más le gusta es hacer a las mujeres felices. Y lo hace, como él dice, volviéndoles la cuca más "apretadita".

García es un duro del láser y del bisturí. Aprendió la técnica de la mano de David Matlock, el cirujano plástico que le mostró al mundo en televisión, a través del reality Dr. 90210, que embellecer las cucas también vale. Por eso, cada vez que una mujer entra a su consultorio en Bogotá, él le quita la timidez y le explica cada uno de los procedimientos que sabe hacer en el quirófano.

El más sencillo es el blanqueamiento. Mujeres blancas y negras tienen la cuca rosada por dentro pero con el tiempo, a algunas, se les va oscureciendo. Blanquearla es más bonito, así los hombres tienen un poco más claro en qué lío se están metiendo cada vez que se le miden al sexo oral. El blanqueamiento se hace con una crema que, en la mayoría de los casos, es una mezcla de ácidos como el salicílico, el glocólico y el tricloroacético. Se trata de una especie de peeling que permite que la viscosa piel de adentro recupere tono y suavidad. Blanquearse la cuca vale 400.000 pesos y los efectos se ven a las cuatro semanas.

La labioplastia, en cambio, es un poco más compleja que el blanqueamiento. Con los años, los labios vaginales se van anchando y, como sucede con todas las partes de los hombres y las mujeres, son atraídos por la gravedad y se van descolgando. García coge un marcador y después de un análisis de simetría, ¡zas!, corta el pedazo con un rayo láser, pone la tirita sobrante en la mesa de cirugía y cose unos puntos invisibles que desaparecen solos. El borde de la cuca deja de colgar.

La mayoría de mujeres que quieren invertirle tiempo y plata a la labioplastia deciden hacerse a última hora el procedimiento "integral de rejuvenecimiento", el cual supone un ‘reajuste‘ de todos los músculos vaginales que va más allá de cortarse los labios. Y ese rejuvenecimiento fue la cirugía que Inés Elvira se hizo ante las cámaras de SoHo. Llegué para acompañarla una hora antes de que le pusieran anestesia general y, contra mis pronósticos, pude soportar cuatro horas detrás del médico, mirándole la cuca a una mujer. No hubo sangre.

No entendí mucho los términos médicos. Y me preocupaba interrumpir. Pero, a mi modo, grabé cada uno de los instantes: primero, García puso una cantidad de tijeritas alrededor de la vagina. Abrió, con una simetría perfecta, un circulito de más de cinco centímetros de diámetro. Luego, infiltró un suero para disecar tejidos y controlar el sangrado. Metió el dedo hasta el fondo y comenzó a mostrarme un mundo nuevo. Una cantidad de partes frágiles que deben tratarse con el máximo cuidado del mundo. En particular, la vejiga y el ano. Este último separado de la vagina apenas por una delgada piel.

El cirujano comenzó a jalar algo de adentro hacia afuera. Traía hacia adelante la capa muscular y la facia, que es la tela que cubre los músculos. Después comenzó a cortar, también sacó tiritas y las puso a un lado. Cosió. La vagina ya había reducido su tamaño y su capacidad. "Ahora sí quedó apretada", dijo, mientras me repetía que la vagina es una parte del cuerpo experta en abrazar: "¿Y quien no quiere que le den un abrazo sólido, fuerte, cargado de seguridad?". Entendí el placer de los hombres cuando encajan. También la generosidad del cuerpo femenino: son más las mujeres capaces de encogerse la cuca para que ellas y sus machos sean aún más felices, que los hombres que se hacen la faloplastia, una cirugía para aumentar el tamaño del pene. Aproximadamente, por cada 180 mujeres que hacen de su cuca un espacio más pequeño, uno solo se agranda el pipí. Ahí sí coincidí con la descripción de los machos egoístas que hace Florence Thomas.

Jorge Alberto García recibe en promedio 40 mujeres al mes interesadas en hacerse el rejuvenecimiento vaginal. Esta cifra ha ido aumentado con el tiempo. Hace un par de años, cuando comenzó a desarrollar esta técnica en Colombia, eran pocas las que lo visitaban. Pero varias cosas han incidido en el ‘destape‘: un voz a voz, cada vez más emocionado, que se transmite de una mujer a otra, independientemente de la edad; una mayor conciencia de las mujeres frente a nuestro propio derecho de estallar en placer cada vez que tenemos sexo, y algunas tendencias estéticas. No en vano en los setenta, cuando para muchas hacerse la cera era una banalidad burguesa, los pelos ocultaban la caída de los labios. Pelarse del todo la cuca es una actitud reciente de las mujeres frente a la vida: mostrar los genitales sin pena y sin miedo. Y lo que poco se muestra, poco se cuida.

Al consultorio de DiVaGi llegan toda clase de casos. No todos son tan limpios de tragedia como el de Inés Elvira. Hace un par de meses llegó una niña de 14 años, quien le pidió al doctor García que la operara para que su joven cuca fuera aún más estrecha. Cuando él le preguntó de dónde había sacado esa idea, ella dijo que su pareja, 21 años mayor, así se lo había pedido. La salida del galeno fue inteligente y obligatoria. Apenas le dijo a la niña que debería contar con la autorización de alguno de sus padres, ella no volvió a aparecer.

Otro caso triste fue el de una mujer de cuarenta y pico que se dio cuenta de que su marido estaba acostándose con otra mucho más joven que ella. El cínico le dijo que lo perdonara, pero que quería "un vientre más joven". Ella se operó y lo dejó sin argumentos para justificar la infidelidad.

También están las experiencias que buscan sorprender. Algunas mujeres no les cuentan a sus maridos que se van a hacer el rejuvenecimiento, y los sorprenden en la cama apretándolos más. Y algunas acuden a concepciones y horribles fetiches ancestrales, pero que tienen la legitimidad de hacerlas felices a ellas y a sus parejas. Es el caso de las que se hacen la himenoplastia, una operación que busca reconstruir el himen, la pequeña telita que protege la vagina de infecciones mientras ellas se desarrollan, y que se vuelve añicos con la primera penetración. Esa cirugía tiene los efectos menos duraderos de la vida. Después de hacérsela, y de seis semanas de abstinencia, se deshace en el segundo en que se consuma el polvo. También está ligada a una concepción materialista del amor en la que la pareja siempre es una especie de propiedad privada, que nunca en la vida puede penetrar y ser penetrada por nadie más. Por esa razón irracional, la himenoplastia hace feliz a más de uno. Lina, de 35 años y quien, como muchas, tiene un recuerdo fatal de su primer polvo, se la hizo y a las seis semanas alquiló una suite en un hotel. Esa noche se comió a su marido como nunca.

Al doctor García las pacientes no se le pierden. Lo llaman a darle las gracias permanentemente y le cuentan que se sienten más mujeres, más bonitas, más completas y mejores amantes. "Siento igual que antes", le dicen. Los hombres aún no se atreven a felicitarlo por la cirugía, pero ya lo harán. Y entre ellos está el marido de Inés Elvira, quien por estos días espera que pasen las seis semanas que tiene de incapacidad para, así, sorprenderse. Y se siente seductora. Desde ya se ve la cuca linda. Es consciente de que estuvo cuatro horas anestesiada en la camilla de un quirófano y de que peleó con todos los tapujos para ser generosa con el hombre que ama. Pero, sobre todo, con ella misma.

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