No soy capaz de decir a boca llena a "esta ciudad nunca volveré", pues por áspera o displicente que haya sido con un viajero, siempre creo que se puede conservar la esperanza de no haber sabido verla, de no haber podido por falta de intuición o por falta de un auténtico interés, entrado en sus secretos.

Para no ir muy lejos, el viajero que llega un tanto desprevenido a Bogotá se puede encontrar con una nata gris y con unos buses blindados en polvo y a lo mejor no quiera regresar. Pero esta es una ciudad como la legendaria mujer de piel de asno, que bajo la hirsuta piel del equino esconde una belleza secreta.

Por ese sistema de dudas, de no saber bien si una ciudad nos resulta indescifrable porque no la supimos leer en sus espacios y en sus gentes, me cuesta trabajo expresar un "nunca volveré". Al contrario del héroe legendario podríamos decir "vine, no vi, me vencieron".

Lo que sí he dicho de alguna que otra ciudad, de pocas en verdad, es que "no me quedan ganas de volver".

Por ejemplo, y sin ánimo de incordiar o de ofender, no me quedaron deseos de volver a Valencia, España, pero aclarando que el desencuentro con una ciudad ocurre entre dos, como sucede con los malos noviazgos, los pésimos bailarines o los cónyuges malavenidos.

Cuando llegué desde Madrid a Valencia no iba propiamente pensando en su paella, ese arroz variopinto sin mucha gracia y con mucha grasa, ni en las llamadas fallas, fiestas que datan del siglo XV en las que se hacen grandes piras de muebles inservibles mientras sus habitantes visten sus mejores galas y empeñan sus reservas económicas en joyerías y abalorios, ni en encontrar algún secreto sobre la plástica de ese colombiano nacido allí que se llamó Juan Antonio Roda, mucho menos a recordar la voz pedregosa del también valenciano Paco Ibáñez invitando con el poeta "a galopar, a galopar, hasta enterrarnos en el mar".

No. Yo iba, y que se me perdone la soberana pedantería, a conocer el conjunto arquitectónico de Santiago Calatrava, la Ciudad de las Artes y las Ciencias, a orillas del río Turia.

Ahí mismo empezó la decepción de una ciudad ostentosa, dada al neorriquismo, de un fasto moderno que agobia y dan ganas de salir corriendo como ante un toro.

Lo repito, quién lo manda a uno a formarse ideas previas de los sitios que visita. Es lo que sucede con los críticos de arte que llegan a un jardín pero ya llevan las flores en la mano. A lo mejor yo, sin ser crítico de arte, llegué a la ciudad de Valencia con una ciudad fundada en una idea y ya sabemos que las ciudades y las ideas se excluyen a cada tanto.

El conjunto multimillonario de la Ciudad de las Artes y las Ciencias es una muestra de "horror vacui". Atiborrado de formas, sin misterios, desde algunos ángulos parece un típico recetario de ocurrencias futuristas y extraterrestres: el conjunto no puede ser más pretencioso e impositivo.

Que una ciudad mate de un solo tiro un mito y a la vez las ganas de volver, no es poca cosa. Entonces las gentes y sus costumbres se me presentaron de la misma materia deshabitada de su arquitectura.

Descubrí que más que habitar un espacio calatravesco como alguna vez lo hubiera podido anhelar este cronista, resultaría mejor irse a vivir a una fotografía de alguna de sus obras: existe el artilugio de las edificaciones fotogénicas, así otras obras preferirían que hicieran su retrato hablado, que siempre es más modesto pero a veces más acorde con su naturaleza. Por la misma razón también resulta que hay ciudades que son mejores en sus fotos y postales. Valencia es una de ellas.

La verdad, esta ciudad que durante la Guerra Civil fue temporalmente la capital del gobierno republicano, tiene solo el atractivo de su río, algunos edificios como el de la Lonja de la Seda y, ante todo, estar en auto a medio camino entre Madrid y Barcelona.

Todo lo demás me resultó, a vuelo de pájaro, un tanto etéreo. Algo así como visitar una ciudad con vocación escenográfica, un mustio vividero. Pocas, pocas ganas de volver.

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