Mentiría si les dijera que no me encantan mis tetas, que no me hace sentir bien ver que la ropa y los trajes de baño se vean espectaculares en mi cuerpo y provoquen las miradas de hombres y mujeres.

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Estoy de acuerdo con que las cirugías estéticas son válidas para verte y sentirte mejor. Soy una convencida de que más que una cirugía para mejorar tu aspecto, es una cirugía directa a la autoestima, algo que te ayuda a sentirte más segura y eso se proyecta a los demás.

Pero en mi caso bien pude haberme evitado momentos muy difíciles, de haber sido lo suficientemente consciente para saber que cirugías como esta hay que hacerlas cuando uno ya ha terminado de formarse, cuando el cuerpo ha llegado a su etapa final de crecimiento y uno ha podido evaluar qué quiere cambiar.

Tomé la decisión equivocada y a los 16 años me sometí, por terquedad, pasando por encima de la autoridad de mis padres, a mi primera cirugía mamaria, queriendo tener las tetas del tamaño que naturalmente habría tenido a los 18 o 19 años, ya que tanto mi mamá como mis tías son muy bien dotadas. Pero a esa edad, y con un contrato como imagen de una prestigiosa marca de ropa interior y vestidos de baño, no lo quise ver así.

No quiero decir que el médico actuó de manera poco ética porque finalmente fue mi decisión, pero hoy sí hago un llamado a todas las adolescentes que quieren verse como mujeres siendo aún niñas que lo piensen mejor; y a los padres y a los médicos, que no siempre consientan los caprichos de las niñas.

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Cuando terminé de crecer, mis tetas eran enormes y no se me veían como quería, me hacían ver y sentir casi vulgar por lo cual tuve que intervenirme nuevamente y luego, una vez más, para tener lo que habría tenido por naturaleza y que hoy me hace ver como me gusta, como soy.

Así como heredé el tamaño de las tetas de las mujeres de mi familia, también heredé senos fribroquísticos, es decir, que se forman pequeñísimas bolitas en ellos por lo cual es necesario un constante monitoreo y control médico. Consciente de la situación, visito frecuentemente a mi ginecólogo: al menos dos veces al año me ordena ecografías mamarias, ya que por mi edad no es conveniente hacer radiografías, e incluso le enseñó a mi esposo cómo examinarme para detectar cualquier cambio en mis tetas. Esa puede ser la diferencia entre la vida y la muerte. Yo recomiendo que todas las mujeres hagan lo mismo, al menos una vez al año.

Mis tetas me encantan, por eso las consiento y las cuido, porque no puede ser que algo que está tan a la vista no se mire más a fondo para evitar así una enfermedad que se puede prevenir con el conocimiento de uno mismo.

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