Si de pobreza se trata, nada más razonable que ir a buscarla a Chocó, una región a la que —nos han dicho— el país le ha dado la espalda. No solo es un departamento pobre, sino paupérrimo, miserable. Los niños se mueren de hambre, las mujeres encargan niños y niños, no hay escuelas ni acueductos. A la carretera —no se puede hablar en plural— se le caen las montañas día de por medio. Con esa imagen, y con la idea conocer el pueblo supuestamente más pobre del país, volé con Camilo Rozo, el fotógrafo más versátil que conozco, a Quibdó. Cuando el ruido monótono del motor del avión cambió, y se dispuso a tomar pista, la niebla que envuelve en las mañanas la selva horizonte ya había alzado el vuelo y los árboles, gigantescos, poderosos aún, se podían ver con claridad. También los ríos, los muchos ríos que se esconden bajo la espesura de verdes o corren desafiantes a cuerpo abierto. Hoy la mayoría, aun los que nunca se veían, se ven. O, mejor, se distinguen, porque ahora todos son amarillos, anaranjados, ocres.

El pueblo más pobre de la región, más pobre del país, se llama Paimadó. Las estadísticas del gobierno dicen que el 93,8 % de sus habitantes sufren de necesidades básicas insatisfechas (NBI), una sigla que se oye como si se tratara del nombre de una infección incurable. La “metodología” fue elaborada en los años setenta por Naciones Unidas, a pedido del Banco Mundial, para tener criterios objetivos para hacer préstamos a los países; para brincarse las clasificaciones arbitrarias, subjetivas, interesadas, de los gobiernos. La cifras se obtienen con una encuesta hecha por el Dane: miran los pisos y las paredes de las casas, miran si hay cuerdas de luz, si hay tubos de agua, si hay clínica, si hay colegio, y se sientan, suman y restan y pronuncian su veredicto. Tengo la sensación de que muchas de las estadísticas se hacen con un procedimiento non sancto que llamábamos en la facultad de Sociología piedra amarilla y que consistía en sentarnos y llenar el formulario sin preguntar nada. En general eran estudios contratados por los gringos, y nosotros, estudiantes, éramos antimperialistas puros. Sin embargo, Planeación Nacional trabaja con esas cifras y con ellas asigna recursos; también las usan los gamonales para saber cuántas tejas de zinc necesitan repartir para comprar votos.



Quibdó es a la vez dos ciudades: una hecha de tabla y otra construida de cemento armado; la primera, popular; la segunda, hecha para derrotar la selva, que no da el brazo a torcer: renace en los techos, se prende en las paredes; cualquier resquicio es aprovechado por líquenes, helechos, yarumos, para cumplir su deber natural. Las calles son estrechas para que, salvo a mediodía, haya siempre un lado de sombra por el cual no hay necesidad de paraguas, un artilugio que todo el mundo lleva, contra la lluvia o contra el sol. Si las NBI se estimaran por paraguas per cápita, quizá solo Istmina le ganaría el primer puesto a Quibdó. Tiene fama de ser una ciudad con el más alto índice de corrupción administrativa. De los acaldes no se pregunta qué han hecho, sino cuánto tienen. Quizá Zulia Mena, la actual mandataria, escape a la regla y siga de bluyines y viva en una casa de tabla.

Es además una ciudad ruidosa, muy ruidosa. Nadie se limita a oír música sino a sentir en la piel la frecuencia de los decibeles. Más grave, ya no se oye casi salsa —¡ni siquiera de Niche!—, sino un horripilante vallenato llamado ranchero, hecho a gritos y difundido por el paramilitarismo. Menos mal Leandro Díaz murió sin oír ese horror. Para completar el cuadro, la ciudad está en construcción. Frente al hotel donde nos alojamos, la Policía está construyendo un gigantesco cuartel, solo unos centímetros más bajo que el de la Fiscalía, que tiene15 plantas. La catedral, que dominaba el dosel del pueblo hace unos años, es hoy una construcción anónima.

No lejos del edificio de la Fiscalía y al lado de un Centro de Atención Inmediata de la Policía Nacional, el Ministerio de Medio Ambiente estacionó cinco dragas confiscadas por explotación ilegal de oro en el río Quito, que desemboca frente a Quibdó. La mayoría era de empresas brasileñas. Duraron un mes ahí fondeadas y después, pieza a pieza, las fueron desarmando y pieza a pieza rearmando en sus sitios de trabajo en el río, de donde las trajo con miles de trabajos el ejército nacional. Después, nadie, salvo el presidente de la república, volvió a hablar de minería ilegal. En Chocó ese término es un chiste flojo.



De Puerto Arenero, donde estaban las dragas confiscadas, nos embarcamos en una panga, una lancha con un motor de 200 caballos. Los pasajeros van llegando poco a poco, sin afán, cada cual con su morral. Las maletas ya casi no se usan. Hacen equilibrio en la proa, se prenden de un tubo de la cabina, caminan como equilibristas por el borde y caen con una precisión asombrosa en el sitio que les toca. Hay siempre un ambiente festivo y animado en la canoa; todos los pasajeros se conocen; en realidad, se reencuentran después de haberse despedido cuando atracaron en el puerto. Hay unos puntos suspensivos entre una y otra cosa, que se llenan cuando están de nuevo sentados esperando a que el motorista aparezca. Nosotros, los forasteros, nos sentamos en silencio. Alguien cuenta que en el banco le hicieron un préstamo con tan solo el nombre; otro, que su mujer mejora en el hospital; la tercera, que están pagando el grano de oro a 12.550 pesos. Un negro grandote —a la mayoría no les suena excluyente ni ofensivo el término negro y lo prefieren a ese eufemismo de afrodescendiente— comenta burlón que se perdieron en la gobernación 5600 bultos de cemento y 20 toneladas de varilla destinados a los desplazados. Alguien dice: “Pero a mí no me dieron ni una libra de cemento, ni una sola varilla”. Una mujer se queja: “A mí me echaron el pollo frito y no asado, como lo quería”. Uno más le grita a un compadre que lleva un gajo de bananos: “Baboseño, ¿qué llevas”. La comunidad, que es un organismo como una colmena, se va recomponiendo en la chalupa. A la hora de zarpar todo es una fiesta. El motorista acelera a fondo; la panga se para en la popa, da una vuelta forzada y toma rumbo al suroccidente buscando la boca del río Quito. El viaje comienza lleno de promesas.

La selva de Chocó parece intacta, pero los negros saben que la han entresacado a fondo. La madera fina se acabó. Quedan pocos árboles que pagan el costo de cortarlos, trozarlos y sacarlos a los aserríos. No obstante, hay aún cuatro o cinco que trabajan a media marcha. En los sitios donde se ha cortado una mancha de abarco o de cedro nace una palma ligera, delgada, alta, llamada en el Amazonas milpé y aquí murrapo. El tránsito de pangas, barcas, canoas y aun potrillos es intenso. Por los ríos se mueve en estas regiones lo que los pueblos tienen. El primero que cruzamos es Guayabal, un caserío orillero de casas pintadas con colores fuertes y combinados, alegres, tal como son los vestidos de la gente de Chocó, mitad negra, mitad india. La gente del pueblo no le teme al color ni a las combinaciones consideradas escandalosas. Hay otro aserrío pequeño y muchos corrales y muchas trincheras —trampas hechas de caña fisto— para capturar los peces, que son tres: barbados, doncellas y bocachicos. Son construidas en las orillas y cuando el río crece, los peces encuentran las puertas abiertas. Cuando las aguas bajan se topan con las puertas cerradas, aunque tienen las panzas llenas de malanga, de yuca, de arroz, de maíz o de achí, que son los cultivos de los que viven las comunidades.