Mirar hacia atrás sugiere que las cosas siempre pudieron estar mejor, porque también los partidos son mejores cuando, después de jugados, los espontáneos técnicos inventan toda clase de estrategias para llegar al arco y marcar una y otra vez.

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Me veo de niña, con vestido rosado de cinturón de moño, mangas bombachas y cuello bebé, ya muy preocupada por el futuro. Sabía que la vida no era fácil, y menos para mí, que venía de una familia tan sencilla, apegada a las costumbres de una finca de pueblo y con el oído adiestrado en los sonidos de los tiples y las bandolas. Quizá perdí muchas horas pensando en mi obligación de torcer el destino. Eso fue bueno, porque ese fue mi combustible natural para salir adelante; y también malo, porque perdí mucho tiempo de fantasía pensando en la realidad.

Luego vinieron aquellos días de universidad que se me quedaron grabados: tengo la mirada fija en la puerta de salida de la Autónoma de Occidente; era uno de esos viernes caleños en los que mis compañeros se reunían alrededor de sus temas de muchachos, con los radios de los carros a todo volumen, con la canción de moda del Grupo Niche y con una cerveza fría en la mano. Yo pasaba, los saludaba y tenía que irme: mis obligaciones como profesora de Religión en un colegio de bachillerato —donde ganaba 40.000 pesos mensuales— o mis tareas de periodista en el canal regional Telepacífico me impedían disfrutar de esas horas de esparcimiento universitario. A decir verdad, rumbeé poco, y eso me duele. Ese tiempo lo perdí, aunque gané experiencia para el futuro que tanto me preocupaba. Me formé en el trabajo y en la disciplina, pero no pude vivir libre y sin obligaciones en mi época de formación.

Me da nostalgia mirar hacia atrás y pensar que quizá muchas cosas pudieron ser mejores. Entonces me apego a aquella filosofía callejera que dice que no hay que arrepentirse de lo que se hizo sino de lo que no se hizo.

Mis tiempos como periodista en Bogotá empezaron cuando tenía 21 años. Me sentía una mujer adulta y completa, pero realmente era una niña. Desde entonces, el periodismo me atrapó, me envolvió, me lo dio casi todo y se convirtió en mi razón de vivir. Claro, llegaron los hijos y, por supuesto, se adueñaron de mi corazón, aunque en la vida diaria muchas veces ganó el trabajo. ¡De eso sí que me arrepiento!

Cuántas vacaciones más cortas de lo debido. Cuántas veces me fui con el corazón espichado al dejarlos en casa para emprender viajes largos, de cubrimientos exclusivos, que me dejaron enormes satisfacciones profesionales… pero a ellos los dejé, durmieron sin mamá en casa. No quiero sonar cursi o exagerada, pero ahora que estamos más tiempo juntos, los siento más felices y seguros. Habría dado mi vida por entenderlo antes.

Me duele que Simón, mi hijo mayor, no haya ido con su mamá todas las mañanas al colegio. Siempre salí antes de que se despertara, siempre le di la bendición sin que se diera cuenta, siempre se levantó y su mamá ya no estaba. Le tocó seguimiento telefónico. Sí, nuestras llamadas mañaneras eran llenas de amor, pero yo no estaba físicamente. Se me escurren las lágrimas al escribir esto. Estuve en sus fiebres, en sus presentaciones de primaria en el colegio, siempre recogí a tiempo sus boletines de notas y alguna vez hasta llegué tarde al noticiero por arruncharme con él cinco minutos más… hice muchos sacrificios para estar, pero no estuve lo suficiente. Siempre pensé que él, aún siendo un niño, debía entender mi labor y aprender que había que trabajar y trabajar mucho para lograr los objetivos.

Durante años fui la última en llegar. Ellos y José, mi esposo, me esperaban pacientemente. Hubo pocos reclamos, y de manera sumisa aguantaron mi trajín de locos. Nunca me pedían nada, y sé que hasta último momento se han sentido orgullos de mí, como yo de ellos.

Hoy quiero que Simón, que ya es más alto que yo, y Salomón, que es una melcocha, sean disciplinados, pero que entiendan que la vida es más que el trabajo y el éxito: es el amor y la familia. Hoy todo es más sencillo, pero es difícil tener la claridad para verlo así. No quiero decir que una mamá no pueda trabajar, claro que no, pero yo debí trabajar un poquito menos.

No saben cuántos meses necesité para evitar sentir esa angustia casi paranoica que me invadía al ver caer la tarde, pues a esa hora debía salir corriendo para el noticiero, no sin antes librar las típicas batallas contra los trancones de Bogotá. Ahora, veo el atardecer con un buen chocolate caliente en las manos, mientras hablo con mis hijos de sus cosas o nos divertimos grabando videos y cantando.

Con mi hijo de 4 años, trato de recomponer lo que no hice durante años. Paso horas con él, simplemente acompañándolo a ver su programa favorito o mirándolo mientras juega e inventa voces con sus superhéroes. Nos bañamos juntos, vamos al colegio, le cargo la maleta hasta el salón, repasamos el abecedario… siempre tengo tiempo. ¡Por fin!

Ahora, cuando salgo al banco o al supermercado, les hago tanta falta que me llaman y me dicen: "Regresa rápido, te estamos esperando". Y yo me siento más feliz que cuando recibía aquellos premios de periodismo que guardo con orgullo en el estudio de mi casa.

Todo puede ser mejor, sí. Y puede ser mejor aun cuando la vida nos da la oportunidad de hacer las cosas de nuevo. Yo lo estoy haciendo y empiezo a sentirme satisfecha.

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Ediciones B

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