Yo estaba allí,  parada en una escalera larga. Estaba en el mundo real. Miré hacia atrás y la vi a ella, en la puerta, tan pura, tan blanca, con una sonrisa que solo hablaba de la paz de su alma. Ella, la madre Dora Luz, de las Esclavas de Cristo Rey, hacía unos minutos me había recibido amorosa con sus compañeras en su casa… y entonces empecé a recordar.

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Me vi de niña, en medio de la tranquilidad que da un pueblo como el que yo nací, Buga, pero con las preocupaciones que genera un hogar de padres separados, con una madre respondiendo por todo y haciendo maromas para sacar adelante a sus tres hijos. Y allí estaban ellas, las hermanas vicentinas, las mismas monjitas que me dieron el estudio, me regalaron los libros y los uniformes, y me hicieron feliz, a pesar de cualquier cosa que pudiera perturbar mi adolescencia.

Fue con ellas que empecé a inquietarme por la vida religiosa. Eran buenas y yo quería ser buena. Eran piadosas y yo quería ayudar a la gente. Vivían en paz, y ya a los 14 años yo había probado la intranquilidad y las mortificaciones. Yo las miraba, parecían no tener dolores, parecían estar por encima de todo bien y mal. Eran muy especiales para mí y por eso —que en ese entonces ya pensaba: “Quiero ser periodista”— también empecé a sentir en mi corazón: “Quiero ser como ellas”.

La idea me atormentaba, no me dejaba dormir. La pelea interna era a muerte conmigo misma. En las noches despertaba y pensaba cómo sería mi vida en un convento, casta, obediente, pobre, sin hijos. Al contrario, veía a una periodista atareada de trabajo, corriendo de un lado a otro, con el celular prendido 24 horas al día y, obvio, veía a esa periodista llegando al altar y con una casa llena de hijos, nietos y hasta más.


Era difícil elegir: Sor Belén, la rectora de mi colegio, el San Vicente, seguía seduciéndome, sin decirme una sola palabra. Solo hechos. Y en verdad me crié en un hogar muy religioso, muy cercano a los padres redentoristas en la basílica del Señor de los Milagros. Desde muy chiquita ya me hablaban del pecado, de lo que le gustaba y le disgustaba a Dios, en fin, parecía que la suerte estaba echada. No había Navidad en la que no me vieran cantando las novenas y las misas en la basílica.

Entonces me decidí. Me iba de monja, no podía ir contra el destino. Ese era el mío. Un mediodía, al salir de clases, llegué a la casa con el corazón acelerado, las manos frías, pero feliz. Había tomado la decisión de mi vida. Esperé el mejor momento para hablar con mi mamá y me destapé: “Me voy de monja, ma”. Nunca me dijo que no. De una vez se le aguaron los ojos, me abrazó y me dijo: “Si es su decisión, mija, bienvenida, una hija para Dios”. Mi mamá no era ninguna beata, era una jovencita jugando a ser mamá —para entonces tenía como 29 años—, pero ya estaba curtida por la vida. Tal vez por eso decidió apoyarme.

Vuelvo al presente. Ahora estoy aquí. Tengo casi 40 años y las veo felices. Me reciben con tanta calidez que logro sentirme una de ellas. Son las Esclavas de Cristo Rey, en su sede de Bogotá. Todas tan caribonitas y amables. Dedicadas a la vida y la riqueza espiritual. Me senté en un salón apacible. Me rodearon. Hubo risas, interrogantes y una energía increíble. Tenían un letrero en el comedor que decía “Bienvenida”. Yo estaba nerviosa como si llegara para quedarme. Aunque solo iba a estar una horas, realmente iba a cumplir un sueño de niña. La idea era conocerlas y convivir con ellas. Me sentía intimidada. Me sentía tan mundana frente a estas mujeres tan bellas por dentro y por fuera. Cómo dejar todo y dedicarse a servirle a Dios con toda certeza. ¡Qué valientes! Me sentí poquita cosa, la verdad. Me sentí tan egoísta, tan tonta.


Pero esos momentos de confrontación interna cesaron cuando llegó el hábito —feíto, por cierto— que iba a ponerme para vivir la experiencia con todos los juguetes. Ellas me ayudaron a vestir, hicieron su mejor esfuerzo, le pusieron un ganchito al escote, me cambiaron el manto, me trajeron un Cristo y en minutos estaba lista, era una esclava de Cristo Rey. Les juro, me sentía diferente. ¿Estaré loca?... “El hábito también hace al monje”, pensé. Fue como despegarme de todo lo mío, de mi familia, de mi trabajo, de mi casa, hasta de mis hijos y mi esposo. En segundos estaba de rodillas en la capilla, rodeada de estas buenas mujeres y en plegaria a Dios. Fue tan especial. Y yo, que hablo más que un perdido, que hago ocho horas diarias de noticias en vivo en televisión y radio, no fui capaz de hacer una sola petición cuando la madre Dora Luz nos dio la palabra a todas frente al altar. Me llené de pánico y empecé a gritar en silencio. Gracias Dios por estar aquí, gracias por conocerlas, gracias por todo lo que me has dado y lo que me sigues dando, como estas horas en esta fantástica compañía. El tiempo se hacía corto. Cantamos, me enseñaron algunos tonos en la guitarra, estudiamos un libro gordo sobre ejercicios espirituales y hablamos de su fundador, un sacerdote santo, don Pedro Legaria. Y, claro, me llevaron a la cocina a trabajar, eso sí, solo sequé unos platos.

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Pero me sentí monja. Incluso un sacerdote que hacía parte de un grupo que estaba allí de retiro pasó y me dijo: “Buena tarde, madre”. En segundos me dije: “¿Qué hago, ¿le contesto o no? ¿Le digo: padre, qué pena, soy Vicky Dávila”. ¡Qué va!, me ganó la fantasía. Lo miré a los ojos y le dije: “Padre, buena tarde”, miré hacia el piso y seguí mi camino. Sí, lo logré.

Estando ahí, inevitablemente vienen los recuerdos de mi infancia. ¿Era este el camino que me esperaba? Al día siguiente de haberme prácticamente despedido de mi mamá volví al colegio. Cursaba noveno grado. Vi a mis compañeras y me sentía tan feliz, comparándome con ellas que iban a ser amas de casa, doctoras, fotógrafas o modelos, mientras que yo iba a ser monja. Sí, monja. Todo estaba decidido.

Esa misma semana había un concurso de canto en el colegio, y mis maestras vicentinas decidieron que yo presentara el evento en el teatro María Cristina de Buga. Me entusiasmé. Pedí los libretos. Ensayé la voz de locutora. Me puse ese día el mejor de los uniformes que me había regalado Sor Belén y embetuné los zapatos, cosa que poco hacía. Llegó el día y yo era la maestra de ceremonias. El público, las niñas del colegio y los profesores, todo estaba listo. Y todos pendientes de mí, pendientes de lo que yo les iba a decir. Me temblaban las piernas. Y comencé a hablar: “Buenos días, bienvenidos al primer concurso de canto del colegio San Vicente”. Pienso en esa mañana y se me eriza la piel. Una felicidad me empezó a embargar. Me llenaba toda. Me sentía grande, poderosa. ¿Dónde estaba la niña piadosa y humilde? No sé. Yo quería ser protagonista y ese día lo estaba logrando. Todos me miraban y, a decir verdad, eso alimenta la vanidad. Alimenta el corazón mundano. Al terminar la velada, todos me felicitaban a mí más que a los ganadores del concurso de canto. “¡Excelente, tienes madera de presentadora!, ¡muy bien!”. Y eso tal vez me cambió el rumbo. Yo, repito, mundana, quería reconocimiento, adrenalina, quería acción. Así, poco a poco, fue muriendo ese sueño inocente de pasar mi vida en un convento al lado de los más necesitados, y fue surgiendo en mí esa locura por tragarme el mundo.

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Entonces, no había dado ni el primer beso. Si lo ponemos en términos de las abuelas, era pura. Sin pecado. Mientras mis compañeras ya hacían gala de sus dotes de mujer conquistadora, yo ni miraba a los muchachitos por vergüenza.

A decir verdad, jovencita nunca me sentí bonita y, aunque no lo era, me miraba al espejo y me veía fea y gordita. A esa edad no tuve amores de colegio, ni sueños de mujer enamorada. Y ahora frente a las monjitas que me habían recibido en su casa, las Esclavas de Cristo Rey, pensaba cómo hacen estas mujeres para vivir sin el amor de un hombre, para vivir como vivía yo a los 14 años, sin pensar en una voz masculina al otro lado del teléfono diciéndoles tonterías, pero alimentando el ego. Cómo hacen para dormir solas, sin unos pies tibios al lado, por debajo de las cobijas, cómo viven sin hacer el amor.

Mientras me preguntaba todo esto, las miraba y las veía tan felices. Tanto que me volví a sentir culpable. Por un momento, la madre Dora Luz habló de la vocación. Y esa era la clave, esa era la diferencia entre ellas y yo: la vocación. Allí entendí que ellas podían ser felices, pero yo también, y no podía sentirme mal, así tuviéramos caminos distintos. Así ellas vistieran un hábito y yo, unos jeans. Así ellas tuvieran las caras lavadas y yo luciera pestañina. Así ellas estuvieran casadas con Dios y yo, con un hombre de carne y hueso, lleno de virtudes y defectos. Así ellas no recibieran un salario y yo, en cambio, estuviera pendiente de mi cheque. Así y todo entendí que todas somos hijas del mismo Dios y por eso no debía recriminarme. “La sociedad no podría ser toda de monjas”, me dije. Me reincorporé y me valoré: “Claro, la sociedad necesita de enfermeras, ingenieras y hasta de periodistas. Yo también tengo una misión y la estoy cumpliendo. Yo también estoy haciendo la voluntad de Dios”.

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A los 18 años fui a estudiar Periodismo a la Universidad Autónoma de Cali, ya había pasado por un año de Ingeniería Industrial en la Universidad del Valle. Comprenderán mi coherencia: monja, periodista, ingeniera y ¡hasta cantante!

Llegué a mi primer día de clases y, aunque no lo crean, lo primero que encontré allí entre mis compañeros es que había una monja. Sí, una monja, y me le acerqué y le pregunté: “¿Qué hace una monja estudiando Periodismo”. Realmente fue antipático de mi parte, pero ella muy dulce se me presentó: “Mucho gusto, soy Eucaristía López”. Desde ese día no nos separamos. Parecíamos un par de aretes. Ella de hábito, yo de minifalda, pero las dos con el sueño de ser periodistas. Aún recuerdo cuántas veces salimos del convento donde vivía “Euca” rayando la medianoche, después de estudiar para los parciales. Fue una compañera genial, estupenda y talentosa como ninguna otra. 

Un día teníamos un trabajo de Fotografía y debíamos retratarnos a nosotras mismas. No sé si deba contarlo, pero ella me prestó uno de sus hábitos y me tomó la foto vestida de monja. Fue muy divertido. Pasado un tiempo y con una amistad entrañable, ella se retiró, con muy justas razones que comprendí en ese momento, y yo me vine a Bogotá a probar suerte como periodista. Cuando hablamos ahora —ya se salió del convento—, le insisto en que se case, y ella, como siempre, con una sonrisa me saca corriendo. Pero para mí, y por su forma de vivir, siguió siendo una comprometida religiosa.

Pero el tiempo en este lugar se acabó. Tenía que irme. No quería quitarme el hábito. ¡En serio! Me había olvidado de todo en esas pocas horas, no me importaban la reelección, ni los diálogos de La Habana, ni el orden público, ni el carrusel, ni el celular, ni tener la noticia, ni estar chiveada, ¡nada! Empecé a quitarme el manto y a ser yo, de nuevo. La magia se iba apagando.

Volví a las escaleras. El carro me esperaba. Las esclavas de Cristo Rey seguirán sus labores y yo seguiré en el mundo. Tal vez en otra vida, si existiera otra, yo sería una monja, no lo sé. La duda sigue allí. Sinceramente he sido feliz y soy feliz con lo que soy, con lo que Dios me da. Pienso en mis hijos, Simón y Salomón, en sus ojitos, en sus sonrisas, en las lágrimas de felicidad por ser mamá, en el día que los parí. Cerré los ojos y los sentí de nuevo en mi barriga hinchada dando pataditas y aceleré el paso. Pensé que tengo un buen hombre como esposo a mi lado. Miré de nuevo hacia atrás y vi a la madre Dora Luz en la puerta, tan pura, tan blanca, con esa sonrisa que solo da la paz en el alma y aceleré el paso, y entendí por qué mi mama se despidió con tranquilidad de mí aquel día que le dije que me iba de monja. Tengo que lograr algún día la paz de la madre Dora Luz. Dios está conmigo. Realmente, por horas fui feliz siendo una monja. Soy mamá, enamorada, periodista y mundana, profundamente mundana. ¡Que Dios me perdone!

Me despedí nostálgica, pero conforme. Les prometí volver al convento y ser amigas por siempre. Les hablé de mi admiración por ellas y por sus vidas. Caminé apresurada. Le di un beso a Sor Dora Luz y me fui corriendo por las escaleras que me conducían a la calle, al mundo, al trancón de Bogotá, a la vida.

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