Llega su turno y Víctor Cingolani se sienta y se deja poner el delantal para cubrir su ropa; le mojan un poco el pelo y le preguntan lo habitual:

—¿Hacemos lo de siempre?

—Sí: abajo, la máquina en la guía uno y entresacado arriba —responde.

La peluquería se llama Maxi y queda en una calle perdida de Pico Truncado, un pueblo de 20.000 habitantes de la provincia de Santa Cruz, Argentina, a más de 2500 kilómetros de Buenos Aires. Por su estructura, el lugar parece haber sido un viejo garaje. En el televisor, plano y de 21 pulgadas, ESPN repite los goles del Barcelona-Sevilla que acaba de finalizar. Está en mute porque suena rock nacional desde un portátil, de esos que entrega el gobierno en planes de inclusión. A su lado, esperan por su turno cuatro clientes más y el cronista de SoHo.

—Che, creció ¿eh? —le comenta el peluquero a Víctor.

—Sí, pero vengo todos los meses.

—¿Patillas? ¿Rectas o finitas?

—Rectas… la otra vez me agarró la locura y me saqué la barba, quería quedar un poco más joven…

—¡Tenés razón! la última vez apenas retocamos la patilla por la barba. Te sacó un par de años, ¿eh?

—El fin de semana: ¿saliste?

—No, yo ya estoy retirado… soy un zorro viejo.

Víctor Cingolani tiene 31 años, trabaja en la construcción y dice estar retirado, pero supo “en su época”, como él mismo la recuerda, haber dormido con cuatro mujeres distintas por semana, ser novio de varias prostitutas de los cabarés del pueblo y estar con otras sin pagarles un solo peso. Y hasta se dio el lujo de ser invitado con todo pago a Salta —a 4500 kilómetros de Santa Cruz— por una mujer que conoció gracias al chat del MSN y lo mantuvo cuatro meses en su casa. En Pico Truncado, Víctor arrasó: calcula que más de 40 vecinas pasaron por su cama.

Pero la fama de galán se la ganó por haber ‘noviado’ con las hermanas gemelas Johana y Edith Casas (hoy de 26 años), dos de las más lindas del pueblo. A partir de la notoriedad ganada por esa doble conquista, Víctor Cingolani empezó a ser conocido como Bin Laden… porque se volteó a las gemelas.

* * *

En la madrugada del 16 de julio de 2010, en Pico Truncado —donde nunca pasa nada—, ocurrió algo. El cadáver de Johana Casas —modelo, 20 años, exreina del pueblo— apareció en un descampado. La habían matado de dos disparos, y por el crimen serían detenidos Marcos Díaz —su pareja hasta el día del homicidio— y Víctor Cingolani, su ex. La noticia apenas había sido publicada por medios locales. Hasta el 14 de febrero de 2013. Ese día —el de los enamorados argentinos—, Víctor, en la cárcel y condenado a 13 años por el homicidio de Johana, se casó con Edith, la hermana gemela de la víctima. De nada sirvió el recurso de amparo presentado por la madre de ellas para impedir la boda, ni el pedido de pericias psíquicas para Edith; mucho menos las piedras que lanzaron los vecinos contra el camión del Servicio Penitenciario que trasladó a Víctor hasta el registro civil de la ciudad.

La noticia recorrió el mundo y a la prisión llegaron periodistas de Alemania y Estados Unidos. El caso fue difundido por la BBC y el Daily Mail, entre muchos otros medios internacionales. Los medios nacionales se pelearon por tener la exclusividad del casamiento. El programa de Chiche Gelblung, uno de los periodistas argentinos más sensacionalistas, ganó la disputa tras ofrecer 1500 dólares.

Entre tanta locura mediática y cansado de dar entrevistas, Víctor les pidió a sus compañeros que cuando sonara el teléfono y preguntaran por él, dijeran que lo habían trasladado a otra prisión. Edith, por su parte, cambió su número. Estaba harta de que la llamaran. Hubo días de hasta tres entrevistas radiales. Para completar, Playboy le ofreció posar desnuda; otra revista quiso compartir “la luna de miel en la cárcel”—una visita íntima en una celda—, y “Bailando por un sueño”, segmento de Showmatch, el programa de televisión más visto del país, la tentó para participar como bailarina. Rechazó las tres propuestas.

* * *

Víctor camina por la calle principal, a 150 metros de la peluquería. Todavía tiene pelusa en la frente y en las orejas y se toca el pelo a cada rato, como si le picara. Lleva dos años y seis meses casado con Edith, y 21 meses en libertad. El 5 de diciembre de 2013, cuando llevaba tres años y cinco meses en prisión, fue absuelto y salió libre de cargos, porque la justicia, en un segundo juicio, consideró que no había elementos para incriminarlo.

Es miércoles de agosto y recuerda que en este bar de esta estación de servicio —en el que nos sentamos a conversar—, venían de a cuatro: él con Johana y Edith con su pareja.

Víctor y Johana se conocieron a mediados de 2006. Él tenía 21 y ella, 15. Flecharon miradas en el Bingo del pueblo e intercambiaron teléfonos.

—Pintó un noviazgo porque estaba todo bien —recuerda Víctor—. Y eso que yo pesaba 72 kilos, 20 menos que hoy… Andaba en mi furor.

—¿Qué es andar de furor en un pueblo?

—Me dedicaba a joder con minas, chupi (borrachera), falopa (droga), putas. Acá, siendo chamuyero (encarretador), ganás minas. Tengo un récord: por un paro que hicimos en la petrolera en la que trabajaba fui 30 días seguidos al cabaré.

Víctor Cingolani se sienta de costado. Su pierna izquierda casi está pegada a la ventana, y su cuerpo se inclina hacia el mismo lado. Se la pasa saludando a la gente que camina por la vereda. Cuando ve a alguien que conoce, golpea el vidrio —como si fuese una puerta— y levanta la mano, sonriente.

—¿Y con Edith, la hermana, cómo empezaron a salir?

—Yo le pedía que me acompañara cuando tenía que llevar a mi mamá al médico. Así nos fuimos conociendo más…

—¿No tuviste miedo de que te rechazara por ser hermana de tu ex?

—Nunca imaginé que lo iba a tomar mal. Yo me tenía confianza. Si levantaba, mejor; y si no, todo bien. Buscaría otra.

En un principio, Víctor y Edith debían encontrarse a escondidas. A los cuatro meses juntos, una tarde salieron de la casa de Víctor. Iban de la mano cuando a él se le paró el corazón:

—¡Me parece que la que está al frente es tu mamá! —le dijo a Edith, desesperado.

Lo primero que hicieron fue soltarse las manos. Y caminar rápido, por separado. Entraron a la casa y se decidieron: volvieron a salir y se tomaron de nuevo de la mano. “Esa fue una gran decisión”, dirá días después Edith. A pesar de que su propia madre los insultó de arriba abajo, desde ese día comenzaron a mostrarse por el pueblo sin importarles los comentarios. Aunque —aclara Cingolani— la mayoría de los vecinos no diferenciaban que su pareja era Edith y no Johana, como antes.

Esa primera relación con ella duró casi un año —lo mismo que su primer noviazgo con Johana—. Después salió dos años con otra vecina, y cuando se peleó con ella, fue por Johana otra vez.

—¿No te dio vergüenza llamarla?, ¿le pediste perdón por haber estado con Edith?

—Vergüenza, no. Yo siempre digo: el no ya lo tengo. Ahora voy por el sí.

Y perdón no le pido a nadie. Solo me arrepiento de lo que no hago en la vida.

Cosas del amor, Johana —que estaba en pareja— dejó a su novio y volvió con Víctor. Duraron dos meses. Luego, ella se juntó con Marcos Díaz —hoy el único detenido por el crimen— y a los seis meses de convivencia, apareció muerta. A las horas, Víctor ya estaba detenido. Lo acusaban de ser cómplice y de haber estado en el lugar del crimen. En la que fue su primera noche en prisión, pidió prestado un teléfono celular y llamó a Edith. Necesitaba decirle que no tenía nada que ver con la muerte, y que la extrañaba y quería verla. Pero ella lo cortó apenas reconoció su voz.

—¿Y a ella cómo la conquistaste estando preso?

—Uh, lo primero que hizo fue cambiar el teléfono y no la pude llamar más.

Víctor sabía qué hacer para verla, pero una parte dependía de él y otra del azar. Hasta que una noche de invierno, la suerte estuvo de su lado.

—Estaba sancionado en una celda individual y me cansé: pateé la reja —recuerda Víctor y hace el movimiento de la patada— y empecé a pedir que me llevaran al hospital, decía que me dolía la cabeza. Ya me habían sacado varias veces en la camioneta del Servicio Penitenciario, pero nunca la podía cruzar a Edith caminando. Yo lo hacía para verla un segundo al menos. Necesitaba ver si seguía igual de linda. Esa noche de invierno noté una campera blanca que me resultó conocida. Cuando la camioneta se puso a la par, la vi. Era Edith. Caminaba de la mano con un gringo. Dije: “¡La concha de su madre! ¡Una vez que la veo me la vengo a cruzar con el marido!”.

Volvió a la celda hecho pedazos. Se acostó en el colchón finito sobre la cama de cemento y encendió un cigarrillo. Prendió su equipo de música y puso a Leo Mattioli, un cantante muy popular de cumbia romántica. Y cantó una parte de la canción Yerba lavada, pensando en ella:

…Ya no eres la mujer/ esa que tanto me amaba/ te noto tan distante/ y esquiva la mirada/ sé que no es para mí/ que andas todo el día pintada/ y hasta te teñiste el pelo/ y usas la ropa más ajustada…

* * *

Por aquellos días en Pico Truncado se dijeron muchas cosas sobre el caso.

Edith, a la Justicia:

—Víctor Cingolani me pegaba. A mí y a mi hermana también. Me obligó a tener sexo con él y creo que tuvo que ver con el asesinato de mi hermana. Es un psicópata. (Luego aclararía que declaró esto obligada por su papá).

Alejandra Azpiroz, perito, en el juicio:

—A Cingolani no le importa que sus novias simultáneas sean gemelas por su modalidad cuasi incestuosa, pero ellas se pelearon por él como salida a una triangulación edípica.

Marcelina del Carmen Orellana, madre de Edith y Johana:

—Edith está tan muerta como su hermana; es una muerta en vida. Para mí, que se case con Cingolani es otro funeral. Habiendo tantos hombres fue a meterse con él… creo que está como poseída por él.

* * *

En la plaza del pueblo, Edith Casas habla de decisiones. Cada vez que narra algo, finaliza con frases similares: “Esa fue otra gran decisión en mi vida”, “no sé qué hubiera sido de mi futuro si no tomaba esa decisión”, y así. En su perfil de Facebook también se refiere a lo mismo: “No decidí nacer, pero sí qué hacer con mi vida”, comentó en uno de sus estados y pegó una foto del día de su casamiento en la que etiquetó a Víctor. La plaza del pueblo —hoy, jueves de agosto a las 7:00 de la tarde— es un grupito de pibes pasándose un porro, unos juegos despintados para niños que nadie usa, una estatua de San Martín rodeada de grafitis, un poco de pasto más amarillo que verde, no más.

Edith es tímida; le cuesta hablar con los periodistas y no le gusta verse en las fotos. Su cara no hace muchas expresiones. Antes de cada respuesta, mira a Víctor, como buscando una aprobación. Lo primero que recuerda fue la tarde del día de su boda, cuando regresó a su casa y abrió Facebook.

—Tenía como 300 mensajes privados de desconocidos —confiesa—. Personas que me habían conocido por los medios y me escribían para darme apoyo, decirme que iba a terminar como mi hermana o para amenazarme diciéndome que si iba a Buenos Aires, me pegarían.

Pero volviendo a las decisiones, la primera —dice Edith— fue plantearle su situación a Johana. Así habían quedado con Víctor. Que antes de formalizar, ella debía saberlo. Y Edith le pidió hablar a solas:

—¿Te molestaría si empiezo algo con él? Nos llevamos bien hace un tiempo.

—Ustedes ya son grandes —le respondió Johana—. Saben lo que hacen.

Desde aquel día, las cosas entre ellas no volvieron a ser como antes. Entre sus amigas comunes, tampoco. Después de esa confesión—después de esa decisión— cada una pasó a tener su propio grupo.

La segunda decisión la tomó cuando Víctor ya estaba preso y ella vivía con su papá y su hermano menor.

—Lo que yo pensaba y sentía era que se iba a hacer justicia y Víctor iba a salir. Tenía fe. Todos se me ponían en contra, pero yo creía en su inocencia.

—¿Tu papá qué decía?

—Sigue creyendo lo mismo: que Víctor la mató. Está enojado conmigo, no nos hablamos más.

—Es que es policía, ¿viste? —se mete Víctor—. Es cerrado, cabeciduro. No va a cambiar de opinión.

Edith sigue seria, con la voz baja, y cuenta que estaba mal. Se la pasaba durmiendo y comiendo. Sentía que nadie la escuchaba. Que lo único que hacían con ella era darle medicación. Ya se había separado de su último novio, “el gringo”, porque sabía que, en el fondo, quería volver con Víctor. Solo que todavía no se animaba a enfrentar a sus padres por él.

—¿Y con tu mamá te hablás?

—Sí, ahora sí. Voy a su casa y tomamos mate, charlamos. En un comienzo se opuso al casamiento, pero estaba influenciada por mi papá. Sabía que Víctor era inocente.

Y esa segunda decisión, que ya incluía la tercera —que era estar con Víctor a pesar de todo— fue armar el bolso y dejar la casa de su papá.

Su futura cuñada —la hermana de Víctor— la había invitado a vivir con ella. Venían de charlas en las que le contaba sus ganas de volver a intentar algo con él. Hablaban con la condición de que él no se enterara de sus sentimientos; no querían ilusionarlo. Hasta la mudanza. Ahí, Edith se animó a hablar con él por teléfono. Víctor recuerda que al escuchar su voz se largó a llorar.

Pero hubo un nuevo problema: cuando Víctor anotó a Edith en la lista de visitas, la guardia le dijo que no podía ingresar un familiar de la víctima. Víctor se puso loco: presentó un recurso de amparo y comenzó una huelga de hambre. Al día siguiente, ya estaba todo resuelto.

Desde ese permiso todo pasó más rápido: Edith lo visitó por primera vez y a los tres meses, con el dinero de los muebles que él hacía en la cárcel y Edith vendía casa por casa, Víctor encargó un par de anillos. Y le propuso matrimonio en el patio de visitas de la prisión. Sabía que no era fácil. Edith era de las mujeres que juraban no casarse nunca. Pero aceptó. A pesar de la condena de 13 años que, hasta ese momento, tenía él por delante.

—Nunca digas nunca— dice ella ahora, y se ríe. Víctor también.

Han pasado dos años y medio desde el casamiento, y a pesar de lo que muchos pensaban, continúan juntos. Víctor está en juicio contra el Estado por los tres años y cinco meses que estuvo en prisión antes de ser absuelto. Le reclama 750.000 dólares.

—Nuestra historia es muy linda— dice él. Desgraciadamente, la muerte de su hermana me ayudó a dejar la joda, a ser alguien y a enfocarme en ella. Antes me daba lo mismo estar con cualquier mina. Pero en el fondo siempre la preferí a Edith. Si tenía que elegir a una, era ella. Su sencillez me pudo.

Edith lo escucha y agrega que ya tomaron la próxima decisión, la más importante de todas:

—Él me dijo antes de ir a la última entrevista de trabajo en una petrolera: mirá, si me dan el trabajo, te va a crecer la panza, ¿eh?

Un problema en la columna lo dejó fuera de ese empleo que le generaría unos 3000 dólares mensuales. Pero apenas Víctor encuentre una estabilidad laboral, buscarán ser padres. Y si les toca una niña, ya saben cómo la llamarán: Johana.

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