“Cada partida es una anticipación de la muerte y cada encuentro, una anticipación de la resurrección”. Arthur Schopenhauer

Para el catolicismo, la muerte es la separación de cuerpo y alma. Por alma entendemos el principio espiritual que anima el cuerpo y al que tradicionalmente se le atribuyen las facultades espirituales del intelecto, la memoria y la voluntad. Al morir, el alma sobrevive y enfrenta un juicio particular con tres posibles resultados: cielo, purgatorio o infierno. Estas etapas se consideran estados intermedios y concluyen con la resurrección de la carne, el juicio final y la transformación del universo en cielos nuevos y tierra nueva. El católico no concibe un retorno a esta tierra tal cual es, no cree en la reencarnación.

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“El cielo es el fin último y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha”, reza el Catecismo de la Iglesia católica. Imagine el momento más feliz de su vida, elévelo a una intensidad infinita y extiéndalo eternamente: eso es el cielo. En este estado, las almas aún esperan reunirse con sus cuerpos, pero gozan de paz plena y pueden interceder por los vivos al actuar como canales de la gracia divina en la Tierra.

El purgatorio es una etapa de purificación en la que el alma de aquellos que mueren en amistad con Dios, totalmente consciente de sus carencias, se refina por el dolor del amor, pues saben que pudieron haber amado aún mucho más. Hablando de la ofensa contra el Espíritu Santo, Jesús dice que esta no será perdonada en este mundo, dando así a entender que hay faltas que se pueden perdonar una vez el alma pasa al mundo futuro. La Iglesia reconoce que estas almas se benefician de la oración de los vivos.

El infierno es el estado de separación de Dios. A este se condenan quienes lo han rechazado voluntariamente hasta el final. El Catecismo también dice: “Jesús habla con frecuencia de la ‘gehenna’ y del ‘fuego que nunca se apaga’, reservado a los que hasta el fin de su vida rehúsan creer y convertirse, y donde se puede perder a la vez el alma y el cuerpo”.

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Estos estados intermedios culminan con la resurrección de la carne, en la que el cuerpo y el alma se reunirán nuevamente para el Juicio Final. Entonces, el espectáculo de la historia de la humanidad será expuesto a la luz de la verdad, se verá el efecto de las decisiones de cada persona hasta sus últimas consecuencias y habrá castigo o recompensa eterna. El reino de Dios vendrá en toda su plenitud y los justos reinarán con Cristo, glorificados en cuerpo y alma, mientras que el universo será transformado. De acuerdo con una expresión de San Pablo, al final, Dios será todo en todos.

Para el catolicismo, la muerte es, entonces, la partida que culmina con el gran encuentro de todo y todos en el Dios del amor, que habrá de serlo todo en todos. Los que en vida aceptan y honran ese amor como fundamento de todo lo que existe podrán llegar a decir, al morir, algo parecido a lo que dijo Santa Teresa de Lisieux al partir de este mundo: “No muero, entro en la vida”.

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