Soy un fantasma tecnoilógico en un tiempo tecnológico: no tengo celular, ni Facebook, ni Twitter, ni blogs, ni pertenezco al mundo de las redes sociales, donde la especie humana se encuentra atrapada como un pez inconsciente de sus hábitos conscientemente adictivos.

Me han preguntado de manera reiterada por qué no tengo ni uso el grillete de un celular y he respondido de varias maneras:

Porque no me gustaría conversar con la mirada ausente de los tecnodependientes, atentos a la multitud agazapada en sus iPhones.

Porque me sorprenden las interrupciones que me obligan a esperar hasta que otros alivien sus orgasmos tecnológicos, distantes por las llamadas que sugieren la ilusión de la urgencia o, supuestamente, de lo impostergable.

Porque me resulta penoso preferir un aparato y relegar a un ser humano con un “disculpe”, mientras se responde de una manera automática, como un ratón de laboratorio, al experimento que mueve a un celuadicto hacia algún rincón secreto en el que nadie lo escuche.

Porque no me gusta el espionaje y, en ciertos casos, el celular se convierte en una versión portátil de las redes sociales, donde las tribus virtuales suponen que es legítimo invadir y enterarse de la intimidad ajena.

Porque me gusta escribir largas horas sin interrupciones y leer novelas de extensión rusa sin tener que desplazarme de una trama literaria al drama cotidiano de la persecución telefónica que me deja teleafónico.

Porque no tener celular me permite suponer que aún hay formas sencillas de ser libre.

Aunque pasé tres días en compañía de un celular que me dejó con celulitis el ánimo. Fueron 72 horas de crispación nerviosa por una circunstancia clínica que exigía mi atención inmediata, donde estuviera, con quien estuviera y a la hora que fuera.

La primera llamada explotó en un baño y para contestarla tuve que hacer una acrobacia riesgosa, por la que después lavé el condenado teléfono con un torrente de alcohol.

La segunda llamada me sorprendió cruzando una avenida. Ausente de la costumbre, cuando sonó el cacareo de una gallina como el timbre humorístico del aparato, el desconcierto de sentirme en una granja y percatarme de que tenía la gallina metida en un bolsillo me hizo contestar de inmediato sin advertir que un carro se abalanzaba sobre mí. El conductor, advirtiendo que yo conversaba como si estuviera en un salón de té, procedió a insultarme con la desmesura que desatan las neurosis del tránsito.

La última llamada fue mía. Me sentí como tal vez se percibió a sí mismo el hombre primordial cuando sostuvo el primer leño incendiado por un rayo y admiró el fuego con asombro. Entonces disfruté de un alivio múltiple: la urgencia clínica se había resuelto, podía regresarle el teléfono a su dueño y quitarme un yunque de encima.

Quizá ciertos refranes sean una manera de compartir el malestar generalizado para consolarnos de algún modo porque no somos los únicos que los padecemos. La sabiduría del sufrimiento que asegura que “los hijos son un mal necesario” —¿habrá algún mal necesario?— tiene su versión telefónica: “El celular es un mal necesario”.

Cuando realizo un trámite y me preguntan el número de mi celular, luego de responder felizmente que no tengo, el funcionario, sin excepción, alza su rostro de solemnidad burocrática, me observa, sonríe y me dice: “Lo envidio”.

Pero nadie sigue el ejemplo: por supuesto, la familia, el trabajo, el vértigo de la vida en la que no se recuerda el sabio consejo irlandés de no tomársela demasiado en serio porque no saldremos vivos de ella imponen la prótesis del aparato; una prótesis que, además, logró el efecto colateral de atrofiar la memoria y conjurar la amnesia con archivos infinitos que hacen del olvido un caos cuando se pierde el teléfono.

El hecho de que la norma propuesta sea la norma aceptada no significa que la norma tenga que ser conveniente para el universo: la congestión planetaria en las carreteras como rutas tortuosas para festejar las vacaciones, el servicio militar de la felicidad en diciembre, el gusto uniforme según el capricho industrial de la moda anularon la invención de la vida según la imaginación de cada ser humano y la transformaron en una repetición gregaria.

Dime qué usas para saber cómo eres: nos diluimos como individuos y nos transformamos en reses según la voluntad astuta de la industria, que agolpa filas de consumidores en las puertas de un almacén, ilusionados con ser tan originales como los demás cuando se adquiere un nuevo aparato.

¿Las falanges de los dedos del hombre en el umbral del siglo XXI se verán en los museos del futuro aplastadas en sus extremos por los mensajes de texto, las marcaciones frenéticas o las caricias crónicas sobre la pantalla de los teléfonos para deslizar sus menús? ¿Las manos tendrán dedos bonsái, inversamente proporcionales al alargado y fálico índice del monstruo conocido en las pantallas de cine como E.T., tratando de marcar un teléfono?

“¿Cómo puedes vivir sin celular?”, me preguntan.

“¿Cómo pueden vivir con celular?”, me pregunto cuando descubro un tumulto de transeúntes que se imitan entre todos mientras caminan y charlan con su fantasma de turno.

Cuando descubro a una pareja de novios disfrutando de su burbuja virtual como si estuviera cada uno a kilómetros de distancia del otro.

Cuando una madre me dice que ya no pasea con su hija porque el mundo real no le resulta atractivo como su parodia según internet, y cuando logra que al fin visiten alguna playa, la chica pasa sus días digitando su teléfono y mirando la pantalla.

Ser un salmón que nada en contra de la corriente parece una agresión a lo masivo: hay que entender y admirar el prodigio de las invenciones, sin doblegarse ante ellas cuando no se necesitan, aunque el mercado procure hipnotizarnos a todos.

“Nunca te encuentro por no tener celular”, me reclaman cuando quieren atraparme.

Igual yo encuentro al que busco sin usar un celular.

“Si tuvieras celular no serías tan puntual”, me dijo un incumplido que llegaba tarde a una cita.

Su argumento: me habría podido llamar para avisarme por qué se estaba demorando tanto.

Conozco a un chef que les exige a sus comensales apagar los celulares para disfrutar a plenitud la comida. Es justo: un artista tiene derecho a que se aprecien sus obras con la atención merecida.

¿Y el cine? Demuestra que es un arte frágil, como decía David Lynch, cuando una luz metálica se enciende en la oscuridad y desvanece la gracia del artificio narrado.

La progresión tecnológica siempre causa suspicacias: en el siglo XIX, la máquina de escribir puso en duda el arte de escribir a mano; la fotografía irritó a los pintores que alegaron una imitación mecánica de la realidad en la segunda mitad del mismo siglo XIX; el cine fue recibido a principios del siglo XX con ironía y desprecio por los dramaturgos.

No se trata de ser apático ante un hallazgo capaz de transformar el mundo: se trata de comprender para qué lo utilizamos.

¿Quién se adueña de quién: el ser humano de un objeto o el objeto del ser humano?

Que llamen ellos mientras yo escribo, leo novelas rusas y trato de escribir algunas. Aún mejor, ¡mientras defiendo especies amenazadas como la poesía, en un tiempo donde no interesa a menos que se descubra en un mensaje de texto!

no me gustaría conversar con la mirada ausente de los tecnodependientes, atentos a la multitud agazapada en sus iPhones.

“¿Cómo pueden vivir con celular?”, me pregunto cuando descubro a una pareja disfrutando de su burbuja virtual como si estuvieraN a kilómetros

de distancia uno del otro.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.