Mi nombre es lo de menos. Soy guía y steward en la Gran Mezquita Cheik Zayed bin Sultan Al Nahyan de Abu Dabi, y por eso mi insignificante vida no debe ni puede ser el objeto de este escrito. Me estoy refiriendo al edificio más lujoso de todos los que existen, el que tiene más ornamento y joyas. Hablo del gran palacio del mundo. A su lado, las maravillas del pasado son escuálidos fragmentos, metáforas sueltas y resquebrajadas. Soy solo un guía, pero en el fondo soy el mayordomo de esa gran mezquita.

Ayer vino un grupo de mujeres devotas de Sai Baba y fui testigo de la conversión de al menos siete de ellas al islam, deslumbradas con los tesoros que guarda este palacio. Es lo que logro al contar sus maravillas. Yo en cambio no creo en nada, pero puedo hacer que nazca la fe en otros gracias a mi verbo. Disculpen, prometí no hablar de mí. La primera vez que oí hablar de este edificio fue en 2007, cuando se retiró el telón y los ojos atónitos del mundo lo vieron por primera vez. Vi la foto y pensé: es una montaña de mármol al borde del mar, una gigantesca ballena blanca varada en el desierto. Una Moby Dick recostada en las dunas.

Vine a Abu Dabi a verla y desde entonces vivo acá. ¿Y qué fue lo que vi? Olviden el cielo y la luz del sol y la arena. Eso sí: mirar con intensidad el blanco marmóreo de su fachada puede provocar alucinaciones religiosas, pero también glaucoma o proliferación vítreo-retiniana. Tan fuerte y brutal es el destello del sol del golfo sobre los 90.000 metros cuadrados de su fachada, con su imponente puerta central, que es un arco arábigo de doble barriga, síntesis sutil del arco andaluz con el marroquí, el hindustaní y el medioriental, un sincretismo que recuerda la arquitectura neobarroca del Quindío y Risaralda, y que hoy puede apreciarse, por ejemplo, en ciertos restaurantes de Pereira.

Los alminares, las cúpulas, la gran fuente delantera y las columnatas laterales llaman a la sobriedad y la unión mística: nada se interpone entre el fiel y su dios. Por eso, para lograr este encuentro, se usaron solamente 110.000 metros cúbicos de mármol blanco sivec o macedonio traído de Yugoslavia y Grecia, que, si bien no es como el travertino, tiene la ventaja de ser opaco. Por cierto, que con la factura de esa venta, Yugoslavia se presentó a la Unión Europea. ¿Cuántos camiones y transatlánticos se usaron para transportar esa masa? ¿Cuántas grúas para descargarlos y, poco a poco, ponerlos en su sitio, de acuerdo con las indicaciones de los arquitectos?

Al pasar por debajo del arco se llega a un amplio y sombreado corredor que interna al visitante en una selva de alminares, cúpulas, columnatas y corredores. Hay 1000 columnas, cada una decorada con 20 paneles de mármol incrustados con piedras semipreciosas, lapislázuli, ágata roja, amatista, ónix, nácar y madreperla. Tal paleta de colores no ha sido lograda por la madre naturaleza ni siquiera en los trópicos, tan repletos de pájaros y guacamayas, pero aquí en este país, un arenal quemado por el sol, brillan y esplenden con energía.

Delante está la soleada plazoleta en la que se ven figuras florales delineadas o veteadas en el mármol, y al fondo de la plaza, bajo un paisaje casi planetario de promontorios blancos de diversos tamaños, la entrada al oratorio principal. Desde la plaza le pido al visitante que mire hacia arriba, que deje volar su espíritu y observe contra el cielo las 57 cúpulas de la obra. En este punto, todo lo que es dorado ¡es de oro! Ese gusto por el oro que los inmigrantes árabes trajeron a nuestras tierras, y que hoy vemos sobre todo en la costa atlántica y el Valle del Cauca en forma de brazaletes, esclavas y cadenas al cuello, todo unisex. Pero acá ese amor por el metal solar llega a su paroxismo: 9000 kilos de 24 quilates, lo que equivale a decir: la pureza más alta que existe. El oro está en las medialunas que coronan las puntas de las cúpulas y esplenden al sol, pero también hay oro en los capiteles de las columnas que imitan racimos de dátiles.

En los cuatro costados están los alminares de 107 metros de alto, que enmarcan el templo como espigas gigantes y blancas. “Esta gente está haciendo historia”, dijo un visitante español, vestido con unas elegantes bermudas verdes, gorra de béisbol y chanclas, que filmaba con un iPad. ¿Estaremos haciendo historia realmente? Hoy, en Emiratos Árabes, la historia se escribe sobre el cielo con gigantescos lápices de mármol. La otra, la historia normal, ocurre de todas maneras mientras uno duerme. Es lo que me digo. Tal vez por eso prefiero mostrarle a mi grupo los detalles de las flores engastadas en el mármol, una técnica que los artistas imitaron del Taj Mahal, pero en unas dimensiones más nobles y mayores a lo largo de los 17.000 metros cuadrados de la plaza.

Al entrar al oratorio, a lo alto, está uno de los objetos más curiosos de la mezquita: un reloj en forma de flor de seis hojas que marca la hora de los rezos islámicos en todas las regiones del mundo, con números digitales en ámbar y esmeralda, pues cambia de color. Las hojas están hechas en hermosa madreperla, mármol y nácar, una sobriedad que contrasta con los colores rojos del ónix. ¡Y ahora bajen los ojos! Al mirar al suelo hay una alfombra iraní de 5600 metros cuadrados en la que trabajaron 1300 tejedoras durante más de dos años. Sobre ella, de lo alto, cae la mayor lámpara de araña del mundo, hecha en Alemania, con 10 metros de diámetro y 15 de altura, confeccionada en oro, plata, cobre, alabastro y ónix. La iluminación se logra con un complejo sistema de luces de fibra óptica y miles de cristales de Swarovsky. Su precio se calcula en 8,5 millones de dólares. Posiblemente es la lámpara más grande y costosa del mundo. La veo todos los días, y lo que más me inquieta: veo las caras de los incrédulos bañadas por su luz. Una luz color crema que hace nacer ideas sacras.

Los nichos laterales del oratorio, en el que caben 10.000 fieles cómodamente —en la plazoleta exterior caben otros 40.000—, son un prodigio del claroscuro: luces indirectas y verticales hacen brillar la madreperla y el mármol. Ahí está el altar central, el que está en dirección a la ciudad sagrada de La Meca, con un revestimiento completo en oro. Quien no sienta en este punto un espasmo espiritual puede considerarse vacío, vulgar. Parte de la masa.

Se calcula que 250.000 personas de más de una docena de países trabajaron durante 14 años en la construcción de este milagro, y como suele pasar, en condiciones muy al límite del derecho internacional. Probablemente con un régimen parecido al que tuvieron los trabajadores de los faraones de Egipto, ¿pero no adoramos hoy la simetría de las pirámides y su perfil ante el atardecer?

Que nadie hable de derroche, eso nunca lo permitiré. Todo está justificado, pues Emiratos es un país joven que está construyendo hoy sus grandes monumentos del pasado. Dentro de un par de siglos serán un símbolo. La Catedral de Colonia, en Alemania, se acabó de construir en el XIX después de siete siglos de trabajos. ¿Alguien sabe cuánto les costó a los alemanes? ¿Y la catedral de Nôtre Dame no parecía también un poco exagerada en medio de un poblachón como debía ser París en 1345? Acá es lo mismo. Por eso les digo a todos los visitantes: es cuestión de esperar. Ya el tiempo acabará por convertirla en una hermosa obra del pasado.

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