Al frente tenemos el mar y atrás, la selva. Nuestra casa está llena de ventanales y puertas, las vistas son soberbias. Más que una casa, decimos, es un balcón. Nos gusta sentir que vivimos al aire libre. Eso si no está lloviendo. Cuando llueve, cerramos las ventanas y puertas, y nuestro balcón se convierte en una caja de seguridad.

Donde vivimos llueve con una sevicia bíblica. Durante nueve meses del año llueve casi todos los días y puede llover, sin parar, por seis días seguidos. La ropa recién lavada no se seca y la que está seca se humedece. Todo se humedece, aun dentro de la caja de seguridad. Para nosotros la palabra orear ha dejado de ser un enigma del crucigrama para volverse una actividad necesaria que practicamos cuando escampa. A veces la lluvia no parece venir de arriba sino de frente y pese a los aleros, las paredes exteriores de la casa se mojan. Así de bestiales llegan a ser los vientos. Tumban árboles de raíz y se llevan tejas del techo. A veces las tormentas eléctricas, en medio de la noche, son terroríficas. Los rayos caen tan cerca que el relámpago y el estruendo ocurren al mismo tiempo. La tierra tiembla, la casa se sacude y yo quedo sentada en la cama, sintiendo que soy lo que suelo olvidar que soy: una cosita minúscula y pueril a merced de los elementos.

Uno pensaría que en un lugar así no hay problemas para conseguir agua. Los hay. Durante los tres meses del año en que no llueve, la tierra se agrieta y los tanques de almacenamiento de agua-lluvia que tenemos en la casa se secan. Los lugares así no tienen acueducto. Por eso el segundo trabajo importante que hicimos cuando llegamos fue procurarnos uno.

En el lote nace una quebrada, que a los pocos metros se despacha al mar en una cascada abrupta. Justo en la mitad de su curso, Conor, mi esposo, excavó la tierra hasta que tocó piedra. Entonces picó la piedra y formó una poza ancha y más o menos profunda, donde el agua pudiera acumularse. Para terminar, levantó un muro de contención. Así obtuvimos una represa. En las épocas de sequía, alimenta los tanques de la casa con el impulso de una bomba manual. El resto del tiempo es una piscina de agua natural para bañarnos desnudos, con los camarones y las tortugas de agua dulce que la habitan, en medio de la naturaleza. El chorro de desagüe, frío y poderoso, nos sirve de lavadero y ducha. Es la mejor terapia relajante.

Sin embargo no todo estuvo listo una vez el agua llegó a la casa. También había que sacarla. Para eso hicimos una trampa de grasas en concreto y un drenaje de absorción subterráneo. El día que tuvimos agua corriente, que pudimos cocinar, lavar los platos y cepillarnos los dientes en nuestra propia casa, sin necesidad de ponernos las botas de goma para ir por baldes de agua a la quebrada, fue como acceder al último de los lujos occidentales. Fue lo que, para un citadino, sería tener un control remoto que le rasque las pelotas.

El primer trabajo importante que hicimos fue procurarnos la casa. El lote queda en las selvas del Pacífico vallecaucano, sobre un acantilado. Durante las horas de marea alta, el mar rompe contra el acantilado. Para ir a la aldea de Juanchaco, que queda en la playa, hay que atravesar un estero nadando o en canoa. Cuando la marea baja, el estero puede cruzarse caminando con el agua hasta los tobillos.

Llegamos desde Buenaventura, luego de una hora de viaje en lancha, con la mayoría de los materiales de construcción. Para llevarlos del muelle de Juanchaco al pie del acantilado hicieron falta varios viajes en carretilla por la playa y en canoa por el estero. Para subirlos, por unas escaleras precarias, se necesitaron cinco hombres musculosos y temerarios.

El terreno estaba cundido de malezas altas que no dejaban ver el mar. Tuvimos que armarnos con machetes. Trabajábamos doblados o agachados. Los músculos se resintieron. Las manos se nos ampollaron. El aserrador al que le encargamos la madera subió los precios cuando le vio la cara de gringo a Conor y a mí, de novata. Dormíamos en una cabaña vecina, abandonada hacía años.

En las noches de tormenta, la vieja cabaña, vencida por los elementos y las termitas, traqueteaba y se mecía y lo más que podíamos hacer era cruzar los dedos para que no se nos viniera encima. Estaba invadida de animales. Había alacranes, tarántulas, culebras, ratas, cucarachas, murciélagos y cinco perros sin razas y sin dueño. Teníamos que sellar la comida en bolsas y colgarla de las vigas del techo para que no nos la robaran. En el cuarto contiguo dormía de día y patas arriba un vampiro sudamericano. Nosotros, que dormíamos cuando él estaba activo, lo hacíamos debajo de un toldillo para evitar que nos chupara la sangre. Él y los mosquitos que transmiten la malaria y la leishmaniasis.

Era un martirio levantarse por la mañana. Parecíamos unos ancianos artríticos, encorvados y doloridos. Todo nos dolía. Los músculos, los huesos. Pero el terreno donde iría la casa quedó limpio y el aserrador nos trajo la madera. Así que empezamos la construcción.

Conor se encargaba de cortar las piezas de madera con el serrucho, yo le ayudaba a ponerlas en el sitio y las sostenía mientras él martillaba. Además las pintaba, una y otra vez, con un impermeabilizante para protegerlas del sol, la lluvia y las termitas. En mis ratos libres me dedicaba a la eliminación sistemática de las malezas. Quería descubrir el Pacífico.

Al mediodía empacábamos las herramientas y las llevábamos a la cabaña vecina. Cocinábamos sopas, arroces o lentejas en nuestra estufa de gas. Después de comer, salíamos otra vez con las herramientas al hombro y volvíamos a trabajar hasta que a las seis de la tarde los zancudos, el jején y los yaibíes atacaban. El cuerpo se me llenó de ronchas. Increíblemente Conor resultó inmune.

Antes de que oscureciera nos bañábamos en la quebrada. Volvíamos cargados de agua y la hervíamos para beberla al día siguiente. Cabeceábamos. Nos quedábamos dormidos en cuanto poníamos la cabeza en la almohada.

La estructura de la casa fue creciendo día a día. Una tarde encontré a Conor trepado en la viga más alta. Miraba al infinito con cara de bobo. Le pregunté qué le pasaba, me invitó a que subiera a comprobarlo. Conor había dado con la ruta hacia el océano antes que yo. A lo lejos se distinguían unos chorros de vapor y de repente una mole oscura emergía del agua para dejarse caer en un gran splash. Eran las ballenas jorobadas en su migración por el Pacífico.

La tendida del techo por poco se convierte en causa de divorcio. Antes de clavar las tejas, Conor me preguntaba si estaba quedando derecho. Yo le decía que iba perfecto. Cuando bajó a revisar se encontró con que mi sentido de la alineación era nulo. Primero me puteó, luego lo desclavó. Tuvo que remendar los huecos con silicona y volverlo a clavar a su propio juicio mientras yo, ofendida y enfurruñada, le daba la espalda. Con la puesta de las paredes y el piso encontramos el pretexto ideal para reconciliarnos: ya nos podíamos mudar a nuestra casa.

Habían pasado dos meses. Más que los orgullosos propietarios, Conor y yo parecíamos los peones más flacos y harapientos de la hacienda. Y lo que habíamos construido era digno de ellos. Un cuchitril de 3 x 3 metros, sin agua, luz, baño, cocina, muebles, puertas, ventanas ni un techo firme porque el viento lo levantaba y llovía adentro tanto como afuera.

Compramos un techo más pesado y se lo pusimos. Fuimos reemplazando los plásticos, que cubrían los huecos de las paredes, por puertas y ventanas de madera. Diseñamos muebles con usos múltiples y los armamos con los pedazos sobrantes de la construcción. Un baúl sirve como sofá y clóset, una mesita auxiliar es escritorio y banco para alcanzar el techo. El cuchitril fue mejorando y cuando ampliamos la estructura, se convirtió en sala, estudio y biblioteca. En nuestra casa las habitaciones también son multiusos. Nos hicimos un cuarto para las herramientas, un minialtillo a prueba de vampiros y mosquitos, donde ahora dormimos, y una cocina con la estufa de gas empotrada en la barra de comidas y 360 grados de vistas.

Mientras cocinamos y comemos podemos ver lo mismo un grupo de delfines que una bandada de tucanes, la explosión de una ola en la isla de enfrente o una liana que cuelga de un árbol y cada día se vuelve más gruesa. Tal vez sea por eso que no tenemos televisión. A veces nuestra vida parece un documental de naturaleza en NatGeo. A veces, un reality de supervivencia en la selva.

Sobre todo nos alimentamos de granos, que no necesitan nevera para conservarse y duran largo tiempo. Pero también podemos pescar para procurarnos el alimento. Si no hay plata y se acaba el cilindro de gas de la cocina, nos vemos obligados a cocinar con leña. La zona no tiene problemas de orden público pues está protegida por una base naval, que queda a quince minutos en lancha. Aquí el peligro son los bichos: hay que mantenerlos a raya con fumigaciones y repelentes.

Al principio ir al baño era toda una excursión. Teníamos que salir con la pala al hombro a hacer un hueco en el monte, así estuviera lloviendo o relampagueando, lo que en esta parte del mundo no es una mera figura retórica. Entonces nos construimos una letrina bajo techo. Cuando mi hermana vino de visita y la vio por primera vez, me preguntó para qué servía ese altar tan bonito. Para cagar, le dije. Conor y yo tenemos la manía de embellecerlo todo, hasta el hueco que se traga la mierda. Tenía columnas de troncos rústicos, piso de piedras, un inodoro de madera barnizada y un jardín de heliconias y orquídeas. Pero nada de eso lo hacía menos terrible. Con las lluvias el agua se rebosaba y con la caída de cada deposición salpicaba. Para rematar, las termitas se empezaron a comer el inodoro.

Por esa época se acabaron los ahorros que nos habían mantenido hasta el momento. Empezamos a dar clases de inglés en la aldea y a escribir artículos para revistas. Además recibimos un anticipo por mi segundo libro. Con eso seguimos viviendo y construyendo. La prioridad era hacernos el pozo séptico. Un enorme hueco en la tierra con paredes de ladrillo y tapas de concreto, con cámaras para filtrar el agua negra y un desagüe lento que les da abono a las plantas. Si tener agua en la casa fue el último de los lujos occidentales, tener baño en la casa fue el último de los placeres universales. Fue mucho más que un control remoto para rascarse las pelotas. Fue como si el control remoto, además, produjera orgasmos mentales múltiples. Y ya que alcanzábamos semejantes comodidades, pues que llegaran en grande. Junto al baño, que tiene biblioteca y vista al mar, nos hicimos un walk-in closet.

Pero el colmo del lujo y la comodidad fue un pequeño aparato en la pared. Al activarse, mágicamente, toda la estancia se ilumina. La luz. Los primeros seis meses usábamos velas. Conor y yo leemos todas las noches. Para leer teníamos que juntar las cabezas y hacerle parabrisas a la llama. La cera se regaba en los muebles y el piso y formaba grandes montones, que no se descomponían en el compostaje. Era basura de la mala. Ni siquiera podía reciclarse para hacer nuevas velas, pues nunca pudimos conseguir pabilos. Los segundos seis meses tuvimos lámparas de petróleo. Daban más luz pero el humo olía y se metía a los pulmones. Tosíamos. Entonces un amigo nos trajo un kit de energía solar. El mejor regalo posible. Consta de un panel que capta la energía durante el día y de una batería que la acumula para ser usada de noche. Alimenta los bombillos, el computador portátil y el minicomponente, que al fin pudimos comprarnos. También carga los celulares.

Esos son nuestros únicos aparatos. De vez en cuando nos dan ganas de ver películas. Las vemos en el computador. Para todo lo demás no está MasterCard. Está internet. Sí, la tecnología ya llegó al monte. Hace más de dos años que la aldea tiene señal satelital y hace un año que nosotros nos conectamos, con un módem de celular. Ahora, por ejemplo, voy a enviarle este artículo a SoHo.

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