Cuando yo contaba menos de diez años solía preguntarme a mí mismo cómo sería la vejez, qué clase de persona sería Alfonso López Michelsen a los 60, o a los 70 años, que era la edad promedio en las generaciones del siglo XIX. Hoy tengo 90 años totalmente inesperados y me parece, lo cual creo haberlo dicho ya, que he sido una persona muy afortunada. No solamente por haber corrido con suerte en la mayor parte de mis aspiraciones en el curso de la vida, sino por no haber sufrido las contrariedades que de ordinario afectan a las familias. La mía fue muy reducida: tres hijos y cuatro nietas, pero ninguno padeció enfermedad o accidente grave alguno. Pudimos disfrutar de una vida tranquila, con una relativa holgura económica, suficiente para una buena educación y abrirnos camino en la vida.
Las experiencias de mi infancia me habían enseñado lo que era pasar de la prosperidad a la estrechez económica, que golpeó tan duramente a la familia López entre 1923 y 1934, cuando mi padre no tenía ya ningún patrimonio ni profesión alguna para ganarse la vida. Vivíamos al vaivén de algún negocio afortunado que permitiera pagar las deudas atrasadas y saltar el matón con suerte. Nunca contamos ni con casa propia ni con automóvil, hasta cuando mi padre fue Presidente. Los menores heredaban los vestidos de los mayores y, frecuentemente, nos veíamos privados de esparcimientos de los cuales disfrutaban nuestros contemporáneos, pero mi abuelo materno, que era agricultor, nos propiciaba alegres vacaciones en las haciendas en donde mantenía sus cultivos: de café, en clima medio, y de lechería, en la Sabana. Por nuestros apellidos pasábamos por ser personas ricas y las apariencias propiciaban este concepto. Sin embargo, llegamos a situaciones tales en que se contemplaba la imposibilidad de pagar la matrícula de alguno de los varones. Era un gran contraste con la forma como se desarrolló mi vida con Cecilia y mis hijos, sin mayores contratiempos.
Gran parte de la adolescencia la pasamos en Europa, en París, en donde vivíamos junto con mi madre, mientras mi padre, dedicado a la política, vivía en casa de nuestra única tía, Cecilia de Marchí, quien sufragaba gran parte de sus necesidades. Fue una gran ventaja disfrutar de la educación europea, pero coincidía con la edad en que se forjan grandes amistades y, a primera vista, teníamos conceptos muy diferentes sobre la vida diaria. Mis compañeros de colegio, en Europa, siempre me consideraron como un extraño, un extranjero de un país remoto, con quien no se tenía ninguna intimidad, como era, por ejemplo, invitarnos a su casa. En cambio, en Colombia llegamos con el estatus de hijos del futuro Presidente, situación que nos granjeaba, a la vez, simpatías y enemistades gratuitas. Fue un proceso de acomodamiento de varios años, en que acabé siendo un colombiano cabal, enamorado de su tierra, tras haber asimilado las costumbres de la Colombia de mi juventud. La Presidencia de mi padre fue muy accidentada y controvertida en contraposición con la versión actual que admite y acepta las grandes transformaciones de la Revolución en Marcha, pero para quienes habíamos disfrutado del anonimato por años, ser hijo del Presidente no era una posición cómoda, máxime cuando la familia Michelsen era un verdadero clan, tan pequeño, que la vida transcurría
entre la parentela, que no era muy numerosa.
Lo importante fue haber adquirido un sentido de
pertenencia y dejar de sentirse extranjero en su propia patria. Mi profesión de catedrático de la Universidad Nacional y, posteriormente, del Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario, y en la Universidad Libre, en una época en que las universidades regionales eran contadas con los dedos de la mano, me familiarizó con las distintas regiones de Colombia. Era un mosaico de costeños, pastusos, llaneros, santandereanos, etc. Más tarde, cuando me vi comprometido en la vida política, a los 46 años, recorrí casi todo el territorio nacional en trance de hacer proselitismo. Tan grande actividad correspondía a un dicho que se había abierto camino en nuestras filas, como era decir que no solamente los visitábamos en época de elecciones, como quien celebra por ocho días la Navidad, sino que los visitábamos durante los doce meses del año. Así se va uno encariñando con las distintas regiones de la patria, por una u otra razón, sin que por ello dejara de tener preferencias. Tal era el caso de la costa norte, de donde provenían mis dos abuelas: Rosario Pumarejo, del lado de mi padre, y Dolores Lombana Barreneche, del lado de mi madre.
Valledupar, tal vez, en razón de su música, que años después se popularizó en todo el continente bajo el nombre de vallenato, ejercía una gran fascinación. Me brindó, además, la oportunidad de iniciarme en la agricultura, cultivando el arroz con riego y haciendo uso del primer tractor y la primera cosechadora que llegaron por esas tierras. Había recuperado un fundo llamado 'El Diluvio', que había colonizado en el siglo XIX mi bisabuelo Sinforoso Pumarejo. De esta suerte, iba periódicamente al modesto pueblo que hoy es la tercera ciudad de la costa, en donde se había formado la familia llegada de España. Mi afición a la cacería y a la pesca podía expandirse en aquella región semisalvaje, en donde las guacamayas volaban libremente y los venados zainos y los zorros se paseaban libremente.
Conté, además, con residencia en Chile, en donde culminé mi carrera de abogado, y en México, en donde vivimos siete años, asociados de tal manera con nuestros compañeros de deportes que casi llegamos a integrarnos definitivamente en unas sociedades en donde la hospitalidad era la regla como en los tiempos bíblicos. Muchas de esas gentes han muerto, pocos son, como ocurre en Colombia, quienes han llegado a los noventa años. Al punto que jamás he querido volver a México para no ver en el rostro de mis contemporáneos la huella del paso de los años que ellos deben divisar con horror en mi propio rostro.
Por una coincidencia estuve presente en la muerte de mi padre, en Londres. Regresaba de China a México y escogí el paso por Londres para ir a saludarlo. En el aeropuerto me enteré de que estaba agonizando. Su muerte cambió mi vida en el sentido de vincularme definitivamente a la política, sin acogerme a su sombra. Iba a volar por mis propios medios y así ocurrió hasta alcanzar la Presidencia de la República por el voto popular. Una autonomía que no tuvieron otros hijos de Presidente, que hicieron su carrera pública a la sombra de su progenitor.
Ya he dicho cómo era de gratificante recorrer la geografía colombiana de un extremo a otro, acompañado por amigos y copartidarios inolvidables que siguieron mis orientaciones por más de doce años. Contemplando en perspectiva ese tramo de mi vida, me reafirmo en mi creencia de haber sido un hombre afortunado. Con excepción de la tentativa de reelección presidencial, en la que personalmente no estuve interesado sino por no abandonar a mis seguidores que insistían en tenerme por su abanderado, nunca perdí una elección en que figurara mi nombre como concejal, diputado, representante o senador. Tampoco, durante este periodo, desempeñé cargo público alguno, por favores de los antiguos ministros y colaboradores de mi padre. Por el contrario, los más próximos fueron, con excepción de Darío Echandía, los más enconados adversarios, no solamente políticos sino personales, y yo les retribuí en especie.
A la Presidencia llegué como un paso más en mi ascenso político, sin que yo contara con experiencia distinta a la de un año en la Gobernación del Cesar y año medio en la Cancillería, por bondadosa designación del Presidente Carlos Lleras Restrepo, después de la unión del M.R.L. con el oficialismo liberal, hecho que se cumplió a raíz de la adopción de la reforma constitucional de 1968, en la que el Partido acogió la mayor parte de nuestras reivindicaciones que superaron, en número y en significado, las del propio gobierno.
Los episodios claves de mi vida tuvieron una extraña semejanza. Cuando gané el premio como el primer estudiante de los colegios privados de París, en 1930, no tuve conciencia plena de mi buen éxito sino al cabo de varias semanas. Otro tanto me ocurrió con la proclamación como candidato del Partido Liberal, el 30 de junio de 1973. Estaba más pendiente de mi cumpleaños que del acontecer político y sólo aterricé varios días después. Con humor me quedé solo en Valledupar al día siguiente de mi posesión, cuando se ausentaron quienes habían asistido a la ceremonia en una numerosísima comitiva y yo les decía que me recordaban mi internado en el Colegio Saint Michel, cuando Luis Samper Sordo y Laureano Gómez me dejaron en el entonces sombrío establecimiento, donde cursaría parte de mi bachillerato. Eran aislamientos casi totales. Con el ejercicio del mando me ocurrió otro tanto. Lo dejé sin mayores traumatismos y comencé a viajar por el mundo, aceptando invitaciones de otros gobiernos. Solamente, años después, caí en cuenta de que, como lo consignara, con admiración, The Economist, de Londres, era un gobierno que dejaba superávit fiscal, superávit de balanza de pagos, una inflación del 13,5 por ciento y un crecimiento del PIB del ocho por ciento. Mi divisa de 'cerrar la brecha' se había cumplido en parte, elevando el salario campesino al nivel del salario urbano y se cumplió un reparto de tierras que, según un informe del Incora, del año 2002, muestra cómo, en 40 años, a partir de 1962, se beneficiaron 104.821 familias, frente a 70.000, en cinco años, que fueron las ejecutorias del DRI, bajo el 'Mandato Claro', o sea, que se tomaron 27 años en hacer lo que en el gobierno de López Michelsen se hizo en cinco años.
Repaso mi recorrido ya sin mirar al futuro y escribiendo cada domingo una columna en El Tiempo sobre los más diversos temas, sin aliciente distinto de distraer a mis lectores y entretenerme con la confección de mi columna. Espero tranquilo y agradecido con la vida el final de mis días.

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