La lancha se detiene frente a la pequeña ciudad. Un conjunto de casas de madera, pintadas de colores llamativos, que podría estar en cualquier barrio periférico de Vietnam. Sin embargo, esta vez la barriada está sobre el agua. Flotando días enteros, de todos los años, en la mitad de las aguas de Halong Bay, la famosa bahía del mar de la China.

Cuando uno llega, los habitantes del barrio flotante te saludan agitando la mano. Parecen felices de vivir cercados por el mar. Aquí los niños no son castigados sin salir a jugar a la calle, y no está el temor de que un auto veloz te atropelle en la esquina. Ni siquiera hay que decidir los equipos de fútbol, porque no hay espacio para poner los arcos y la pelota habría que ir a buscarla en lancha. Quizás, estos pueblos sobre el mar son unos adelantados: en momentos en que la economía mundial nos tiene con el agua al cuello, solo se salvarán los que sepan flotar.

La imagen es extraña: vecinos que se saludan de una casa a otra, y que caminan por pequeñas pasarelas de madera que ellos llaman calles. Uno de sus habitantes cuenta que, hace un par de años, se vino a vivir con ellos un antropólogo de Londres. El tipo era un flaco, fanático de la cerveza, y que cargaba un gigantesco equipo fotográfico. Su plan original era quedarse seis meses: había alquilado su departamento en Inglaterra y ya tenía ofrecimientos para escribir un libro sobre el barrio flotante más insólito del mundo. Sin embargo, el inglés duró apenas cuatro días. No soportó el movimiento constante, ni la falta de electricidad, ni la dificultad de conseguir cigarrillos. Extrañaba poder caminar hasta la esquina sin hablar con nadie, sólo caminar y ordenar las ideas.

En el barrio flotante se ríen de la anécdota. Yion, un tipo de 40 años que nació aquí y que tiene tres hijos que también son ciudadanos flotantes, da una explicación más filosófica: acá se puede caminar perfectamente, lo que no se puede es huir. Pero nosotros no estamos en la vida para escapar sino para flotar.

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