Hace 15 años vivía en una casa que ha pertenecido a mi familia toda la vida y que está en el barrio Los Alcázares. Antes la habitaban mis abuelos, mis tíos, mis primos, pero poco a poco todos se fueron yendo y nos dejaron a mi mamá y a mí solos. Como era demasiado grande para nosotros, nos trasteamos a un apartamento que mi abuelo había acondicionado dentro de la misma edificación. El resto lo alquilamos.
Un día me levanté, fui a bañarme y la ducha eléctrica no arrancaba. Salí del baño traté de poner radio y la grabadora a pesar de estar conectada no funcionaba. Durante el día me pasaron varias cosas de ese corte. Simplemente pensé que me había levantado con el pie izquierdo pero por la noche me di cuenta de que no era así. Al arroparme sentí un peso enorme sobre mi pecho, algo que no me dejaba respirar. Como pude prendí la luz y lo primero que vi fue un avión de balso que tenía moviéndose de una forma anormal, como si existiera una corriente de viento fuerte. Además el cuarto estaba muy, muy frío. Ahí sí me asusté. La primera reacción fue retar a lo que fuera que estuviera en ese cuarto. Duré gritando un minuto y después sonó un portazo y el cuarto recobró su temperatura normal. Salí al pasillo y no había nada raro. Mi mamá estaba dormida y las puertas y ventanas cerradas. Esa noche no pude dormir.
Al día siguiente visité a un amigo. Le conté y su mamá estaba presente. Ella conocía por su tía estos fenómenos y me dijo que podía ser una de dos cosas: el fantasma de una persona con un pasado muy oscuro o algo que se llama cascarón astral, que es la energía de una persona que ha sufrido mucho, que vivió un intenso dolor. La escuché paciente pero no creí en lo que me decía. He sido un escéptico siempre y si no me hubiera pasado lo que me pasó jamás creería en esta clase de cosas. De hecho cuando escucho una de estas historias no le doy crédito.
En los días siguientes pasaron nuevos eventos: por las noches las guitarras de mi cuarto se caían sin razón, cuando bajaba a echarle llave a la puerta, los muebles de la sala, que eran de mimbre y por lo tanto muy ruidosos, sonaban como si alguien se estuviera acomodando. Traté de ignorar todo hasta que me fue imposible no ponerle atención. Así que decidí averiguar con mi abuela algo de la casa: me dijo que durante mucho tiempo los inquilinos se quejaban de ver a una mujer con el pelo muy largo pasearse por la escalera. Supe entonces que era mi bisabuela, que había muerto allí. Le conté a mi hermano y él a su vez me contó que cuando vivía en la casa le pasaban también cosas extrañas, cosas para no creer: por ejemplo, salía volando una chancleta de un lado de la habitación al otro, sucesos de ese corte. Lo único que pude hacer fue aprender a vivir con lo que fuera, fantasma o cascarón astral. Nunca le conté a mi mamá para no llenarla de pánico.
Ya estaba acostumbrado a que la emisora saltara, a que los aparatos dejaran de funcionar, a que las mascotas que tenía se murieran sin razón aparente. Afortunadamente se fue de mi vida como llegó: de un momento para otro. Después de todo eso nos fuimos de la casa y lo último que supe fue que los inquilinos se seguían quejando y mis tías llevaron a un cura. El tipo rezó, caminó por la casa regando agua bendita, prendió veladoras, y cuando se fue resultó que un cuadrito de los doce apóstoles que había detrás de la puerta tenía las caras de todos marcadas, como si se las hubieran rayado con un esfero o una moneda. Desde ese día jamás volví a esa casa ni a Los Alcázares.

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