Yo crecí entre astronautas. Mi papá, Owen Garriott, estuvo dos meses en el Skylab en 1973, fijando un nuevo récord de permanencia espacial. Nuestros vecinos en Houston eran casi todos astronautas, y hasta los exámenes médicos nos los hacían en la NASA. Entonces yo vivía convencido de que todo el mundo iba al espacio. Por eso, cuando el doctor me dijo que mi miopía no me dejaría jamás ser un astronauta, me entristecí mucho. Pero al mismo tiempo me dije que si la NASA no me iba a llevar, tendría que hacerlo por medio de la privatización del espacio.

Entonces, tan pronto comencé a ganar dinero con mis juegos de computador, enfoqué todas mis inversiones personales para hacer realidad esa privatización, para que yo —y otros— pudiéramos ir. Ayudé a establecer Space Adventures, El Premio X, Zero G Corp y otras compañías espaciales. Cuando la Agencia Espacial Rusa aceptó llevar al primer turista, se suponía que ese iba a ser yo.
Pero justo en-tonces sucedió la caída de las punto com y todas mis inversiones se vinieron abajo. Así que ese primer lugar se lo vendimos a Dennis Tito. Pero finalmente rehice mi fortuna y pagué 30 millones de dólares a los rusos. Mi entrenamiento fue en Star City, donde todo parece como antiguo, pero todo funciona. El mayor reto fue aprender el ruso. En la Estación Espacial Internacional no importa porque todo el mundo habla inglés. Pero en la Soyuz los instrumentos están marcados en ruso. 
La noche anterior al despegue hicimos una fiesta con tragos y cigarrillos, ¡al lado del cohete lleno de combustible! Me sigue asombrando lo cerca que puede estar la gente del cohete mientras es llevado a la plataforma. El despegue fue inolvidable, yo estaba lleno de angustia, ansiedad y emoción. Y aunque uno siente 4,5 veces la fuerza de la gravedad encima, es algo muy suave. Este vehículo increíble que es la Soyuz no vibra, no se siente peligroso.
En el viaje de dos días hacia la estación espacial me fue muy bien. Lo que hay que asegurarse es de no tener que usar el baño para el “número dos” (los sólidos) en la Soyuz, porque es como hacerlo en una tetera. El “uno” (los líquidos) es fácil, es solo acostumbrarse a usar el pañal, que está muy bien diseñado. De hecho, el tema del excusado y su uso surge muy a menudo entre los astronautas. A bordo de la Estación Espacial Internacional fui al baño tres veces en dos días. Uno se tiende a constipar, no sé si es físico o mental.
Lo más increíble son los paneles solares. Tienen un resplandor iridiscente-naranja que nunca se ve en las fotos. Cuando uno entra en la estación, lo primero es que te dan pan y sal según la tradición rusa de recibir así a los huéspedes importantes. En la americana tocan una campana de barco. Los turistas como yo no tenemos nada que hacer a bordo. Pero yo sí me llevé varios experimentos de ciencia para demostrarles a los niños de los colegios lecciones de ingeniería y microgravedad. Además de mirar por la ventana, a mí el tiempo se me iba solamente buscando cosas. Todo se me perdía: los bolígrafos, las libretas, los anteojos... era desesperante.
Me instalaron mi bolsa de dormir en una esquina y eso era como acampar sin gravedad, o dormir como un murciélago. Y el baño consistía en toallas húmedas, como lamidos de gato. La mesa del comedor sirve para todo. Lo que aprendí inmediatamente fue el uso tridimensional del espacio. Por ejemplo, los cubiertos estaban parados sobre una cinta pegante, como si fueran árboles en un bosque. En la mesa solo cabían cuatro personas, por lo que las otras dos estaban “sentadas” en el techo o paredes. Me gustaban las horas de las comidas porque todos nos poníamos a conversar de cosas interesantes. Los tripulantes viven tan ocupados que no es posible verlos calmados sino a esa hora. Comíamos de todo: carnes, camarones, tacos, verduras, pero claro, todo hay que rehidratarlo y calentarlo. 
El regreso es duro, en el sentido de que la Soyuz está colgando de un paracaídas que se estremece como si fuera la punta de un látigo. Y cae a tierra como un costal de papas, o como un automóvil que se estrella a 30 millas por hora. Y a uno le duele la espalda, pero la silla está amoldada perfectamente a ella y eso evita heridas. Aterrizamos en un desierto en Kazajistán, en medio de la nada, y de allí nos llevaron en sillones especiales hasta un helicóptero.
Me pregunta la gente que si valió la pena. La amistad que trabé con los tripulantes durará para toda la vida. Y en mi memoria quedarán impresas las sensaciones y la imagen de la Tierra desde arriba, las auroras, los colores, el calor humano. Creo que ir al espacio debe ser privilegio de toda la humanidad.
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