Hay algo que poca gente sabe: desde hace un año se han producido más de 365.000 sismos en el sur del país, unos 250.000 en los dos últimos meses. Eso quiere decir que hay entre 150 y 300 movimientos de la tierra cada hora, unos cuatro por minuto. La mayoría son de niveles energéticos bajos, ni se sienten, pero eventualmente alguno puede ser más fuerte y sacudir casas y edificios. Y puede provocar, además, la erupción de uno de los siete volcanes que monitoreamos desde el Servicio Geológico Colombiano y su Observatorio Vulcanológico y Sismológico de Pasto (OVSP). Por eso, nuestro trabajo es tan importante: porque procesamos y analizamos toda esa información, y, a través de boletines, la remitimos a las autoridades para que las comunidades evacuen en caso de ser necesario.

Soy ingeniero civil, tengo una especialización en Ecología y una maestría en Geofísica. Nací en Pasto, tengo 50 años y desde hace diez trabajo como coordinador del OVSP, conformado por un grupo interdisciplinario y muy comprometido. Es una labor riesgosa, pero apasionante: hay que enfrentarse a volcanes activos, algunos en estado eruptivo; sobrevolar sus cráteres; moverse por zonas de alto riesgo en orden público, y entender a diferentes tipos de comunidades, varias de ellas indígenas.

Pero lo más clave es estar pendiente 24/7, no descuidarse ni un segundo. Menos ahora: los volcanes Chiles y Cerro Negro están enjambrados de sismos y, además, el Galeras pasó hace unos días de niveles muy bajos de sismicidad a presentar más de 3000 movimientos en 48 horas, algo que nos puso en alerta. Y como estamos en temporada de lluvias, no podemos descuidar tampoco los niveles de la quebrada Mijitayo, que nace en el volcán y atraviesa Pasto. La idea es que no vaya a ocurrir un desbordamiento ni nada parecido.

El Galeras es considerado uno de los volcanes más activos de Colombia y probablemente del mundo. Duerme muy poco. En los últimos 500 años, ha tenido al menos 100 erupciones documentadas: una pequeña cada década, más o menos, y otras mayores cada siglo. Esto se debe, en parte, a que Nariño está en una región geológica muy activa, donde la tierra puja entre sismos y volcanes.

Vale la pena anotar que un volcán no es sinónimo de desastre. Es una amenaza, sí, pero el riesgo depende de lo que hagamos los humanos para volvernos más o menos vulnerables. Mejor dicho, los desastres no son “naturales”, son generados por las decisiones de los hombres. En el caso del Galeras, el volcán sigue ahí, como hace 4500 años. Lo que ha cambiado es la ubicación de los elementos expuestos: las personas y sus viviendas se han ido expandiendo hacia las laderas del volcán, entonces el riesgo ha crecido.

A esta hora, como a cualquier hora, estamos pendientes del volcán desde una sala de monitoreo, que es como nuestro cerebro. Acá, equipos de procesamiento de información reciben en tiempo real las señales de sensores que tenemos en más de 150 puntos, ubicados a diferentes alturas y distancias de los cráteres de los siete volvanes activos que vigilamos de manera incesante. Esos sensores los conectamos a radiotransmisores y antenas que nos remiten la señal. Cuando hay obstáculos topográficos, algo muy frecuente, se deben utilizar repetidoras para que la información nos llegue. Y si la luz se nos va, no importa: tenemos un sistema de cableado y respaldo eléctrico para sobrevivir apagones.

Ni nosotros ni ningún observatorio del mundo puede predecir las erupciones, pero todos buscamos pronosticar los eventos eruptivos. En un nivel amarillo de actividad, se puede permanecer por años sin que se desencadenen fenómenos volcánicos preocupantes; en uno naranja, se habla de días o semanas antes de una posible erupción; y en rojo, puede haber poco tiempo para reaccionar. Hasta hace unos días se mantuvo el nivel de actividad naranja en algunas zonas. No hay descanso. Cada uno de los 300 sismos de cada hora nos importa, no podemos descuidar ningún detalle: no queremos desastres en estos tiempos de cientos de miles de movimientos sísmicos. El reto es permanente.

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