Tengo que admitirlo: conseguí la primera cuota de mi casa por estar borracho. No es algo que me enorgullezca, pero así fue: me gané 20.000 libras (83 millones de pesos) en una apuesta que hice con varios tragos en la cabeza por el peor equipo de la Liga Premier en 2015, el Leicester City. El más malo, sí, pero el mío; la camiseta de la que he sido fanático toda la vida.

Mi nombre es Leigh Herbert, tengo 39 años y vivo en Leicester, una ciudad no muy memorable de 300.000 habitantes en el centro de Inglaterra. Acá me gano la vida como carpintero o también ‘freelanceando’; mejor dicho, trabajando donde paguen y haciendo de todo un poco. Estoy comprometido con mi novia, Lorrie, y tengo un perro.

La historia de cómo me gané ese platal empieza el año pasado, cuando nuestro equipo tuvo una temporada desastrosa: si no fuera porque ganamos los últimos siete partidos, nos hubiéramos ido al descenso. Por eso, nadie creía en nosotros. Las casas de apuestas —en las que a los británicos tanto nos gusta dirimir el futuro de cualquier evento deportivo— nos daban una probabilidad de 1 entre 5000 para quedar campeones de la Liga Premier... ¡Y tenían razón! Si en 132 años de historia nunca habíamos ganado un campeonato de esa magnitud, ¿por qué iba a ser diferente ahora? Este no iba a ser el año. Lo decían los medios, lo decíamos los hinchas, lo decían hasta los jugadores: el objetivo era aguantar, agarrarse con uñas y dientes y conseguir quedarnos en primera.


Herbert tiene 39 años, es carpintero y su pasión desde niño es el Leicester City. El día después de hacer la apuesta, se levantó enguayabado y se arrepintió de haber 5 libras.

Poco antes de que comenzara la temporada, en agosto de 2015, me fui con mi novia y mi perro a pasear. Me tomé unas cervezas y, mirando distraído el celular, vi que en la casa de apuestas William Hill pagaban 5000 libras a 1 si el Leicester salía campeón. Un mes atrás habían anunciado que el italiano Claudio Ranieri iba a ser el técnico y, pese a ese gran nombre que se sumaba a las filas de los Zorros, como le dicen popularmente al club, nadie se mostraba muy confiado.

Igual, lo de la apuesta era increíble. Casi una ofensa. Para ponerles un ejemplo, si encontraban vivo a Elvis Presley, las casas pagarían 1000 libras a 1, lo que significaba que, por absurdo que sonara, era más probable que resucitara un tipo muerto en 1977 a que mi equipo quedara campeón. ¿Otro ejemplo? Si Kim Kardashian fuera elegida presidenta de Estados Unidos, pagarían 2000 por cada libra apostada. ¡No nos daba la estatura ni de las estrellas de reality!

Cuando vi esa cifra, ¡5000!, en la aplicación de mi celular, tuve un presentimiento: algo por dentro me dijo que era posible. Tal vez fueron las cervezas, no sé. De todos modos, decidí apostar 5 libras (unos 20.000 pesos colombianos). Hice clic, me dije “ahí vamos”, y me fui a dormir la borrachera pensando que si quedaba campeón mi equipo, no solo festejaría como cualquier hincha, sino que además me ganaría 25.000 libras. (Al final terminaron siendo ‘solo’ 20.000, sí, ya les voy a explicar por qué).

Cuando desperté al otro día, vi el recibo y me di cuenta de lo que había hecho. En ese momento pensé que había sido un error, claro. Y aunque solo eran cinco libras, me dio rabia la plata perdida. Pero entonces comenzó la temporada. En el primer partido le ganamos al Sunderland 4-2. Era un buen resultado, pero tampoco decía nada. Con el tiempo empezamos a ganar, pero, sobre todo, a no perder. Y a estar en la parte más alta de la tabla, por encima de los históricos Manchester United, Arsenal y Chelsea. ¡Era increíble!

En medio de esa euforia, ávidos como somos por aquí a las apuestas, los medios comenzaron a hablar de las probabilidades del 5000 a 1. Nunca en la historia de las apuestas se había pagado tanto. Entonces llegó diciembre y el Leicester City era el líder absoluto de la Premier. ¡Una locura!

Yo seguía escéptico, porque esa historia ya la habíamos visto antes: el equipo que sorprende y, mientras todos analizan las razones de su éxito, se cae sin previo aviso. Sin embargo, el sueño se fue cristalizando: a principio de año le ganamos 3-1 al Manchester City. Ahí me dije por primera vez que era posible.

Pero lo más impresionante es que el Leicester nunca cayó. Y entonces comenzó la presión, porque la casa de apuestas donde yo había dejado mis cinco libras comenzó a ofrecerme un anticipo. Aquí eso se llama “cash out”, que no es otra cosa que asegurarme una plata antes para pagarme menos. Así como íbamos, mis cinco libras iban a significar 25.000 (103 millones de pesos). Me dijeron que si me bajaba de la apuesta antes de que acabara el torneo me daban una parte, no toda, pero al menos no perdía todo si al final el Leicester City no quedaba campeón.

Muchos otros aceptaron la oferta, pero yo decidí aguantar. Hubo un momento en que me dio miedo, tengo que admitirlo: después de que perdimos con el Arsenal y empatamos con el West Bromwich, me ofrecieron 5000 libras. Y si quedaba campeón, podría cobrar otras 15.000.

Decidí aceptar.

Hoy soy de las personas que tienen que darle gracias al técnico Claudio Ranieri, porque él fue el artífice de la primera cuota de mi casa propia. Pero, sobre todo, por el regalo de esta temporada increíble. Nunca imaginé, desde aquel día en que mi tío comenzó a llevarme al estadio cuando tenía 8 años, que iba a celebrar algún día un campeonato de la Liga Premier. Esto es un sueño: somos campeones y tengo mi casa para irme a vivir con mi futura esposa y mi perro.

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