Conocí a Bill en Badlands, la discoteca gay de moda, en 1988. Rubio, pelo crespo, bastante más bajo que yo. Iba vestido de granjero. El peto, que no alcanzaba a cubrirle el pecho ancho y velludo, dejaba a la vista su espalda y sus brazos abultados. Bailaba con una concentración inusual en un sitio donde el cruce de miradas insinuantes era la norma. Pero sabía que llamaba la atención: ritmo y plasticidad en su justo grado. Potente. Viril. Al rato nos encontramos cara a cara y nos desafiamos bailando. Una hora más tarde ya íbamos rumbo a su casa en un viejo Falcon V8 con escape libre. Se detuvo en una farmacia a comprar condones y lubricante. Y el tipo no solamente bailaba bien. Bastó el primer polvo para que yo perdiera el juicio de realidad. Tiramos otra vez al amanecer y dormimos hasta el mediodía. Entonces descubrí un par de secadores de peluquería en la sala, dos gigantescos huevos cromados, suspendidos a media altura, además de un par de sillas regulables y un espejo desplegado a lo ancho de la pared. Recién salido de Chile y también del clóset, yo todavía era un joven prejuicioso. Un peluquero no podía ser mi pareja, ni genuina su impronta de macho.

—Soy el mejor peluquero del D.C. —dijo con desdén vaquero al notar mi turbación.

En los tres días que faltaban para mi regreso a clases, en California, Bill canceló sus citas, tiramos sin moderación, paseamos por el National Mall y la última tarde fuimos al cementerio de Arlington. Llegamos a la cursilería de abrazarnos ante la tumba de Kennedy para jurarnos amor. A esas alturas no me quedaba ningún prejuicio en guarda. Decidí mudarme al D.C. apenas terminara la carrera. Incluso envié postulaciones de trabajo a empresas de la ciudad y al Banco Mundial.

Para su cumpleaños se animó a dar una fiesta. En un principio creí que no podría ir. Tenía que estudiar. Me advirtió que no quería sorpresas, pero no pude resistirme y a última hora compré un pasaje rebajado en Pan Am. Llegué al caer la noche, pocos días después de terminada la famosa floración de los ciruelos. Me recibió irritado. Lo acompañaba un tipo de facciones vistosas y nada cordial. Sin darme tiempo a instalarme, salió a comprar hielo con él. Fui hasta el cuarto a dejar la maleta para encontrarme con otra maleta sobre la cama. Lo esperé en una de las sillas regulables, furioso por estar atrapado en esa ciudad a causa de las restricciones del pasaje. A su regreso, el invasor tomó su maleta y la dejó en la puerta de entrada.

—Vive en las afueras de la ciudad. Lo había invitado a alojar —me explicó Bill—. Se quedará donde un amigo.

Quise creerle. Pero durante la fiesta me presentó como "un amigo de Stanford" y no como su novio. Y la sensación de que era yo el invasor se hizo cada vez más intensa. A las dos de la mañana, el afuerino ofrecía líneas de cocaína en un espejo de mano y se abrazaba con la mayoría de los invitados. Bill bebía un whisky tras otro y aspiraba una línea cada vez que tenía el espejo cerca. Sin embargo, y a pesar de estar exhausto, herido y escandalizado, cuando nos fuimos a la cama lo busqué para hacer el amor. La coca y el alcohol lo habían vuelto aún más agresivo y voluptuoso.

Al día siguiente se dedicó a limpiar la casa. Actuaba como si yo no estuviera. Fumaba marihuana, no perdía de vista su vaso de whisky, comía de las sobras y limpiaba cada centímetro cuadrado, compulsivamente. No me permitió ayudarlo. Vi tele y dormí una siesta. La falta de luz natural pareció sacarlo de su ensimismamiento. Sugirió que fuéramos a cenar. En el restaurante bebió tres whiskies dobles y no hizo amago de pagar su parte. Quería ir a Badlands esa noche. Al llegar me pidió dinero para otro whisky. Le pedí que no bebiera más. Se acercó a la barra y le coqueteó a un hombre viejo hasta que obtuvo un trago a cambio. Atónito, me fui a otro salón, en una actitud tan infantil como todas las que había tenido con él. Pronto comprendí que no vendría a ofrecerme disculpas, regresé a la pista y lo vi aspirando popper de una botellita en la mano de un tipo que, mientras tanto, aprovechaba para acariciarle la espalda. Nos gritamos. Me reprochó mi mojigatería y yo su descontrol. Logré que me diera las llaves del auto y lo saqué de ahí.

Durmió hasta tarde. Esperé nuevamente sentado en una de las sillas de peluquería. Al verme hizo un gesto de exasperación que no olvidaré jamás.

—Soy alcohólico y drogadicto —dijo llevándose las manos a la cadera desnuda—. Cuando nos conocimos estaba sobrio. Creí que tú podías salvarme. El de la maleta fue mi amante y me vende la cocaína. Por eso no tengo dinero.

—Podrías...

—No, no hubiera podido. Se trataba de eso. De colgarme de tu ingenuidad.

Dormí el resto de las noches en un hostal juvenil. No salí más que a comer en un Deli al otro lado de la calle. El día de la partida lo llamé para aceptar su ofrecimiento de llevarme al aeropuerto de Dulles. Quizá podíamos despedirnos amistosamente.

—No puedo —dijo—, tengo que ir a mi reunión de AA.

Ya no había calce posible entre su historia y mi inexcusable candor.

Cuando pienso en Washington D.C., revive la impresión cursi que guardo de sus parques y monumentos, de las postales con los ciruelos en flor, como si se tratara de un parque temático. Y me rebelo contra la idealización de la muerte que es ese cementerio de tumbas ordenadas por un topógrafo. Eso es, la capital del imperio me parece la puesta en escena de un ideal cándido —como mis ilusiones con Bill—, traicionado cada día por sus habitantes y los de todo el país. Un mal lugar para el amor.­

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