Haciendo mal las cuentas, hace ya casi quince años terminé el colegio. Y como era de esperarse, días antes de acabar con tamaña majadería, alguien decidió tomar una foto para el recuerdo. Siempre se hace. No sé si entonces las cámaras fotográficas ya tenían incorporado el mecanismo de flash que lanza su resplandor metálico a los ojos, o si en la prehistoria de mis días todavía teníamos que comprar los cubitos de luces que se debían añadir a la cima de las cámaras para conseguir tomar una buena foto, aún en los días más oscuros.

¡Whisky!

De lo que sí tengo memoria (esta memoria cada vez menos hilvanada, más llena de tropiezos) es que ese día recibí una fotografía en blanco y negro donde aparecen todos mis compañeros de curso. Están Gómez y Fonseca, cejijuntos amigos del aguardiente y la cerveza. También Castro y Sánchez y Jaramillo, trío de torpes jugadores de pelota. Y más atrás, en una segunda fila, los más altos, Campos, Ortega y Acuña. Y en el medio, un estorbo de carne y huesos: los olvidados.

Esta fotografía, desde luego, anduvo perdida durante mucho tiempo en algún viejo álbum condenado al abandono. Sin embargo, hace unas semanas, cuando estaba removiendo algunas cajas donde también guardo algunos acetatos, una baraja del Star Collection (la de aviones de guerra, siempre la guerra) y la insensatez de varios libros jamás leídos, pero que en su momento fueron requisito para aprobar la clase de Español con el profesor Guevara (El moro, El alférez real, La marquesa), apareció frente a mis ojos.



Viéndola de cerca, es un monumento a la ilusión. Por entonces todos triunfaríamos. O pensábamos que lo haríamos. Los ojos tenían un brillo de canicas relucientes que contrastaba con la opacidad que se va adquiriendo con la vejez. Había algunos granos en las quijadas, la testosterona rebosante debajo de los pantalones, las palabras de conquista bien aceitadas, atornilladas a las lenguas, todavía dormidas.


Hoy, después de quince años, no sé dónde andarán tantas personas. Cada uno de nosotros tomó su rumbo, su extravío necesario, y desde entonces apenas me he cruzado con dos de ellas en alguna esquina que no recuerdo. Creo haber prometido un café y, desde luego, creo jamás haberlo cumplido.



Sin embargo, al ver esta foto (alguien dijo ¡whisky!, Gómez y Fonseca hicieron agua en sus bocas, el destello metálico nos atravesó como a fantasmas, yo alcancé a cerrar los ojos), he vuelto a pensar en las personas que me acompañaron en la vida, en los amigos que rodearon mi cuello en abrazos efímeros durante el calor de una fiesta de viernes, o en la dulzura de un paseo calado por el frío, y en los compañeros que juraron estar presentes en fiestas futuras. Y, la verdad, es que todos, sin excepción, han desaparecido de mi vida. Están medio muertos en el recuerdo, abandonados como canicas.



Ninguna de las personas que animaron brindis, o disfrutaron parrandas, o patrocinaron vicios (cachitos mal armados, tragos dobles siempre puros, volutas de humo inciertas) hace hoy parte de mi vida. Viéndolos en las fotos, desnudando su vacía presencia, me parecen simples espantos. Fantasmas de días menos tristes. Cuerpos sin vida.



Muchas de las personas que conocemos en el tránsito de nuestras vidas terminan diluyéndose en el presente. Los Campos y Fonsecas se van arrinconando en la memoria. Los amigos cambian, se extravían, se confunden. Basta con que observemos alguna foto para que nos demos cuenta de que no regresaremos al pasado, de que ya no habrá más canicas desperdigadas en el suelo, de que nada nos atará a aquellas amistades que supusimos perdurarían.



Hoy, después de quince años (hice mal las cuentas, tal vez fue más, tal vez nunca existió), soy consciente de que los amigos que tenemos no redundarán en el futuro. O tal vez sí, tal vez alguno. Tal vez la mitad de uno. Ese que entonces compartirá un abrazo delante de una cámara, ese que en medio de una nueva sonrisa dirá whisky, ese que también, aunque no lo quiera, será un nuevo espanto en el doblez de algún olvidado álbum fotográfico.



Zapping: Pink y la comida fat free. Con ambas la vida se siente mejor.

PROHÍBESE EL EXPENDIO DE BEBIDAS EMBRIAGANTES A MENORES DE EDAD, EL EXCESO DE ALCOHOL ES PERJUDICIAL PARA LA SALUD.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.