“Cuando yo era pelao, me ayudó mucho Félix Escota, el cura de Tumaco. Me vio y me contactó con unos amigos de él en Girardot. Después volví a Tumaco y el que me trajo a Millonarios fue Jaime Arroyave”.



“Todavía tengo en el muslo izquierdo una cicatriz; me cogieron 35 puntos, me tuvieron que abrir la pierna, coserme el músculo por dentro y dejar de jugar más de cuatro meses. Antonio ‘el Gringo’ Palacios me metió los taches en el muslo y me rompió el cuadriceps. Nunca me pidió disculpas”.



“Mi último gol lo hice jugando para América. Tiraron un centro, Gareca la bajó de pecho, me lo puso e hice el gol. Me le colgué, lo abracé —él era muy alto— y le dije: ‘Gracias, me devolviste todos los centros que te hice’”.



“Hice 240 goles, pero nunca fui goleador del torneo local: en esa época jugaban tres delanteros, y yo iba por los costados. El centro delantero, por lo general, era el goleador”.



“En el 75 estaba lesionado del codo. Todo el mundo sabía que yo estaba jodido y que solo era jalarme el codo para provocarme dificultad. Lo que hice fue ponerme una venda que señalara que ese codo estaba lesionado pero en realidad era el otro. Y me cogían el codo vendado pensando que era el malo. Eso fue la final contra Perú, de Copa América”.



“Cuando fuimos a Chile con la selección, asistimos a una comida, y vino una mona muy bonita a tomarse una foto conmigo. A la hora del partido, cuando fuimos a jugar, llegó uno de los chilenos y me dijo: “Esta foto sale publicada en El Tiempo mañana. Y van a decir que no viniste a jugar sino de vagabundo”. Mi cabeza daba tantas vueltas que me sacaron del partido. No hice nada en todo el juego”.

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