Olía a muerte. A sangre, narco y corrupción. A eso olía la Plaza de Soacha el 18 de agosto de 1989, entre el bullicio de una manifestación fletada para matar a Galán.

La sucesión de llamadas oficiales que recibimos en la oficina privada de Luis Carlos Galán desde la mañana, diciendo que todo el dispositivo de seguridad estaba listo para evitar una cancelación de última hora, lejos de tranquilidad me generó más sospechas.

El nuevo jefe de su equipo de seguridad refrendaba ese "parte de tranquilidad" y mostraba desafiante unas camionetas nuevas para la escolta y un mamotreto gringo ultrablindado que habían enviado pocas horas antes para sustituir nuestro frágil Renault 18 en el que se movilizó Galán hasta la víspera, cuya principal fuente de blindaje eran los padrenuestros y avemarías que rezábamos sus colaboradores para implorar, allá en los cielos, por su protección eficaz.

Con la angustia de ser su secretario privado y no su coordinador de seguridad con facultades para impedir esa visita, decidí salir hacia Soacha más temprano.

Llegar hasta allá resultó una tarea titánica. Desde la calle 86 con autopista norte, de donde salí a media tarde, me tomó casi tres horas, manejando mi propio carro, entrar a la plaza entre hordas de borrachos que deambulaban por las calles de Soacha.

Al instante entendí que todo era mentira. Era evidente que iban a matar a Galán. Era evidente que no había ni requisas, ni precauciones, ni protección. Era evidente que se habían juntado la ambición y la negligencia de unos, con la corrupción y el espíritu criminal de otros para aniquilarlo. Era evidente que todo estaba dispuesto esa noche para asesinar al hombre más amenazado del país, que encabezaba las encuestas presidenciales y encarnaba la esperanza de los colombianos.

En la plaza no aparecía ningún responsable de la seguridad y ante la imposibilidad de avisar sobre lo que estaba sucediendo o de devolverme en carro para impedir que Galán cumpliera su cita con la muerte, decidí emprender carrera para esperarlo en algún punto del camino. Corrí como nunca lo había hecho en la vida. Si me hubieran cronometrado, creo que habría ganado la medalla olímpica en las pruebas de velocidad libre con obstáculos móviles.

Después de correr unos dos kilómetros, cuando me faltaban unos pocos metros para llegar a La Despensa, llegó la caravana. Sentí alegría. Venía Galán —mi jefe y maestro— y venía vivo a bordo del invencible monstruo de blindaje 5.

De pronto sucedió lo insólito:

La seguridad le abre la puerta del carro, lo bajan de ahí y lo ayudan a subir a un carromato de estacas, destartalado, sirviéndolo en bandeja como blanco de los sicarios. A ese camión, con Galán como trofeo de caza, también subieron senadores, representantes, diputados y concejales; subieron amigos y enemigos; ángeles y demonios. Subieron también sus asesinos, incluyendo a los hombres de la pancarta, sin que su esquema de seguridad lo impidiera.

Cuando pasaron a mi lado, un escolta desde el camión andando me tendió la mano para subir. Aterricé en plancha, se me cayeron las gafas y le moví el pie al hombre de la pancarta para que no las pisara. En la antesala de su muerte, Galán vivió la apoteosis. Centenares de miles de personas lo aplaudían victorioso a su paso. En el camión tampoco logré hablarle.

Al llegar a la plaza, los de la pancarta corrieron para coger la primera fila desde donde dispararon. Ya no había nada, nada que hacer.

Cuando subimos tras él a la tarima, el traqueteo de las ametralladoras que impactaron en Galán contrastó en seco con los voladores de ocho totes que reventaban por centenares en el cielo de Soacha. Creo que su muerte fue instantánea. Cuando lo bajamos en el Centro de Salud de Bosa, le tomé la mano y le conté que habíamos llegado. Le di ánimo. Le rogué que no muriera, que Colombia lo necesitaba. Le dije que íbamos a ganar la Presidencia. Ya no me oía. Estaba muerto. Dejé todo botado en Bosa y me fui tras una ambulancia que lo llevó al Hospital de Kennedy para intentar lo imposible.

A la madrugada, mi buen primo Carlos Enrique Cavelier y su señora me devolvieron hasta el de Bosa para recoger mi carro. Titiritaba de frío, de soledad y dolor. Juré defender por siempre sus ideas, honrar su memoria y luchar con todas mis fuerzas por una Colombia mejor. Y arranqué a llorar.

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