Ellos me contactaron después de haber visto el documental para televisión For Life, and Beyond the Grave (algo parecido a Por la vida, y más allá de la tumba), que mostraba la inusual relación entre un joven inmigrante y exconvicto llamado Abdel Sellou y yo, un aristócrata francés paralizado tras sufrir un accidente en parapente y desesperado por la muerte de mi esposa.

Cuando empecé a hablar con estos jóvenes directores, me di cuenta de que ellos compartían mi filosofía de vida: la comedia y, en general, reírse de uno mismo son las mejores maneras para hablar de las dificultades que vivimos. Siempre he creído que el humor y el respeto por las diferencias son una buena combinación para sobrellevar la soledad. Le di luz verde al proyecto, entonces, porque me llamó la atención lo divertido de estos hombres y por la propuesta que me hizo el productor de donar el 5 % de las ganancias a mi fundación, Simon de Cyrène, para personas con alto grado de discapacidad. 
Al momento de escribir los libretos y planear los escenarios, los directores me incluyeron de forma muy activa; me presentaron a François Cluzet, el actor que me representó, y a Omar Sy, quien hizo el papel de Abdel Sellou; y vinieron varias veces a Essaouira, en la costa oeste de Marruecos, donde vivo desde hace diez años con mi esposa, Khadija, y nuestras dos hijas. Ellos son unos verdaderos caballeros, inteligentes, generosos, respetuosos, de gran corazón y, como ya dije, tienen un humor formidable. Todas esas cualidades aparecen en la película y son reflejo de la excelente calidad de su trabajo. 
François Cluzet, mi doble, es un actor excepcional. Cuando vino con el resto del equipo a Essaouira, se pasó la mayoría del tiempo observándome fijamente, como un vampiro. El resultado fue que logró actuar mejor de lo que lo hubiera hecho un cuadrapléjico, totalmente paralizado, cosa que, para un actor acostumbrado a usar todo su cuerpo, es un gran logro. Él es tan bueno que cuando nuestra hija Wijdane, de 6 años, lo ve en televisión grita “¡papi!”. 
Y eso que yo no les di ninguna instrucción específica a los directores, y ellos se inventaron algunas escenas: nunca me puse un arete de diamante en el oído, por ejemplo, ni Abdel me llevó a donde mujeres para que me prestaran sus “servicios”. Él no baila ni pinta, y ¡maneja pésimo! Además, es argelino, mientras que Omar Sy es de Senegal. Cuando ellos dos se conocieron, en el lanzamiento de prensa de la película en los Campos Elíseos, en París, Abdel se burló de Omar: “¡No sabía que yo había comido tanto chocolate!”, le dijo. Fue como si se conocieran de toda la vida, se la llevaron realmente bien. 
A Abdel lo conozco desde hace 20 años, y aunque ahora cada uno está casado y tiene su vida, siempre nos hemos mantenido en contacto. Desde hace dos años hemos viajado por todo el mundo, gracias al enorme éxito de la película y de nuestros libros (el de Abdel se llama Cambiaste mi vida, el mío, Intocable). Hemos recibido juntos a periodistas de todas partes y a donde sea que vamos nos paran en la calle. Lo curioso es que la gente, más que felicitarnos, simplemente nos da las gracias. 
Y creo que eso ha ocurrido porque en nuestras sociedades, en las que todos debemos ser productivos y “normales”, la gente que no cumple con esos requisitos se siente aliviada al ver la película. Uno puede ser social o físicamente diferente y, sin embargo, disfrutar la vida sin temores si acepta la ayuda de los otros. Por todo el mundo hubo espectadores que se paraban al final de la película a aplaudir, y no solo por la excelente calidad de la misma y de sus actores, sino porque mostraba esa verdad universal de que la felicidad se logra a través de los otros; una verdad muy simple que cobra todo el sentido en un mundo en crisis, egoísta y duro. 
El libro lo escribí en el año 2000, después de la muerte de mi primera esposa, Béatrice, y lo reedité cuando se lanzó la película. En él puse mi dirección de correo electrónico y desde entonces he recibido miles de mensajes en todos los idiomas, la mayoría de ellos de personas desesperadas. Por eso me tomo unas horas todos los días para dar respuesta a cada uno de ellos. 
En esa labor me ayuda Emeline, una publicista parisina que se vino a vivir a Essaouira con su marido y, desde hace cuatro años, me ayuda a responder los correos y a organizar las conferencias, los viajes y las reuniones con la prensa. Además, Hicham, un sobrino de mi esposa, cuida de mí desde 2004, como lo hacía Abdel. 
Ahora tengo 62 años y cuatro hijos: Sabah, una niña brillante de 14 años, que en realidad es sobrina de mi esposa, quien se encargó de ella desde que tenía 5 años, y siempre la hemos considerado como nuestra hija. La otra chiquita se llama Wijdane, que significa “el alma profunda”. Tiene 6 años, es preciosa y muy traviesa. Mis hijos mayores los tuve con mi esposa Béatrice, quien murió en 1996. Los dos nacieron en Colombia: Robert-Jean tiene 29 años y Laetitia, 33. Ella es la típica adolescente que aparece en la película. 
Ahora me encuentro escribiendo un nuevo libro (Palabra de intocable), que responde a la pregunta: ¿Con qué me quedaría de estos 20 años como discapacitado si volviera al mundo como “capacitado”? ¡Tal vez pueda convertirse en una película!

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