No sé si ella, hija de Adolfo Gualdrón y Flor Palacio de Gualdrón, y nacida el primero de enero de 1980 a las 12:10 de la madrugada, haya nacido bajo el signo del 80. Si de la sincronía en el arribo al mundo dependiese la similitud de caracteres, ella, seguro, no lo fue. Y lo digo por mí que siendo, muy probablemente, el primer ochentero (hombre) de Colombia soy la antítesis de esa estrafalaria década. El Tiempo del 2 de enero de 1980 registra el nacimiento de esta criatura como el primero ocurrido en la década acá y que quedó en el anonimato pues, según el periódico, la recién nacida aún no tenía nombre. Cruzo los dedos por que no la hubieran bautizado con el nombre de una de esas divas ochenteras que me resultaron siempre repelentes: Yuri, Yady González o Arritoquieta Pimentel. A mí me cogió la tarde: el periódico me registra como un niño de 3.200 gramos nacido a las 01:13 horas (en realidad llegué a las 12:47 AM) del primer día de la década de 1980. Me quedé con el segundo lugar, según el artículo, pero con el primero entre los hombres de los 80. Este desliz en el conteo del tiempo bien puede disculparse, pues mi pobre madre daba a luz a un robusto neonato en medio de voladores, buscaniguas, sonajeros, pitos y matracas, con algún médico embebido en champaña, enfermeras medio chapetas y nuestra minúscula familia a media asta, mientras el resto debía estar gozándose La gran fiesta de los hogares colombianos, de Jorge Barón, la Teletón y el Gran Premio de San Silvestre en televisión.

"Mis" años 80 no transcurrieron con Imagínate, Pimpinela ni Las Flans, tampoco con Sociedad Anónima o Men at Work, ni con Compañía Ilimitada y mucho menos, en Massai, Riscos y Colors, tres mundanas discotecas de la época que nunca pisé. En los primeros años de colegio, los maestros me tildaban ya de "solitario", incluso de "asocial", y llamaban a mi madre preocupados porque me había subido a un árbol y no quería bajarme: no quería abandonar la vista sobrecogedora del patio de juego estando arriba de mis congéneres durante una tarde de sol. El fin de la década resonaba con los sintetizadores profanos de Depeche Mode y New Order mientras yo, durante mis infantes amigos pateaban un balón, esperaba a que abrieran la capilla del Gimnasio Moderno para obnubilarme durante horas frente al órgano tubular. Los fines de semana, en vez de jugar botella con insulsas féminas del Femenino o el Marymount en un ruin salón comunal gritando "bochado" o "qué soda", le hacía el viaje a cuanta misa ocurriera en el colegio, solo para oír sonar el instrumento y caer en el embrujo. No quería unos poco exclusivos Reebok, ni un Atari embrutecedor. Calzando zapatos de chripiado y vestido de negro le dije a mi mamá "Quiero un órgano". Ella me llevó con un amigo por el centro de Bogotá buscando órganos, y por allá en una iglesia cuyo nombre no recuerdo, el cura me dejó pulsar algunas teclas. Morí y volví a nacer, y aún eran los 80.

Y pasó la década: todos enloquecían con Michael Jackson y Menudo mientras yo andaba enajenado oyendo a Widor y Messiaen, dos notables del órgano. Nos graduamos y las carreras habituales se abarrotaron con candidatos a yuppies de la generación X, mientras yo seguía sin entender por qué lo que yo quería estudiar no aparecía en el repertorio: organería. Tuve que irme a Alemania y fue como ir a la tierra prometida: ver órganos de verdad monumentales, sublimes, en buen estado, y conocer a los artífices de este hechizo musical. Allí descubrí que para aprender organería debía aprender ebanistería (un órgano es 80% madera), así que regresé y fui un año aprendiz en el monasterio de El Rosal, Cundinamarca, donde el gentil y sabio monje alemán Jorge Bauer me preparó como ebanista, mientras mis congéneres ochenteros, los de verdad, acudían en delirio a la vida díscola y a la universidad. Desde mi nacimiento creo que, más que ser un digno ochentero, parecí ser justo el antiochentero: hasta la fecha sigo como invicto de los "jeanes" (nunca, léase bien, he llevado un jean, prefiero el lino, la seda y las tirantas). Hoy, ya como el único organero graduado del país (recibí en Bélgica mi diploma entre viruta y aserrín), miro hacia atrás bajo "esa lente que todo lo vuelve perfecto: la nostalgia" y siento que me volví ochenteno mucho después de los 80. Hoy amo con alma, vida y sombrero a Jon Anderson & Vangelis, a Jean Michel Jarre y tengo mis serias incursiones díscolas, pero ante todo me gustaría conocerla a ella, la hija de los Gualdrón, mayor por 37 minutos que yo, y saber por fin si fue una "ochentera" pura sangre, de esas que orgullosamente lucían extravagantes hombreras, copetes y chicles de colores neón. De ser así, un sentido de sutil ironía no le habría faltado al Creador.

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