Corrían los años ochenta, para entonces Rubén Blades acababa de salir de La Fania y se encontraba grabando uno de los mayores éxitos de su carrea: El padre Antonio y el monaguillo Andrés. Casualmente, por esos días  yo también me encontraba en Nueva York y coincidimos en el estudio Euro-Song, el gran competidor del estudio en el que grababa La Fania All Star.

Una tarde nos reunimos en su apartamento y después de ocho horas de conversación, en las que por cierto no me brindó ni un vaso de agua, le propuse hacer una gira por tres ciudades de Colombia: Bogotá, Barranquilla y Cartagena. Rubén tenía dificultades para lanzar su carrera como solista, ya que La Fania era la autoridad de la salsa en Nueva York y él no había terminado con la orquesta en los mejores términos. Por eso aceptó mi propuesta sin pensarlo dos veces.

Por cada presentación cobraría 5 mil dólares, o sea que su paso por Colombia costaría al menos unos 15 mil dólares de la época. Aunque nunca he sido empresario, ni he ganado nada de ningún concierto, siempre he sido un gomoso para organizarlos y por eso me puse a buscar la plata para hacer la gira de Rubén. Contacté a organizaciones que estuvieran dispuestas a asumir el compromiso de los tres conciertos y en poco tiempo ya tenía todo preparado.

Como era de esperarse, tan pronto se anunciaron los conciertos se agotaron las boletas y los empresarios estaban felices con la taquilla. Yo recibí el dinero y se lo entregué de inmediato al manager de Rubén. Finalizado este paso, ya todo estaba listo para el gran show y solo faltaba la llegada del artista.

El día del concierto de Bogotá, el primero de la gira, sonó el teléfono a las 5 de la mañana. Era Rubén Blades: “Coño hijo de puta, tú me hiciste una cagada. Yo me voy ya para la embajada”. Yo no entendía lo que estaba pasando y él siguió “Tú me enviaste unas flores, esa flor puede ser una bomba” y colgó. Hasta el día de hoy no sé qué fue lo que pasó ni por qué decidió cancelar el concierto.

Como pude me alisté para irme para Bogotá, sin embargo, los noticieros ya hablaban de la inminente partida de Rubén Blades y, por supuesto, del absoluto fracaso de los conciertos que nunca hubo. Al día siguiente todas las personas que habían comprado boletas fueron a reclamar su plata. Afortunadamente los empresarios que se habían encargado del evento no tuvieron problema en devolver el dinero y así se hizo.

Sin embargo, los gastos de impuestos, el alquiler del lugar, la publicidad y los honorarios de Rubén, ya se habían pagado y, como yo había sido el artífice, tenía que asumirlos de alguna manera. Fue una pesadilla: había personas tan molestas por lo que perdieron que hasta recibí amenazas de muerte y, además, se me dañó el plan de casarme con mi novia ese año.  Desesperado, lo único que pude hacer para solucionar todo fue  hipotecando la casa que acababa de comprar para irme a vivir con mi prometida y terminé viviendo de nuevo con mis papás en Barranquilla.

Nadie quería saber de mí y en ese momento todos me dieron la espalda. Todos menos el ‘negro’ Mendoza, uno de los mejores productores de salsa y un gran amigo mío. Al enterarse de lo que pasó, a él se le ocurrió una cruzada que nunca se me hubiera pasado por la cabeza y que hoy todavía me parece increíble: llamar a Celia Cruz para que salvara mi casa.

Todos los que conocieron a Celia Cruz saben que era una mujer increíblemente bondadosa y yo soy una testigo viviente de su grandiosidad. Ella nos citó en Nueva York y, gentilmente, nos pagó los tiquetes. “No me digas el problema que tuviste con Rubén, dime cómo te puedo ayudar”, fue todo lo que Celia me dijo cuando nos reunimos. Entonces, lo primero que se me ocurrió fue proponerle lo mismo que le había propuesto a Rubén: hacer un concierto en Barranquilla.

Ella accedió sin pensarlo y lo único que me pidió fue una orquesta en Colombia. Pero, como si eso no fuera suficiente, ella misma se tomó la molestia de buscar a otros artistas para el concierto con el que recuperaría mi casa y la idea fue tan exitosa que en pocos días terminó convenciendo a gigantes como Óscar De León, Andy Montañez, Pete “El Conde” Rodríguez y hasta a Roberto Blades, el hermano de Rubén, con quien también estaba molesto.

Ninguno de ellos cobró un peso. Yo necesitaba 2 millones 500 mil pesos de la época para desembargar mi casa y Celia se comprometió a ayudarme con el dinero, incluso si el concierto no era suficiente. El evento fue todo un éxito, y el dinero fue suficiente para pagar la hipoteca y recuperar mi casa. De hecho, fue tal la cantidad de boletas vendidas que cada uno de los artistas pudo tomar una parte del dinero.

Desde entonces no he vuelto a encontrarme con Rubén Blades, aunque no tuve problema en ser parte de la organización de uno de sus últimos conciertos en Colombia, pero no tuvimos contacto directo y prefiero que siga así. De todos modos, lo que al principio fue una de mis peores pesadillas terminó siendo una de las mejores cosas que me ha dejado la salsa: creo que soy la única persona que puede decir que Celia Cruz hizo un concierto para salvarle la casa.

PROHÍBESE EL EXPENDIO DE BEBIDAS EMBRIAGANTES A MENORES DE EDAD, EL EXCESO DE ALCOHOL ES PERJUDICIAL PARA LA SALUD.

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.