Hasta que una voz despótica, como de socio del extinto Jockey o abogado de Brigard & Urrutia, le espeta en la cara con sorna: “Ala, ¡y qué opinas del Petrus 82, chinazo!”. Atónito, uno balbucea que le parece un vino honesto y que pronto encargará algunas botellas, ante las risas inclementes del bufete de juristas.

Acto seguido se descubre, con pasmo y admiración, la existencia del “Santo Grial” de los vinos en el mundo: El Château Petrus, ese vino tan caro, raro y exquisito que solo el jefe de compras del Hospital de Meissen o los ilíquidos Nule Amín pueden adquirir. Es tan caro que se cotiza en una bolsa de valores creada exclusivamente para negociar vinos ultrapremium, llamada: LIV/EX.

Casi siempre que hacía una cata o una conferencia de vinos, alguien, ingenua o maliciosamente, me preguntaba: “Bueno, y en últimas, ¿cuál es el mejor vino del mundo”; a lo que yo contestaba: “El que más le guste a usted, buen hombre. Ahora si me pregunta por el más caro se llama Château Petrus”, con el correspondiente contrapunteo: “¿Y a qué sabe”, “Pues, bien, verá, buen hombre, es un vino honesto…” y acto seguido, callaba de manera vergonzante.

Sin embargo, una fría tarde de abril del año 2011, mi buen amigo y contertulio Guillermo Sayago, un ilustre cucuteño, enamorado de las viejas y las bicicletas, me llamó con su tono santandereano acre: “Profe, mano, véngase para mi casa que le tengo una sorpresita”. La última “sorpresita” de Sayago había sido un vino que había traído de Boyacá (en la barra de la cicla) y que fue utilizado para destrabar una tubería en la casa de mi abuelita en Teusaquillo.

Cuando llegué donde Sayago, había otros cuatro amigos, con los que nos reunimos regularmente para probar algunas botellas que creemos interesantes, pero que jamás pasan de $200.000 devaluados pesos. De repente en un acto insólito de fonambulismo, Sayago sacó de un desvencijado armario una botella empolvada, con la cara de un apóstol. “Nos mamó gallo con un moscato pasito”, gritó uno de los compañeros. Sin embargo, la vista se fue aclarando y las voces se fueron entrecortando. “¿Petrus”, balbuceé con un sudor frío que me recorría la nuca. “Sí, señores”, ripostó orondo el risueño Sayago. “Pero, Guillermo, ¿qué has hecho? Si tú eres un hombre honrado y el único contrato que te ha adjudicado el Estado ha sido para donar sangre en el Simón Bolívar”. “No se preocupen, solo vendí mi cuerpo para adquirir esa botella”, nos dijo con absoluta tranquilidad. Luego contó de sus andanzas por París y de cómo había enamorado a una rica heredera francesa; también contó que en una noche de pasión en las cavas de la dama, logró venirse, con la botella, para Bogotá.

Luego, en medio de un silencio sepulcral, abrió la botella y sirvió con gotero las seis copas que había preparado para ese mágico momento. Era un Petrus 1989, que cuesta unos ocho millones de pesos, mal contados. Cada copa que teníamos en la mano costaba la fruslería de 1.300.000 pesos. Todos mirábamos con recelo la copa del vecino para ver si se le habían servido unas gotas de más o si alguno moría de un síncope repentino, para poder repartirse el jugoso botín.

El primer sorbo lo dimos dos horas después de haberlo servido, sin mirarnos, era una orgía solitaria, en la que cada uno tenía su propio onanismo silencioso.

Yo lo encontré cargado de especias dulces, tabaco, cuero y un glorioso final de jamón caramelizado. Cuando volví a la Tierra, estaba con la copa vacía, sentado en una silla Rímax, mirando los carros pasar por la 116. Me fui sin despedirme y en la buseta que me llevaba a la casa pensé que la magia también puede estar a la vuelta de la esquina.

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