“Bueno, niños, después de tomar lista y felicitarlos por llegar temprano, iniciamos la clase de hoy con una pregunta que deben contestar rápida y seguramente, ¿listos?”.

—¡Liiiistossssss, Beatriz!” —contestamos todos, casi gritando.

Ella arrancó: “¿Luna, qué quieres ser cuando grande”.

Y yo, sin dudarlo, contesté: “Bombero”.

Corría el año de 1981 cuando Beatriz Guzmán, nuestra directora y profesora de kínder inferior en el Gimnasio Campestre, comenzó la semana con este tema, supuestamente fácil para unos niños de 4 y 5 años. Puede que en mi respuesta haya mostrado más seguridad que la que tuve en el debate televisado, en el que participé cuando aspiraba a la Alcaldía de Bogotá. La verdad, tenía más dudas que el día de mi primera comunión, que no eran pocas, no por el hecho de recibir a Dios, sino por no terminar de entender que él cabía en una hostia.

Dudé al responder, porque antes de ese momento siempre había dicho que quería ser futbolista, policía, astronauta, mago y presidente de Colombia. También sabía, desde la cuna, que no sería, por ejemplo, arquero de la selección de fútbol del Gimnasio Moderno, entre otras, porque allá las porras las dirigía el director de esta prestigiosa revista, a quien por segunda vez, sin eco alguno, recuerdo que le decían Fresita.

Con mis papás, vivíamos muy cerca de la tradicional Estación de Bomberos de Chapinero, ubicada en la calle 63 con carrera 9. Un día estaba asomado por la ventana cuando oí las sirenas de los camiones rojos. Cuenta mi mamá que grité: “¡Ahí van los héroes que no salen en los Superamigos!”, programa que veía todos los domingos a las 8:00 a.m., hora en la que despertaba a mis papás y, creo, me les tiraba el mañanero.

Al día siguiente, regresaba del paradero del Carulla de la 64 con séptima, donde me dejaba el bus del colegio, cuando le pedí a Sol Ángel —quien aún acompaña a mi mamá y plancha mis camisas— que pasáramos por la Estación de Bomberos antes de llegar a la casa. Ella, con algo de angustia, ya que las prohibiciones de mi mamá eran perentorias, me dio gusto. Allá nos atendió, muy amablemente, el teniente Zambrano y me invitó, como a cualquier otro niño, a conocer a los demás bomberos. De esa visita lo único que recuerdo es la tirada por el tubo —no de pole dance— en los hombros de un bombero. Esos dos eventos fueron entonces determinantes en mi fehaciente decisión de ser bombero cuando grande.

Obviamente, después, con el paso de los años, hubo otra serie de actividades y profesiones que me entusiasmaron. (i) Fui el arquero de la selección del colegio y alcancé a soñar con tapar en Millonarios, mi equipo del alma. Sin embargo, solo llegué hasta las inferiores de La Equidad. (ii) Insistí en ser astronauta e ir a la Nasa, pero me di cuenta de que no era lo mío cuando perdí Física y pasé raspando Química. (iii) Estuve en la banda del colegio, fui su jefe y creí que podría ser trompetista profesional. No logré presentarme al examen de admisión, porque no tenía trompeta. (iv) Hice parte del comité de publicaciones donde ayudaba a editar el anuario y el periódico del colegio, que se llamaba El Excélsior, así que pensé que podía ser periodista. Sin embargo, cuando publiqué la primera columna me la censuraron por pretender explicar —no justificar, advierto— por qué un presidente francés tenía dos casas y, por ende, dos mujeres. Y (v) formé parte de la Vanguardia de Acción Ciudadana y Social (VACS), organización que el colegio tenía desde hacía más de 40 años y buscaba lograr que los alumnos apoyaran el desarrollo de barrios vecinos como Servitá, Santa Cecilia, El Codito y San Cristóbal, entre otros. Tal vez ahí decidí ser abogado y político.

Cuando SoHo me invitó a vivir en este momento lo que quería ser cuando chiquito, pedí entonces que me dejaran ser un bombero. Debo decir que, al recibir el correo con la invitación, sentí nostalgia y emoción, pero sobre todo terror, entre otras porque volverme a botar por el tubo podría representar quedarme sin un tobillo; atender una emergencia podría causarme un ataque de claustrofobia y ponerme el uniforme delataría mi mediocre estado físico. Pero aun así acepté.

De un momento a otro, y después de revelar mis tallas (9,5 en zapatos, M en camiseta y 32-33 en pantalones), me dijeron que el 29 de mayo a las 8:00 a.m. me recogerían para ir a la Estacion de Bomberos de Suba.

Ese día llegamos muy puntuales a la maravillosa y moderna Estación Bicentenario, donde nos recibió el cabo Luis Sierra, oficial al mando de un grupo de doce hombres y mujeres, tres máquinas (escalera, carrotanque y de rescate) y un completo equipo de comunicaciones.

Iniciamos con un recorrido guiado por el cabo Sierra. Conocimos los cómodos alojamientos para hombres y mujeres, los baños totalmente equipados, el salón de conferencias, la biblioteca y la zona social, donde el bombero Héctor Gómez nos ofreció uno de los mejores tintos que me he tomado en mi vida. Además, fui literalmente humillado por el bombero Pedro Cañón en un partido de ping-pong que perdí 21 a 15.

Nos contaron que este año el Cuerpo Oficial de Bomberos cumplió 118 años de historia. También que fue fundado por el presidente Miguel Antonio Caro y su ministro de Guerra, Edmundo Cervantes, inicialmente como una sección de la Policía Nacional y con una partida presupuestal de 25.000 pesos. Hoy en día, la situación es totalmente diferente: los bomberos cuentan con 17 estaciones locales, la central de comunicaciones y la academia; un poco más de 50 máquinas y seis grupos especializados de atención a emergencias. Donde sí queda mucho por hacer es en el aumento del número de efectivos. Hoy, la ciudad solo cuenta con 456 hombres y mujeres, divididos en dos turnos, cifra muy por debajo de los estándares internacionales que exigen un bombero por cada 1000 habitantes. Además, estos héroes no cuentan con fines de semana disponibles para compartir con su familia, ya que por el número limitado deben trabajar en el conocido turno de 7 x 24.

Terminando de conocer la estación, inició el entrenamiento y, horas después, el simulacro, que no debería narrar yo, sino uno de los miembros del equipo de SoHo que vieron “un sueño hacerse realidad” entre muchas risas, burlas y uno que otro grito de susto.

Estando literalmente ‘echado’ en uno de los dormitorios, sonaron dos sirenas (que pueden significar un incendio, explosión o acto terrorista). Me levanté más rápido que congresista en plenaria y corrí hacia el famoso tubo hasta llegar al vestier ubicado al lado de los camiones. Ahí pude, después de caerme dos veces, ponerme el uniforme —que pesa más que un matrimonio a la fuerza—, y montarme al carro de rescate, en el que entre sirenas, luces, emocionantes banderas de Bogotá y de Colombia que ondeaban a medida que el carro aceleraba, mantuve la calma, aunque tenía la adrenalina por las nubes. Sí, les confieso que estaba más asustado que Clinton cuando iba con Petro manejando el carro eléctrico en Cartagena.

Esos momentos fueron eternos para mí. Ahí logré ver cómo el trabajo en equipo es impecable para el bombero; el agua, su primer aliado; el fuego, su más grande enemigo, y los ciudadanos, los mejores espectadores. No faltó el vecino chismoso que al verme dijo: “Doctor Luna, ¡bájese de ahí que usted no sabe de eso!”. Yo no quería que acabara la experiencia; estaba más feliz que Maduro descabellando a Diosdado.

Pero todo terminó. Con 2 kilos menos y creyendo por unos minutos haber formado parte del grupo de héroes que apagó el incendio del emblemático edificio de Avianca, evitó catástrofes en las inundaciones de Patio Bonito y el Tunjuelo, y reaccionó inmediatamente al cobarde acto terrorista del Club el Nogal, se acabó una de las jornadas más emocionantes de mi vida. A los bomberos, gracias y mil veces gracias. A SoHo, más gracias por permitirme contarles a sus lectores sobre cómo viví un día con los mejores: el Cuerpo Oficial de Bomberos de Bogotá.

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