Confieso que la avalancha de noticias que hace un tiempo difundieron los medios del planeta sobre la gripa que primero llamaron “porcina” y luego rebautizaron AH1N1, las leí o escuché con poco interés, porque no creí que a mí también pudiera afectarme.

Un vuelo Avianca directo de Buenos Aires que me trajo a Bogotá no ofrecía nada preocupante, salvo por un detalle que 48 horas después se tornó importante y que aún hoy no consigo aclarar, a pesar de que lo he intentado. En cuanto abordé el avión, en la hilera central de la clase económica en la que viajé con mi esposa, en uno de los asientos del pasillo iba un hombre joven que desde el primer instante dio muestras de estar padeciendo un resfriado fuertísimo. Su permanente tos, anunciando grandes y asquerosos gargajos, con las repetidas aplicaciones de un pañuelo mugriento en su enrojecida nariz, me tentaron a llamarle la atención y a invitarlo a que se fuera con sus porquerías al baño. No fue por miedo que no lo hice, sino por idiota.

Al día siguiente almorcé con dos cercanos amigos periodistas, para ponerme al tanto de lo que había pasado en el país durante mi ausencia, y como a las tres de la tarde empecé a sentir dolor de cabeza, fiebre y dificultad para respirar. Como en la noche estaba invitado al programa Hora 20, me fui temprano para mi casa, con la esperanza de que unas horas de reposo me restablecerían para atender el compromiso. Qué equivocado estaba. 

Hacia las cinco de esa misma tarde, la fiebre había subido a 41 grados, mi debilitamiento era creciente, al extremo de que no podía coordinar las palabras. Fue tanta la calentura que al recibir una llamada telefónica, mi esposa advirtió que algo raro me pasaba, pues no podía articular las ideas, por lo que me quitó el teléfono y le anunció a mi desconcertado interlocutor que mi estado febril me impedía hablar. Fue entonces cuando llamó al médico, quien llegó una hora después, y allí empezó el resto del drama.

Después del examen de rutina, la actitud cautelosa del galeno me dejó inquieto, sobre todo porque su única solución fue la de que se me trasladara a la clínica, lo cual ocurrió unos minutos después, no en mi carro, sino en una ambulancia que prendió su ensordecedora sirena para abrirse paso a las siete de la noche en las congestionas vías bogotanas. 

Al llegar a la clínica empezaron los exámenes de sangre, me sentí tan “chuzado” como en el gobierno de Uribe, y luego muchísimas radiografías dizque para descartar enfermedades que nadie me precisaba cuáles podrían ser. A todas estas, la noche avanzaba sin haber recibido un solo medicamento, no obstante que la fiebre permanecía en 41 grados. 

En la madrugada de la primera noche, después de muchísimos exámenes y juntas médicas incomprensibles, decretaron mi internamiento en la clínica para seguir el monitoreo de lo que para entonces no tenía ni idea de lo que podía ser, aunque en principio sospeché que podía tratarse de un dengue, porque en la hermosa ciudad de Salta, al norte de Argentina, de donde venía, son frecuentes los avisos de prevención de esta enfermedad, prima hermana menor del AH1N1. Me trasladaron a un pabellón extraño del que muy pronto advertí era especial, como los médicos que empezaron a tratarme. En efecto, al mediodía llegó una eminencia de la medicina viral, y lo primero que hizo fue ponerse una mascarilla que le cubrió la boca y la nariz y además unos guantes. En otras circunstancias, la escena parecería un asalto y no una consulta médica. El brillante médico no me examinó, tampoco me tomó el pulso, ni oyó mi corazón, era evidente que estaba preocupado por él —hoy lo comprendo y justifico— y con la frialdad de quien está habituado a dar malas noticias, sentenció: “Hombre, lo más posible es que usted tenga el virus AH1N1”. Mi mujer y yo quedamos estupefactos, tanto por la gravedad de la noticia como por la cantidad de errores cometidos, pues ni había ido al médico apenas tuve un síntoma, ni me aislé, ni hice nada de lo que las campañas mediáticas anunciaron profusamente que había que hacer. Entonces recordé al cabrón que tosió y escupió durante las seis horas de vuelo de Buenos Aires a Bogotá, a quien sindico del contagio, que ojalá, si ha sobrevivido, también lea esta nota.

Cuando recibí la demoledora noticia, me aislaron de toda la familia, porque solo hasta entonces comprendimos lo que me estaba pasando. Por supuesto, las visitas anunciadas de mis conocidos quedaron todas postergadas. La fiebre intensa siguió otro día más, momento para el cual autorizaron suministrarme Tamiflú, una droga severa que no venden en droguerías, ni siquiera con fórmula médica, y que solamente la administran en condiciones extremas. Solo en ese momento la fiebre empezó a ceder, y se inició el lento proceso de recuperación de una enfermedad que me tuvo derrumbado y con escalofríos intermitentes aun después de abandonar la clínica, al quinto día de reclusión. 

Devastado con la mala nueva de ser uno más de la estadística de AH1N1, la situación se agravó cuando mi hija mayor tuvo los mismos síntomas, lo que obviamente me alteró más. Por fortuna, la terapia tiene aprendido que a los miembros de la familia que tengan las mismas señales de quien padece la enfermedad, sin exámenes previos pero sin dilación, les recetan la pastilla salvadora Tamiflú, que operó positivamente en la salud de mi primogénita.

Antes de abandonar la clínica, la luminaria de las enfermedades virales que primero me atendió fue sustituido por un colega suyo, muy parecido a la Pantera Rosa, nada hábil en el arte de tranquilizar a sus pacientes, en especial a quien como yo sufría dolencia grave y contagiosa. Lo recuerdo como desfilando en pasarela, caminando en puntillas y hablándome lo más retirado que le fuera posible, obviamente para que la mala suerte de su enfermo no lo tocara.

La noticia de mi enfermedad se difundió rápidamente. Con razón mis amigos del almuerzo de la víspera maldijeron, y consultaron a sus médicos. Los panelistas del programa Hora 20, al que no pude ir, agradecieron mi ausencia. Otros contertulios con los que suelo reunirme a arreglar el país, con quienes teníamos programado un viaje a una casita en tierra caliente, discretamente cancelaron el compromiso, salvo la valerosa Carmen Barvo, quien con su humor costeño cachaquizado, anunció enhiesta que no renunciaba a acompañarnos porque “yo me le prendo a un leprocomio”.

Los días han pasado y todo ha vuelto a la normalidad, incluso ya advierto que en los supermercados, en el cine, en el Externado o en Los Andes, o en los juzgados, la gente no se inquieta al verme y me han vuelto a saludar los de siempre. Ya estoy bien, apenas preparándome, porque ese mismo médico parecido a la Pantera Rosa me insinuó que lo peor de la AH1N1 es que a lo mejor repite.

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