La primera vez que estuve en la cama con Manuel busqué con disimulo entre las sábanas la intachable evidencia de que él se había corrido, pero no encontré nada, una sensación incómoda se apoderó de mí. Que un hombre no satisfaga a una mujer es cuento viejo, pero que él no se venga, eso es algo que no me había pasado. Y empecé a sentirme mal. ¿No le gusté? ¿No lo excité lo suficiente? A los pocos días, el tema salió a relucir y Manuel me explicó que él, desde hace muchos años, practicaba sexo tántrico y que era una experiencia que quería compartir conmigo.

Yo había tenido encuentros de este tipo con otro chico, pero la experiencia había sido incómoda, la frustración que él sentía cada vez que involuntariamente eyaculaba era tan intensa que toda la acción se convertía amarga y complicada. Sin embargo, con Manuel las cosas fueron diferentes pues tuvimos un diálogo mucho más abierto y me contó en qué consistía su placer, algo muy poco convencional por estos lados del mundo. Me dijo que lo ideal era eyacular máximo dos veces al mes, que se podía masturbar de vez en cuando pero sin que el semen saliera de su cuerpo, y que lo que buscaba era sentir orgasmos así. Me contó que al guardar esa energía sexual, que se pierde en cada eyaculación, siempre estaría listo para una relación, a cualquier hora y en cualquier lugar. También me decía que eyacular al estilo de las películas porno donde salen chorros enteros de semen iba en contra de su filosofía, pues la energía sexual hay que mantenerla en el cuerpo.

Claro, le pregunté mucho sobre cómo hacía para controlar la eyaculación, y me decía que tenía estrategias que había leído en libros. Por ejemplo, se concentraba con su mirada en una parte de mi cuerpo y con el control de la respiración diluía ese impulso. También se oprimía con un dedo el ‘níes‘ (ese punto que cómicamente se dice que no es verga ni es culo) para retener el semen. En fin, me contó mucho de por qué el sexo debía ser algo más espiritual, de una real conexión de los cuerpos, y que tenía mucho que ver con el yoga que practicaba y con la sana alimentación que mantenía con verduras y frutas principalmente.

No crean que cada relación implicaba tiempos eternos y meditación. Nada de eso. En bastantes ocasiones las ganas nos sorprendían en la cocina y sobre el mesón teníamos sexo salvaje más parecido al porno que al yoga. Lo único es que nunca se corría.

No eyacular no indicaba la ausencia de orgasmo. De hecho, me contaba él que sus orgasmos eran internos e igual de intensos. Y era rico saber que en una noche teníamos hasta sesiones de dos horas de sexo multiorgásmico que me hacen creer que algo de cierto hay en esa filosofía de mantener la energía sexual.

El acto no era típico. Él gozaba viéndome sentir placer, así que esperaba hasta que yo me viniera y se salía de mí. Después sentía placer masajeándose las huevas. A veces yo lo ayudaba. En un par de ocasiones toqué el cielo, mientras me contraía, el calor que acumulaba entre mis piernas subió como un corrientazo (a falta de otra palabra) por mi espina dorsal y ese extraño vacío terriblemente placentero reventó en la última de mis vértebras.

Sin embargo, había algo de mí que añoraba ver su semen. La evidencia materializada del goce de la otra persona o la explicación del lado animal del acto, plasmada en la necesidad de ver el líquido que posiblemente lo deje a uno embarazado. Eso me hacía falta. Es perfecto y aséptico, pero a veces hace falta el descontrol del cuerpo.

De todas formas salgo a la defensa del sexo tántrico. La falta de semen puede ser una desilusión para una chica que pasa por la cama de un practicante tántrico una noche, pero para la pareja es cuestión de costumbre. Es más, este tipo de relación no llega a su clímax si no es en una relación estable. No es solo el acto, es la idea de controlar el cuerpo para desear a la pareja de una manera más prolongada. Es una nueva forma de conectarse, otra forma de tejer una relación, es otro nivel de intimidad.

El tiempo con Manuel se acabó. El final fue, como muchos otros, cruel y difícil. De toda la experiencia solo me queda clara una cosa: el primer regalo para mi próximo amante será el libro El amante perfecto: Tao del amor y el sexo.

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