Había estado bebiendo desde las diez de la mañana. Llevaba años en Hoboken, Nueva Jersey, donde nació Frank Sinatra. Mientras un mecánico salvadoreño cambiaba las bujías a su auto, él tomaba cervezas de litro. Para equilibrar, le entró al perico y al perico para atrás. Jaló, fumó y pasó al whisky para no quedarse tieso. El día se hizo tarde y el salvadoreño despachó el carro cuando él llevaba rato encendido. Manejando, pensó que lo mejor era comprar algo de comer y hacer una siesta antes de salir a trabajar. Llegó a su apartamento con un pollo entero guardado en una funda de plástico. El pollo estaba frío. Se había enfriado en el camino o se lo habían vendido frío y él no se había dado cuenta. Fue a la cocina, encendió el horno y puso el pollo dentro. Algo noqueado, caminó hasta su cuarto y se desmoronó sobre el colchón, a esperar. Despertó mojado. Un tipo que sostenía un hacha le hablaba en inglés, su cueva estaba inundada y ahumada. El pollo se fue de largo, sonó la alarma, llegaron los bomberos. Firmó unos papeles, escuchó recomendaciones baja la frente y decidió que ya no tenía hambre. Se metió a la ducha, se sacudió, se arregló y salió del lugar, las suelas de sus zapatos levantando gotas del suelo. Esa noche tocó las congas y cantó lo que siempre cantaba, las canciones del otro. Subió al escenario del Golden Palace, cerca de Queensborough Plaza, con el Combo Caliente de Isidro Infante. El público la gozó y volvieron a decirle lo mucho que se parecía a ese que nadie sabía dónde andaba y que siempre llegaba tarde. Entrada la madrugada, fue al bautizo del hijo de un primo. Se amaneció. Las diez de la mañana del día siguiente, domingo, lo sorprendieron manejando solo, bebiendo y jalando, de vuelta en Nueva Jersey. Aquí lo inevitable: se durmió al volante. Clavó el mentón en el pecho, centímetros más arriba del pico de la botella, que descansaba entre sus piernas. El estruendo metálico lo levantó, tenía un vidrio clavado en la frente y no sabía contra qué se había chocado. Días después, en la cama de un hospital, le contaron que tenía un alfiler de silicón uniéndole la cabeza y que se había estrellado en una escuela de judíos. Fue a la corte y tuvo que escoger entre la cárcel y la tierra de donde había llegado. Volvió a Guayaquil y en la aduana le preguntaron si era Héctor Lavoe. Freddy Barberán respondió que no, pero vio una oportunidad y la tomó. Las gafas y la chaqueta rosa se las había regalado el mismo Héctor Juan Pérez Martínez. El disfraz de Chaplin tuvo que comprarlo. Así engendró al Héctor Lavoe ecuatoriano. Era 1990.

El primer recuerdo que tiene Freddy Barberán es estar sentado en el patio terroso de su casa —un suburbio de Guayaquil, por la trece y Ayacucho—, en la segunda mitad de los cincuenta, haciendo un show. Terminado el almuerzo, hundía palitos de madera en el suelo y sobre ellos ponía las ollas de su madre. Golpeaba los peroles, cantaba cosas que no recuerda y los niños vecinos le hacían la ronda. Su segundo recuerdo es tocar las cacerolas dentro de casa para poder cobrar. Cree que cobraba un real por espectador cuando diez reales eran un sucre. Creció lavando carros, vendiendo caramelos, lustrando zapatos, robando limosnas de las iglesias y robando el dinero que su abuelo, peluquero de profesión, ganaba vendiendo brillantina líquida y sólida. Ante las reincidencias del angelito y habiendo suministrado mil palizas, el barbero optó por darle una fuente de ingresos dentro de su local. Colgó un cordel en un rincón de la peluquería y sobre él varias revistas que el nieto se encargaba de alquilar. El cuadro era tierno, pero la ternura no alcanzaba. Al poco tiempo, el querubín cambió las revistas que le había dado su abuelo por revistas pornográficas y subió el precio del alquiler.

A los quince probó marihuana. A sus vecinos no les gustaba fumar con él porque aguantaba más que el resto y, cuando los otros se dormían, les robaba la hierba y la poma de vino La Parra con que la acompañaban. A los dieciséis, en una clase de agropecuaria, un profesor le contó, en tono de broma, que el estiércol de vaca se podía fumar. Barberán dijo hable serio profesor y esa misma tarde hizo el experimento. Puso la freza en una olla de barro, le echó vino y aguardiente, la dejó tostar al sol unas horas y luego la enterró. Dice que el concentrado salía sancochado del suelo, fácil de enrollar. Se la mandó. Comprobó que podía volar y empezó a comercializar su creación entre sus compañeros del colegio Vicente Rocafuerte. Los cigarrillos FB se conocieron vulgarmente como cowboys y pegaron duro. El problema fue que la competencia surgió de inmediato, el monopolio se desvaneció en un parpadeo y Barberán tuvo que buscar otro empleo. Cumplió los diecisiete siendo corredor de películas. Su labor consistía en transportar, de un cine a otro, rollos de 35 mm. Los amarraba a la parrilla de una bicicleta que no era suya sino de su hermana. Montar una bici de niña no le molestaba demasiado, igual, iba quemando todo el camino. Y se quemó. Un día confundió los rollos, confundió los cines, confundió todo y lo despidieron. Cree que la película eran Los diez mandamientos y que dejó cinco por ahí y cinco por allá.

Cansado de oficios poco glamorosos y mal remunerados, Barberán penetró en la 18, la calle donde está la acción. Empezó desde abajo, siendo "aguatero de las putas". Jabón en mano, limpiaba las lavacaras donde las obreras de la noche enjuagaban la herramienta. No era el mejor trabajo del mundo ni mucho menos, era solo una etapa. En sus pausas, Barberán observaba a un conguero golpear el cuero mientras alguna mujer se desnudaba. Su favorita era Nancy, que tenía una cicatriz en la cara, del costado derecho, desde la oreja hasta la barbilla. Inspirado por esa belleza partida, Freddy se adentró en los caminos de las congas y, en breve, fue él quien marcó el compás con el que ella se quitaba la ropa. Un compás que extravió varias veces, por baboso. Al final, un final pasajero, Nancy, de treinta y cinco, se lo llevó a vivir a él, de diecisiete, y lo mantuvo. Fueron felices o lo creyeron. Ella cambió la 18 por La puerta de fierro, un cabaret en Portete y Guerrero Valenzuela. Él cayó preso en una redada. Tenía tanto material en sus bolsillos, que los policías lo catalogaron como expendedor. Dice que no vendía, que solo le gustaba almacenar, tener siempre "de a bastante". Tras las rejas, se unió a Fogata Combo, un grupo de salsa que había caído en pleno, hasta el utilero estaba preso por esconder marihuana en los estuches de los instrumentos. Los conciertos eran en la penitenciaría, para los presos y los vigilantes. Pasó de la celda al servicio militar, en la infantería de marina. Dice que es buzo, comando, paracaidista y que allí formaba parte de Los Bucaneros, uno orquesta de marinos que amenizaba bailes oficiales y civiles. Dice que la pasó bien y eso que faltaba lo mejor.

Héctor Lavoe llegó al aeropuerto internacional Simón Bolívar en 1984. Tenía contratos en varias salsotecas del puerto, un gran concierto en el coliseo Volter Paladines Polo y una corta gira por ciudades de la Costa. Barberán, que conocía al dueño del William's Exclusive Club, donde Lavoe tenía pactada una presentación, dice que estuvo ahí para recibirlo y que conectó con él de una. La noche destinada al coliseo, Lavoe estaba ebrio, pegado al techo, y se negaba a salir a escena. Según Barberán, entre fanáticos y empresarios tumbaron la puerta del camerino y lo empujaron hasta el escenario. Enfrente de miles de personas, con la orquesta tocando de fondo, El Cantante abrió la boca para insultar al público y adornar su berrinche con lo que los agentes del orden llaman gestos obscenos. La autoridad lo metió al bote en el acto. Lavoe estuvo en la cárcel una noche. Su orquesta, que no le vio futuro al asunto, se devolvió para Nueva York. Hubo que armar un ensamble salsero local para que El Cantante pudiera enmendar con los fanáticos ecuatorianos. Freddy Barberán estuvo en ese ensamble. Los músicos criollos ensayaban y ensayaban el repertorio de hits, mientras Lavoe hacía de las suyas. Barberán dice que la única vez que lo vio en un ensayo fue fugaz: llegó, escuchó los primeros minutos de Periódico de ayer, dio el visto bueno y se abrió. Dicen que cuando lo fueron a buscar para la primera función, Lavoe saltó del balcón de su cuarto en el hotel La Moneda, cayó en un toldo y luego corrió hasta, no se sabe cómo, llegar al Yatch Club. Allí se instaló en una mesa con la caspa de Atahualpa en una funda y continuó su peregrinación.

Barberán cierra los ojos, arruga la frente y dice: "Hicimos horrores y barbaridades", dice que gastaron varios días en el sur de Guayaquil, en Las Malvinas, fundiendo y cambiándose de casa cada vez que algún empresario quería hacer trabajar a Lavoe. A la gente, su gente, le encantaba albergarlo, oírlo hablar de Puerto Rico y brindarle golosinas agridulces. Pero el asunto es que Lavoe y Barberán tocaron juntos varias veces, una de ellas en Las Vegas, algo parecido a un recinto ferial que existió en Portoviejo y donde, dicen, Lavoe pronunció por primera vez una de sus recordadas máximas. Cantaba Juanito Alimaña cuando se acercó al público para aceptar un trago de Caña Manabita. Se inclinó, su cadena de oro quedó flotando y una mano quiso arrancarla. Lavoe reaccionó, se enderezó y sentenció un "¡¿A papá!" que es, hasta hoy, parte integral de ser portovejense. Esa noche Barberán tocó con él, dice que a Lavoe sí le robaron la cadena, pero varios de los que estuvieron en ese concierto lo niegan. En todo caso, Barberán también estuvo en el after party. Unos cuantos músicos acompañaron a Lavoe en un cuarto del hotel Cabrera, en el centro de la capital de los manabitas. Ahí, dice Freddy, le dieron al whisky y al polvo, la droga local, mientras dos fanáticas que los siguieron desde Las Vegas bailaban desnudas para ellos. Cuando se acabó el dinero, Lavoe se sacó uno de sus anillos y lo puso a disposición de los comensales. Barberán asegura que fue él quien llevó el aro hasta el barrio San Pablo y lo cambió por "una funda gigante de base de cocaína".

El San Pablo es un barrio legendario, regado en un cerro al norte de Portoviejo, cerca del mercado #2, del cementerio general y de un colegio jesuita llamado Cristo Rey. Si Ciudad de Dios hubiese sido hecha en Portoviejo, hubiese sido filmada en el San Pablo. Me gradué de bachiller en el Cristo Rey y puedo dar fe de que el San Pablo es uno de esos lugares a los que simplemente no vas: zona roja. Aunque muchos de sus moradores no tienen nada que ver con el crimen organizado, el San Pablo sigue siendo el distrito del terror. Es muy posible que Freddy Barberán haya llegado hasta allí con el anillo de Lavoe si lo que buscaba era cambiarlo por drogas. Para esas diligencias, el San Pablo es the place to be. Sin embargo, ninguno de los vecinos dispuestos a colaborar con esta crónica recuerda el hecho o quién pudo haber recibido el anillo como pago. Ahora bien, el rumor existe, sobre todo entre quienes no vivimos en el San Pablo. Es uno de los mitos con los que me crié. Tal vez el anillo está ahí y no me lo quisieron mostrar. Alguien me dijo que si el anillo aún existe no se lo van a enseñar a un periodista. Por lo pronto, es otra de esas historias que giran en torno a los días que pasó Héctor Lavoe en el Ecuador. Muchos la creen porque así Portoviejo es un mejor lugar para vivir, un lugar del que se puede hablar con orgullo. Freddy Barberán cree la historia del anillo y se cree el protagonista. La de Freddy también es una vida que parece inventada.

En la autobiografía oral de Freddy, él y Lavoe viajan de Guayaquil a Nueva York, en el mismo avión, el 30 de agosto de 1984. Aterrizan en el John F. Kennedy, el boricua le da su número telefónico y le pide que lo busque. Pasan unos meses y Freddy Barberán es miembro de la orquesta de Lavoe. La primera vez que se juntan, en EE.UU., lo hacen en un club llamado El Corso, Lavoe pregunta si hay ecuatorianos presentes, se levantan un par de manos y él dice: a pesar de que en la tierra de ustedes me tuvieron a pan y agua, yo no les guardo rencor, aquí hay alguien que va a sacar la cara por ustedes. Suena La fama, Lavoe le cede la voz principal a Barberán y aprovecha para meter la nariz en el camafeo que tiene por anillo. Barberán es un éxito. Los shows se repiten, siempre a punto de no suceder. Freddy es uno de los que tienen que ir rastreando a Lavoe. A veces lo encuentra doblado, tiene que arrastrarlo a la ducha y prepararle café. A veces lo encuentra puyándose en un baño, tratando de balancear la heroína, el coñac y la coca. A veces no lo encuentra, el show no puede continuar, no le pagan. Como precaución, Barberán consigue un trabajo a medio tiempo pintando oficinas. La otra mitad de su jornada la dedica a seguirle el ritmo a Lavoe. Dice que fueron a Montreal y, como Lavoe era un bulto en el avión, volvieron a confundirlos y el ecuatoriano gozó de todas las licencias de El Cantante. Tomó todo lo que quiso y hasta le permitieron entrar a la cabina a fumar un porrito. Dice que fueron a Cali y que, luego del concierto, los llevaron a un laboratorio y que Lavoe se puso como un niño en una juguetería. Dice que a la entrada de una disco se le acercó un policía, lo puso contra la pared, le dijo que tenía derecho a guardar silencio y a un abogado. Buscaban al otro. Lavoe se había metido con una menor de edad y el padre de la chica lo estaba cazando por todos los clubes de salsa. El asunto termina cuando llega la limosina de La Voz, los policías sueltan a Barberán y se llevan al verídico.

En septiembre del 86 muere Héctor Lavoe Jr., de diecisiete años, a quien su padre había anunciado como el futuro de la salsa. El Cantante se hunde y jamás vuelve a flotar. Barberán decide abandonarlo durante una jornada de heroína. Se da cuenta de que Lavoe se pincha con la aguja de cualquiera y concluye que eso es demasiado. Aun así, se pega el de despedida. La punta de la aguja se rompe en su brazo y le trepa por la sangre. Se pone morado, el cuerpo se quema por dentro y el corazón le aporrea el pecho a toda velocidad. Lo llevan a un hospital. Se salva. El médico le dice que abandone el licor y las drogas. Barberán no le hace caso, pero se hace caso a sí mismo y no vuelve a ver a Héctor Lavoe. Sigue en los excesos. Una noche despierta en medio de una lesbiana y un homosexual. Les propone matrimonio a los dos, pero ninguno acepta. Sigue cantando. Canta con Cheo Feliciano y Daniel Santos. Acepta un trabajo como coyotero para conseguir el dinero suficiente y armar su propia orquesta. La operación falla y él va preso por un año. Lavoe se desvanece. Barberán canta Lavoe, imita a Lavoe sobre y abajo del escenario. Un día empieza a beber a las diez de la mañana. Veinticuatro horas después estrella su auto en una escuela de judíos.

"Me cogieron Joe Mayorga y Los Hechiceros. Con el parecido a Lavoe, los contratos llovían. Hasta que entre el 95 y el 96 vinieron los DJ". De ahí en adelante, Barberán trabajó con pistas, en solitario. Cuando el dinero escaseaba, se prostituía con lo que él llama "maricones bien". Si no le hacían falta los hombres, se dedicaba a las mujeres. Como Lavoe, les pedía a sus acompañantes de turno que firmaran sus contratos por él. Como a Lavoe, los empresarios lo estafaban a menudo. No ganaba mucho, pero tomaba harto y no le faltaba compañía. Le gustaba andar siempre con dos. Con una se metía en la cama y a la otra la tenía de azafata, preparando los tragos, las líneas y, de vez en cuando, pidiendo un pollo frito a domicilio. Su último amor de cabaret se llamaba Lorena y trabajaba en La Isla del Tesoro, uno de los night clubs más populares de Guayaquil. Con ella lo perdió todo. Una noche fue a buscarla vestido de blanco, como Lavoe, se tambaleó entre las mesas, tumbó varios vasos, la gente le reclamó, pero él no hizo caso. Llegó al borde de la pista. Su chica estaba bailando, hilo dental y taco alto. La agarró del tobillo y se la quiso llevar. La gente gritaba "que se desnude Lavoe". Barberán no tuvo fuerzas para bajar a Lorena del tubo. Lo sacaron del local sin estropearlo y él se quedó afuera, bebiendo junto a la caseta del guardia de seguridad, esperando a que la chica terminara su acto y complaciera a un cliente que le había puesto el ojo antes de que Barberán apareciera. Esa noche, como solía hacerlo, se fue con ella a su departamento de La Garzota. Hicieron el amor, tomaron y jalaron hasta el amanecer. Barberán despertó seco y se levantó agitado. A medio camino entre el cuarto y la cocina se desplomó. Sobredosis. La chica se fue, como el borracho de Pedro Navaja, esquivando el cuerpo. Horas más tarde tocaron la puerta. Era el casero, a quien Barberán le debía dinero de la renta. El señor olvidó la deuda por un momento y llamó a una ambulancia. Pasada la crisis, Freddy Barberán resolvió internarse en una clínica de rehabilitación.

Lleva más de un año sobrio. Se lo ve ansioso, siempre tomando algo: jugo, cola, agua; chupando caramelos y fumando cigarrillos. Esta precirrótico, a lo que se refiere como "la antesala de la muerte". Habla de sus fondos en libertad, como parte de la terapia para no recaer. Dice que de lo que más se arrepiente es de haber golpeado a una de sus novias cuando estaba embarazada. Había estado fumando pistolas todo el día y le pidió a la mujer que le trajera un par de cervezas, ella se demoró y él la golpeó tan fuerte que interrumpió el embarazo. Tiene dos hijas, ambas mayores de edad, no las ve nunca o casi nunca, pero ahora que las dos son madres, la una quiere saber de la otra. Barberán sigue cantando las canciones del otro. En noviembre de 2000, escribió, dirigió y protagonizó la obra teatral El vuelo de Lavoe. Planea estrenar una versión extendida, corregida y mejorada en julio de este año, para las fiestas de Guayaquil. Otro de sus shows teatreros, cena incluida, se llama Máscaras: la tragicómica vida del cantante de los cantantes. La última puesta en escena de Máscaras fue el pasado diciembre. Freddy Barberán está vivo, feliz de estar vivo y trabajando con disciplina. Los fines de semana se lo puede encontrar en el club Cabo Rojeño o en la salsoteca Carlos Alberto y, guaridas de los salseros de cepa en el puerto. Antes de salir a escena, el Lavoe ecuatoriano mira al cielo y dice "perdóname, Señor, por ir a la tentación, pero este es mi trabajo". Dice que cuando canta El Cantante le dan ganas de llorar, pero no lo hace, o por lo menos no frente al público. Lavoe no volverá. Barberán todavía no se ha ido y está en paz, siente que lo peor ya pasó.

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