El anuncio

Cualquiera que levante la vista en la esquina de la calle 66 con carrera 4A, en el barrio Chapinero Alto, puede ver sin esfuerzo el anuncio de “se vende” en dos ventanas del sexto piso del edificio Equus 66. El teléfono que aparece en el aviso está escrito muy claro con marcador negro, pero al llamar a ese número nadie atiende. Nunca hay tono, las llamadas se van directamente al buzón de mensajes de voz.

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Tras las ventanas, los blackouts permanecen intactos y nunca varían su posición. Desde la calle, son muy pocos los que no levantan la mirada y desaceleran los pasos para husmear, sin éxito, en el interior. Incluso, se puede ver a muchos conductores y pasajeros que se detienen a mirar el aviso desde sus carros. Cuando pasan grupos de personas caminando, es normal que alguno se detenga a señalar el anuncio o que ponga al tanto del edificio a sus acompañantes, porque en su fachada ya no está el nombre en letras doradas, como antes. Y mientras pasan de largo, es fácil adivinar que, de una u otra manera, todos tienen la misma conversación: se preguntan qué ha pasado o qué pasará con ese apartamento del anuncio. Porque, en general, la gente sabe que el apartamento 603, el del cartel de “se vende”, es el de la familia Uribe Noguera: el lugar donde ocurrió la tragedia de la niña Yuliana Samboní que el país tardará años en olvidar.

El nombre

En 2014, en la esquina de la calle 66 con carrera 4A terminó de ser levantado el edificio Equus 66, que duró dos años en construcción. Sin versiones oficiales sobre el origen del nombre, “equus” es un término que en zoología se usa para referirse al grupo familiar de mamíferos que, después de millones de años de evolución, hoy comprende a caballos, burros y cebras. En un sector de estrato medio que había estado siempre junto al barrio Rosales, uno de los más caros de Bogotá, el Equus 66 se edificó sobre casas estrechas, comercios populares y edificios de apartamentos menores. Ha sido, sin duda, objeto de miradas desde siempre.

Fue cuestión de tiempo para que la zona se llenara de restaurantes top y los pequeños negocios alrededor se convirtieran en tiendas chic. Los dos primeros años del Equus pasaron sin mayor sobresalto, hasta la mañana del lunes 5 de diciembre de 2016, que todos recuerdan. Colombia no había salido del asombro por la tragedia aérea del Chapecoense, que todavía ocupaba los titulares, cuando en menos de una semana llegaron las lamentables noticias desde Chapinero Alto.

Aquel día, desde la mañana y en muy pocas horas, el Equus 66 se convirtió en una estación llena de periodistas, policías e indignados. Para la noche, el andén frente a la entrada era un pasillo de velas y flores que con los días mutó a sitio de peregrinación: se convirtió en un altar abarrotado de carteles, pendones, peluches y juguetes que invadían el jardín y las escaleras.

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“Acá llegaron muchos curiosos —recuerda una trabajadora de la tienda de alimentos que está en el primer piso del Equus 66, quien pidió la reserva absoluta de su nombre, el de sus compañeros y, sobre todo, el del negocio—. La gente sí entraba y lo lamentaba, pero también había mucho morbo: uno podía ver al cliente de siempre que viene a comprar sus cosas y también al que solo entraba para preguntar si uno sabía algo. No era fácil llegar o salir todos los días con la entrada llena de cosas, y con la presión, porque al final nosotras acá trabajamos y todo fue muy impactante, creo que uno sentía que la gente estaba más que todo sorprendida. Y, luego, con la noticia del portero… pues imagínese. Y cuando las señoras del aseo intentaban recoger las flores, un cartel o algo de la entrada, la gente les decía que cómo así, por eso estuvo tanto tiempo lleno de cosas”.

Después del caso, los medios en general hicieron un cubrimiento desbordado, minuto a minuto, frente al Equus 66. En la tienda de alimentos recuerdan que no paró en dos semanas. Tampoco olvidan un dron que sobrevoló el edificio. Eso les pareció “la tapa”. Por esos días, algunos portales excavaron en internet y encontraron que Equus era el nombre de una obra de teatro estadounidense de los años setenta que luego se convirtió en película, sobre un joven con un trastorno mental del que nadie esperaba algo malo, hasta que un día cometió un crimen atroz y dejó ciegos a seis caballos. No se hicieron esperar las notas innecesarias y sedientas de clics que hablaban de la coincidencia rebuscada entre esa película y el caso de Rafael Uribe Noguera.

Con las fiestas de fin de año bajó la marea mediática y también la marea de visitantes, curiosos y manifestantes.

“No sabría decir cuándo fue, pero cuando volvimos, en enero, las cosas que había puesto la gente ya no estaban —cuenta el administrador de la tienda de alimentos—. Eso fue así, nomás. Un día, hace como un mes, me llamó un proveedor nuevo porque no encontraba la tienda. Yo le decía: ‘Hombre, es aquí’, y cuando salí a esperarlo para que supiera dónde era, ahí fue que nos dimos cuenta de que el letrero del edificio ya no estaba, por eso él no lo encontraba”.

Hoy, en la pared de la fachada se ven, como sombras, leves marcas de las letras que formaban el nombre Equus 66 repasadas con una capa de pintura blanca. Nadie recuerda con exactitud qué día las quitaron. Sobre eso también se hicieron especulaciones en internet que señalan el acto como una orden de los Uribe Noguera, pero eso no está confirmado. Lo poco que dice al respecto la administración del edificio es que fue una decisión tomada en la asamblea de propietarios.

La administración

Los porteros del Equus 66 son los menos sorprendidos con la llegada de un periodista que llama al citófono. Con total serenidad, aconsejan que, para saber cualquier cosa, lo primero es hablar con la administración. Sin embargo, la oficina no está en el edificio y ellos dicen no tener un número de contacto. Existe la opción de dejar una carta formal con una petición, pero después de hacerlo, pasan días y días sin que llegue a su destinatario.

Tras una semana y media de insistencia, uno de los porteros me entrega un correo electrónico y un número de teléfono. Escribo. Llamo. El correo nunca es respondido y las llamadas se reducen a conversaciones cortas con una asistente administrativa que, sin disimular un tono de preocupación, sugiere que vuelva a llamar más tarde. Tres días de “llamadas más tarde” después, un portero me ‘facilita’ la dirección de la oficina de la administración. Hasta allá llevo la carta.

La oficina me abre su puerta una semana después. Es un apartaestudio estrecho adaptado como lugar de trabajo, siete cuadras al norte del Equus 66. La administradora, sentada en una mesa redonda, sin esperar una explicación, comenta preocupada que no hay nada que decir, que no sabe nada del tema, que no conoce a los habitantes del edificio, que muy pocas veces va por allá.

Tras una pausa, cuenta prevenida que la vida en el Equus 66 es normal. Que “un buen día”, no sabe bien cuándo, pudo mandar a recoger los objetos del andén, cosa que tenía preocupados a algunos de los vecinos. Que no sabe qué pasó con esos elementos. Que lo único que la asamblea tiene por hacer es buscar una nueva empresa de seguridad porque la actual, llamada Advipor, está en proceso judicial después del suicidio del celador que estaba de turno el día que sucedió lo de Yuliana, lo de Rafael Uribe Noguera, lo del Equus. Que no sabe de gente que se haya ido del edificio desde entonces. Que, en general, los propietarios no viven ahí, sino que los apartamentos en su mayoría están arrendados a estudiantes, a gente joven, a personas que pasan poco tiempo dentro de sus viviendas. Que, más allá de una queja por una que otra rumba esporádica, en el edificio no hay mayor problema. Que, ante todo, los habitantes son personas a las que les ha gustado vivir ahí.

Al final, desliza sobre la mesa la carta que tantas vueltas dio para poder llegar a sus manos. Está intacta, sin abrir, tal como fue entregada. La charla esperada por dos semanas termina diez minutos después de haber empezado.

La Zona G

De los arreglos florales, velas, letreros y restos de parafina que se apoderaron por semanas de la entrada del Equus 66 no hay un mínimo rastro. Al preguntar en los locales vecinos por los días posteriores a la tragedia, todo el mundo repite prácticamente lo mismo: el común denominador es la invasión de medios y manifestantes.

En la mueblería que está diagonal al edificio, después de media hora de espera, los trabajadores dicen con una pena enorme que prefieren no decir nada, mejor, pero que en la cuadra las cosas han estado bien.

En el gimnasio que está cruzando la calle, que es el primer local de la zona que abre sus puertas, siempre puntual a las 5:00 de la mañana, el administrador responde, lleno de sinceridad: “Hombre, si ahí viviera Falcao, Mariana Pajón, alguien así, lo contaría todo, porque lo sabría todo, lo seguiría a todas partes, sabría su rutina completa… ¿Pero de una cosa así uno qué puede decir? La verdad, con todo respeto, me parece amarillismo. Acá todo ha seguido normal, aunque, claro, no deja de ser triste lo que pasó”.

En la droguería junto al gimnasio, el hombre tras la vitrina también evade el tema: “No, pelao, la verdad no sé qué se pueda decir, pero yo desde acá veo todo tranquilo. La gente ha estado muy hermética, salen, entran, van a sus casas. Normal, siguen sus vidas”.

Solo algunas cuadras a la redonda hay brotes de algo alusivo al caso. Dos calles arriba, hacia el oriente, un grafiti, bajo un corredor peatonal, reza en mayúsculas: “TODOS YULIANA SOMOS”. Doblando la esquina hay un letrero más moderado, rodeado de marcas de palmas de manos, que dice: “Yuliana vive”.

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Son contados con los dedos de la mano los lugares cerca del Equus en los que se ve una señal similar. Generalmente, es un cartel de fondo blanco con un listón negro y un letrero: NiUnaMenos. La iniciativa de pegar estos avisos nació pocos días después de la noticia, cuando un grupo de vecinos de la Zona G, un exclusivo sector aledaño de restaurantes, bares, cafés y viviendas, movidos por lo que había pasado, quisieron manifestarse. La idea fue apoyada por el restaurante Philippe, de la carrera 5 con calle 70, y por Camilo Reales, líder del sector, quien organizó en un par de días el diseño, la impresión y la repartición de los afiches. Reales es conocido por realizar diferentes iniciativas con los vecinos del sector. Su mayor logro fue organizar a la gente para evitar la peatonalización de la G.

“No sabría cómo decir qué pasó o por qué ya no hay una recordación del tema —comenta—. Pero en su momento mucha gente sí se manifestó. Me escribían por WhatsApp: ‘Hey, hay que hacer algo’, ‘Hey, miren que es importante’… Muchos de ellos son padres de familia y cuando venían a recoger el cartel decían que la noticia los había golpeado muy fuerte. Yo tengo sobrinos, por ejemplo, y pensando en esa situación, Dios no lo quiera, no sabría qué hacer. Nada más que con el tiempo la gente vuelve a sus cosas, a su rutina, y no a muchos les queda tiempo para manifestarse, por más que así lo quisieran”.

De los 400 carteles que se repartieron, en la Zona G solo se ven seis. Del grupo de WhatsApp que coordina Camilo en el que se comunican 104 vecinos para hablar de temas del barrio, ninguno es un habitante del edificio Equus 66.

Los vecinos

En un día normal de semana, frente a la entrada del Equus 66 pueden pasar horas sin que nada ocurra: no se ve un mensajero, un domicilio o un visitante. La calma es permanente.

Los intentos por contactar a los residentes por teléfono, correo electrónico o chat son casi nulos. En las pocas respuestas exitosas, ante la pregunta: “¿Cómo es la vida ahora en el edificio?”, los habitantes piden discreción y anonimato. Uno de ellos, a través de breves respuestas por chat, dice que ya no vive ahí. Otro, propietario de un apartamento, cuenta que nunca ha vivido en el edificio, que tiene su apartamento desocupado y que no puede decir nada más. Y otro, con más severidad pero con total cortesía, dice que después de lo que ha pasado está cansado de lo que han hecho los periodistas y, por eso, prefiere no hablar.

En un acto casi policial, al final de una tarde de viernes, sin la oposición de los vigilantes, lo único que queda es esperar en la entrada y preguntar. Y en un giro inesperado, las tres personas que salen o entran en un lapso de cuatro horas responden con disposición.

La primera, una mujer pequeña, de mediana edad, con pelo liso y cartera de cuero, comenta: “Paso muy poco tiempo aquí, entonces no sabría qué decir. La gente entra y sale, pero todo ha estado normal”.

Un joven que, se nota, acaba de llegar de hacer deporte, con sudadera gris, audífonos y un termo en la mano, se toma su tiempo para pensar. “Mira, yo creo que no sabes el daño que se ha hecho con todo lo que se ha dicho sobre este edificio. No sabes cómo ha afectado esto comercialmente, cómo incluso mucha gente dejó de venir a visitar a algunos de los que viven aquí, porque, claro, pasó algo horrible… pero así como pasó en mi edificio, pudo pasar en tu edificio, porque puede pasar en cualquier parte. ¿Y cómo vas a saber que una clase de persona así vive encima de tu apartamento?”.

El último en aparecer es un hombre de unos 35 años, camiseta, pantaloneta; en la mano, comida para llevar. Escucha con atención y, después de una sonrisa amigable, responde: “No, es que no…”.

El nuevo anuncio

Después de días sin novedad, el primer fin de semana de marzo aparece un anuncio sobre un balcón del quinto piso del Equus 66: “Se arrienda”. Al llamar, contesta una voz de hombre gruesa, cortés. Es la voz de un cachaco. Sin misterio, describe el apartamento: 73 metros cuadrados, una habitación, un estudio, dos baños, cocina abierta, balcón, parqueadero, depósito; 2.700.000 pesos más 300.000 de administración; disponible ya.

— Ah, y lo mejor, estrato 4 —dice.

— ¿Y la zona?

— No, muy bien… tienes todo cerca, muy tranquila, además.

— ¿Y por qué lo arriendan?

— No, la muchacha que estaba antes se fue porque encontró un lugar más cerca al trabajo. Hace nada, una semana…

Y agrega, sin que se le pregunte:

— No, y el edificio es muy bonito. A mí me gusta. Mucha gente joven, hay muchos de Manizales. ¿Tú de dónde eres? ¿Y qué estudias? Acá hay mucho estudiante. No, es muy bueno para vivir, gente muy buena en este edificio.

Al siguiente día, el hombre está esperando en el lobby para mostrar el apartamento. A sus espaldas, el edificio luce esplendoroso: baldosas de arabescos envejecidas, pasillos de luces tenues. En el quinto piso, tras una puerta con chapa de seguridad, se abre un espacio lleno de luz de tarde. El lugar es de un lujo sobrio, de un trazado tan sencillo que lo hace parecer más grande de lo que es. Paredes blancas, pisos de madera laminada. Al final, el vidrio que da al balcón. El hombre se dirige hacia él y sube la cortina corrediza que deja descubrir una vasta panorámica de Bogotá sobre el occidente.

El propietario repite todas las cualidades de las que habló por teléfono y resume las ventajas de estar ahí: la vista, la panadería de abajo, la buseta que sube del centro comercial Andino, la gente que sale a hacer deporte… y, con énfasis, la tranquilidad, los vecinos. Porque él vive ahí.

Mientras habla, en el edificio que está al frente se ve a una mujer joven que toma una regadera y la pasa sobre las plantas que decoran su balcón. Con minucia, y sin disimular mucho, se queda observando detenidamente el quinto piso del Equus 66, donde hay un nuevo cartel que dice “se arrienda”. La única diferencia es que siempre atiende alguien el teléfono que aparece en este anuncio y pocas veces las llamadas se van directamente al buzón de mensajes de voz.

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