El 12 de septiembre del 2001 fue la primera vez en 15 años que Johan Bathurst no tuvo que ir al trabajo, en la bolsa de acciones de Nueva York. El día anterior, había llegado tarde a casa, naturalmente, después de un día soleado de sangre, polvo y lágrimas. Se despertó con calma, a las 10:30, y le pidió a su señora que no le subiera el periódico, el Daily News que le había estado llegado durante los últimos 25 años, desde que se casó con Jody Stainer, la mujer que ese día se sentía la más afortunada del universo. En septiembre del 2001 Bathurst canceló sus suscripción al Daily News y desde entonces no lee noticias diferentes al moviendo de La Bolsa, donde trabaja como corredor. Cuando lo conocí, sentí que su voz craqueó al referirse al atentado; sentí que para él no había sido un evento político, histórico o terrorista. Eso, de hecho, no parecía importarle. Sentí, en cambio, que el evento durante el cual Johan vio a sus compañeros morir asfixiados le cambió la vida; como un padre que ve morir a un hijo, un padre cuyos ojos nunca van a volver a brillar.

Hay muchas cosas que decir sobre el 11 de septiembre. Empezando por el día que le siguió, cosa que hace el New York Times en el melancólico artículo que abrió hoy su edición. También se puede hablar del ambicioso proyecto que busca remplazar las Torres Gemelas, La Torre de la Libertad, el cual solo pudo empezar obra este año, tras miles y millones de batallas legales sobre la propiedad del establecimiento. Asimismo, podemos hablar sobre las implicaciones a largo plazo del evento que dio lugar a una etapa histórica sin precedentes en occidente: la lucha contra el terrorismo, la dogmática e injusta lucha en contra del mundo islámico, que por estos días parece por haberse disipado, no solo gracias a un presidente competente, sino a una crisis económica global que tornó lo ojos de todos en otra dirección. Ahora queda Afganistán, cuya guerra y situación actual, como sostiene The Wall Street Journal en su artículo de portada, no deben ser confundidos con el terrorismo de Al Qaeda, tal como hizo W. Vale mencionar, también, el insólito debate que a lo largo de los últimos 8 años no ha podido resolver si el 9/11 es un día de fiesta nacional, federal, estatal, etcétera. En todo caso, hoy se llevará a cabo, en un Ground Zero todavía en obra negra, la ceremonia para conmemorar los atentados de las Torres Gemelas. Acá estarán el vicepresidente Joe Biden y su comitiva. También hoy, se inaugura el New Island Festival, una feria que celebra los 400 años de la fundación de Nueva York, que tuvo lugar en la pequeña y hoy abandonada Governors Island, donde los holandeses se asentaron hace IV siglos.

Esta mañana, lluviosa y fría, Johan Bathurst se levantó temprano para emprender la tediosa ruta que emprende todas la mañanas: de la casa en New Jersey al colegio de los niños en Union City y de ahí a la Bolsa, a dos cuadras de Ground Zero. Se demora una hora y treinta, juega sudoko en el tren y llega a las 9 en punto a la Bolsa, cuando el timbre da inicio a un día en el que invertirá la plata de otro hasta las 4 de la tarde. Johan no quiere saber nada que tenga que ver con los atentados, y me contestó la llamada esta mañana porque grabó mi teléfono cuando lo visité en la Bolsa hace un mes. Lo llaman de todos los medios, porque según él todos quieren la versión de los testigos más cercanos, pero él siente, como siempre ha sentido, que es de mal gusto hablar en vano de sus compañeros que murieron. Por eso nunca me contó los detalles de ese día. Esta vez, sentí en su voz un sentimiento de culpa, como si él hubiera sido el culpable de la muerte de sus amigos, a quienes conocía hace 10 o más años atrás. Sentí que Johan hubiera querido morir ese día, en vez de cargar para siempre los ladrillos de esos edificios enormes que mataron a sus amigos y dejaron miles de familias sin padre. En su espalda, delata su voz, se cargan los dolorosos e impensables acontecimientos del 11 de septiembre del 2001 en Nueva York.

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