Por León Krauze

Estoy decepcionado. No hay derrota que no duela, en el futbol y otras galaxias, como diría el gran Ángel Fernández. Pero hasta para perder hay maneras. Y vale la pena ser honestos con el equipo mexicano. Ayer, a México le ocurrió una injusticia. Y no cualquier injusticia. En un Mundial, un gol lo cambia todo. Mucho más cuando el rival es Argentina. Más cuando se sospecha que la anotación fue producto de una trampa y mucho más cuando la chapuza se comprueba de inmediato, mediante una repetición instantánea que enloqueció a los jugadores y debe haber avergonzado a los árbitros. Es una pena. Hasta el momento del tramposo gol, México había dado un extraordinario partido. Argentina jugaba hacia los lados, sin poder encontrar a Messi en terreno mexicano. No exagero si digo que el hombre más peligroso del equipo de Maradona era Heinze. Eso, y uno que otro forcejeo de Tévez, era lo único que había mostrado Argentina. ¿Y México? Bueno: los verdes nunca han sido incisivos, pero para la primera media hora de partido ya habían avisado al menos tres veces. Hasta el fuera de lugar fatídico, me había gustado Guardado y me había encantado Salcido. Giovani mismo lucía un trote distinto, aunque jugaba lejos del marco. El trabajo de presión contra la media argentina había sido ideal. Márquez jugaba cómodo y Juárez no paraba de correr. Todo iba bien: si no pintaba perfecto para los de Aguirre, el partido al menos prometía una lucha muy pareja: la épica de la paridad. En cambio, todo terminó en un tres a uno injusto pero contundente. Y hay poco que agregar.

Sólo esto: unas horas después del partido alcancé a ver una entrevista con Javier Hernández, ese chícharo que es un garbanzo de a libra. Hernández tiene 22 años de edad recién cumplidos y, con el de ayer, ya ha anotado un par de veces en una Copa del Mundo. Le quedan tres Mundiales por jugar. Aun así, ayer, el Chicharito famoso no pensaba en sus logros: se dolía por la derrota del conjunto. Sin poder contener el llanto, el delantero incurrió en ese exasperante lugar común y lamentó no haber podido dar una alegría al país. Pero dijo algo más, algo distinto: confesó que le dolía haber perdido la oportunidad de demostrar que, en su generación, las cosas son realmente distintas. Al escuchar a este niño – que apenas acaba de salir de la adolescencia – hablar con rabia de las posibilidades reales de los de su edad, comprendí que, quizá, el futuro guarda mejores tiempos, en el futbol y en todo. Y empecé a pensar en Brasil, un Mundial cálido y cercano. Javier Hernández tendrá 26 años entonces. Pablo Barrera tendrá 27, lo mismo que Giovani y Vela. Ochoa habrá tenido cuatro años más para crecer y será un portero maduro de 28. Y yo tendré 39. Será el Mundial de la mitad de mi vida. Mi hijo estará en plena infancia y caminará de mi mano al Maracaná. Entre samba y mariachis iremos vestidos de verde. “¿Crees que hoy gane México?”, me preguntará con ojos ilusionados. Y yo le diré, como le dije ayer, que sí. “Sí, yo también creo”, me dirá ilusionado. Y quizá tendrá razón.

Que corra ya el reloj.

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