Hace 24 horas que Johannesburgo no sabe lo que es el silencio gracias al incesante pito de las vuvuzelas. Supongo que saben de qué hablo, pero explico de todas formas. Vuvuzela es una trompeta de plástico que usan los hinchas sudafricanos para alentar a su equipo y que parece que fueran tocadas por los mismísimos jinetes de la Apocalipsis anunciando el fin del mundo.

Debo reconocer que cuando las oía por televisión pensaba que se trataba de una especie de gran trompeta gigante puesta en algún lugar del estadio, soplada por un descomunal tanque de aire tipo pipeta de gas. Y no. Resulta que es un pedazo de plástico que normalmente se vende a diez rands (un euro), pero que ahora por ser tiempo de Mundial se consigue hasta por 30. Barra que se enfrente a la sudafricana va a perder, seguro.

De las ochenta y cinco mil personas que había ayer en el Soccer City para la inauguración, por ahí unas treinta mil tenían una. Yo no se si soplar vuvuzela sea una materia obligatoria en las escuelas públicas de Sudáfrica o qué, pero qué gente intensa para soplar durante un día entero. Lo peor es que no hay coreografía ni rutina, nadie se pone acuerdo para soplar al tiempo ni nada por el estilo, la ciencia consiste en coger una y empezar a darle con la misma intensidad con la que uno se masturbaba de niño.

Estoy pensando seriamente en comprar la franquicia para Colombia, fijo me forro. Lo único que me desanima es que, conociéndonos, no usaríamos las vuvuzelas para alentar a nuestros equipos sino para meter drogas escondidas a Estados Unidos. Me desmotiva más saber que con toda certeza el Cuentahuesos la incluiría en su rutina de Sábados Felices antes del mes de llegadas al país, y lo que es peor, que Andrés López le copiaría la idea.
 
Me pregunto cómo será mi vida sin vuvuzelas cuando se acabe el Mundial.

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