Muchos de mis lectores me han dicho que creen que soy un hombre. Podría decirles que sí, que soy un hombre, que me afeito por las mañanas y cuando tengo algo en el trabajo me pongo una corbata Hermes de conejitos. Podría decirles que me gusta levantarme viejas en las barras de los bares y que tomo cerveza con mis amigos y hablo de polvos y en el intermedio de los partidos de fútbol me siento a escribir sobre lo que Lola soñaría. Si eso es más fácil de aceptar, podría decir que soy hombre.

Pero la verdad es otra. La verdad es que soy mujer. Tengo el pelo largo y sufro con los acondicionadores. Tengo tetas y un culazo y me da risa que me piten en la calle y me digan “mamacita”. Me hago la cera cada quince días, me pinto las uñas de negro y nunca me maquillo porque no me hace falta. Soy mujer y me gustan los hombres. Me fascina que me toquen, que me digan cosas lindas, que me exciten. Y me fascina escribir de lo que siento cada vez que estoy con un hombre. No le tengo miedo a probar nada, me gustan los juguetes sexuales, me interesa preguntar cómo les gusta más y contarles, he tenido muchos polvos, incontables, con muchos tipos, y a la larga, he pasado bien hasta en los más malos. Sólo una mujer puede escribir una columna de sexo. Los hombres no podrían entender lo que se siente tener un orgasmo múltiple o dar con un polvo e gallo. Pasar de la alegría enorme de una buena noche a la incertidumbre de estar esperando una llamada al día siguiente. El sexo se ve diferente desde ambas orillas y mi función, que no puede desempeñar sino una mujer, es contarles cómo lo vemos nosotras desde este lado.

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