Por Juan Villoro
 
Pase a Caparrós: 
 
En este diálogo una sedentario se comunica con un nómada. Estoy tristemente anclado en el D.F. mientras tú recorres territorios que no conozco. Ignoro si en Asia y África los héroes del Mundial salen de cajas de cereales o patrocinan cervezas. ¿Qué clase de locura es allá el fútbol? Esto lleva a una inquietud más amplia: ¿Tiene caso que suspendamos la respiración, el matrimonio y el trabajo a favor de lo que pasa en la cancha? ¿De qué diablos hablamos cuando hablamos de fútbol?
 
Dejo estas preguntas para que las medites en la sabana donde quizá corre un antílope y paso a un tema que alguna vez discutimos. Te sorprendió que yo dijera “le voy al Necaxa” para referirme al equipo que decide mis taquicardias. Tú hubieras dicho “soy de Boca”. El aficionado mexicano sigue a su equipo, lo cual implica cierta distancia; el argentino es uno con su club. En Boquita hablas del “jugador número doce”, invento porteño. Quien haya ido a la Bombonera sabe que el público aspira a definir el resultado. El aficionado mexicano está menos comprometido con esa intervención. La razón es obvia: si nuestros sentimientos dependieran del marcador tendríamos la vida emocional de un bacalao. Nos conviene pensar poco en el éxito. Lo decisivo no es lo que sucede sobre el césped sino el milagro guadalupano de estar juntos. La fiesta y el desmadre son los triunfos a los que podemos aspirar. 
 
En otra parte de Boquita dices que el hincha argentino encara cada Mundial pensando qué tan lejos llegará su selección y te preguntas en qué se interesan los países que saben que no van a ganar. Querido nómada: ése es el caso de México. Somos actores de reparto casi fijos; pertenecemos a la élite de los cinco viajeros frecuentes a los Mundiales (los otros son Brasil, Alemania, Italia y Argentina). Ahorro el cruel repaso de nuestro rendimiento. Y sin embargo, nos ilusiona Sudáfrica. La obsesión concreta es llegar al quinto partido (en las últimas cuatro Copas nos hemos quedado en el cuarto); la obsesión metafísica es hacer algo raro y recordable: un gol de joroba de Cuauhtémoc Blanco. No esperamos milagros mayores, pero 16 mil mexicanos han acabado con sus ahorros para estar en Sudáfrica. La mayoría de ellos son paisanos que viven en Estados Unidos y encuentran en la selección un símbolo identitario o al menos una proliferación de Speedy González.  
 
Sospecho que en el juego de las ilusiones espero más de Argentina que tú. Sudáfrica se parece mucho a México ’86, cuando la albiceleste calificó in extremis. Al principio, fue un equipo borroso; a partir de cuartos de final se convirtió en la selección mitológica que recordamos como la única que jugó en México. Bilardo y Maradona revirtieron la desconfianza en mantras paranoicos: “Todos hablan mal de nosotros”, “Nos putean sin saber quiénes somos”. No sé si esta vez habrá una reivindicación semejante, con las consecuentes frases inolvidables de Diego (continuación del “sigan chupando”), pero la concentración de talento puede encontrar espléndido acomodo en lo que hasta ahora ha sido el amontonamiento de un andén del metro. 
 
A Argentina parecen sobrarle estrellas para llegar a la eficacia. Alemania no tiene ninguna pero el Bayern, subcampeón de la Champions, probó que mantiene un altísimo juego de conjunto. Además, viene de recibir dos pésimas noticias: el suicidio de Robert Enke y la lesión de Michael Ballack. Las desgracias son la golosina de Alemania. Ahí está la final de Suiza’54 para probarlo. Con sol, hubiera ganado Hungría. Con pésimo clima, la suerte fue alemana.  ¿África se escribirá con A?

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