La idea, al escoger Nepal como destino, era escaparme del infierno indio. De su polución, de sus enormes y destartalados sistemas de transporte, de sus azorantes mototaxistas, de sus calles con vacas y camellos, de su polvo, de su arena, de sus especies. ¡De su calor! Por eso Nepal sonaba ideal: porque estaba en la frontera con Darjeeling, porque es tan barato como la India, porque es cercano y diferente a la India, porque sus atracciones son rurales y montañeras, porque no es el turismo insolente de Tailandia ni la inmensidad abrumadora de la China. ¡Y porque está en las montañas, y es frío! Nunca en mi vida había anhelado tanto el frío: el placer de no sudar después de bañarse, la delicia de taparse al dormir, el deleite de ponerse un saco de algodón recién lavado, la alegría de sentir que el aire puede ser limpio, más puro, más natural, menos industrial. A eso me fui a Nepal: a sentirme, en cierto sentido, algo más cerca de los Andes. Y, sin embargo, todo salió mal.

 

Salí de Darjeeling y tomé un jeep a la ciudad más cercana de la frontera con Nepal, en su extremo oriental: Siliguri. Allí cogí un bus que estaba a reventar. Como era el último del día, me tuve que montar en el techo. Hasta ahí, todo perfectamente en orden. Pero llegué a la frontera india, una olla de nepalíes desesperados comprando los innumerables bienes que solo se consiguen en la India. La humedad se había disparado, porque ya estaba, otra vez, al nivel del mar. Entonces tuve que guardar el saco de algodón. Eran calles y calles de mercados escandalosos, de gente que no inspiraba confianza, de bicitaxistas langarutos con dientes manchados que ofrecían el servicio del cruce de la frontera. Yo caminé, como siempre, para no tener que hablar con nadie. Porque depender de otro ser humano en este contexto puede ser el ocaso.

 

Eran las 6 de la tarde. Había previsto coger el último bus desde la frontera a Katmandú, la capital nepalí, que dura 17 horas. Lo que no había previsto, sin embargo, es que todo en esa frontera eran contratiempos: el puente caído, la cerca cerrada, los transeúntes nerviosos, los vendedores acosadores. Maicao, pensaba, es un dulce al lado de esto. La atmosfera, además, tenía esa densidad en el aire que se ve al atardecer en lugares húmedos, que ensucia el ambiente, que no permite distinguir a distancia, donde los bichos se ven a leguas y la única forma de no ser picado es corriendo. Con el morral al hombro, yo sudaba y sufría y me preguntaba de dónde acá me dio por estar ahí, en esa caldera bulliciosa, hasta que crucé el río, pasé la frontera y entré a Nepal.

 



Los indios no necesitan autorización para ir a Nepal y viceversa. Yo era, como ya me había acostumbrado, el extraterrestre, el diferente, el único raro que en esa frontera, a esas horas, tenía que sellar su pasaporte. Es más: era, estoy seguro, la única persona con un pasaporte en el bolsillo. La Oficina de Inmigración era una casa estropeada: sin puertas, sin ventas. Timbré y nadie me abrió. Grité y nadie contestó. Prendí la luz y no prendió. Pregunté, y el oficial –gordo y con camisa desabrochada– estaba en la esquina tomando whisky. El señor –con uno de sus pocos dientes bronceado en plata– me saludó delante de los amigos, que se rieron de mis piernas picadas, y me llevó a la oficina. Allí prendió una vela, miró mi pasaporte y me puso el sello pertinente. Era, de lejos, la oficina de inmigración más arcaica que hubiese visto.

 

Era hora, entonces, de montarme en un bus, zamparme tres pastillas que me noquearan, y dormir hasta llegar a la dulcemente fresca ciudad de Katmandú. Pero todo, como decía, salió mal.

 

El último bus que iba para Katmandú ya había salido, así que la única era quedarme en esa muerta frontera nepalí. Quedaba un bus en toda la terminal, que iba para la ciudad de Janakpur, recomendada por la guía gracias las pinturas que sus habitantes hacen en sus casas de barro. ¡Excelente!, dije, para allá voy.

 

Pero el bus resultó ser casi de piedra, su música ensordecedora, y el recorrido un martirio de tropezones y mediocridades. Creo, si no estoy mal, que nunca andamos por una carretera pavimentada. A medianoche, el busetero paró a tomarse una siesta, en la mitad de un potrero con moscos y vacas cuya posición uno no podía encontrar.

 

Llegamos a Janakpur a las 4 de la mañana. Un pasajero me preguntó que qué venía a hacer acá, a este moridero, y yo no le supe responder. Me bajé y tiraron desde el techo la maleta al piso, con lo que me di cuenta que el pueblo estaba cubierto de arena, tal como quedó mi maleta.

 

El bus se fue, los que se bajaron se fueron y ahí me quedé yo, solo, en la mitad de dos avenidas desamparadas, en un pueblo del que nada sabía, lejos de toda civilización, al sur de Nepal; en el pueblo más desértico de Nepal, un país de montañas; en el pueblo menos nepalí de Nepal; en el pueblo –y ésta viene siendo la peor de todas la noticias aquí contadas– más indio de Nepal. Estaba en Nepal, sí, porque eso decía mi pasaporte, pero esto de nepalí no tenía nada, sino indios que mostrar.

 

Caminé por una hora por las polvorientas calles de Jaktapur, hasta que encontré un cuarto cuya cama, si bien aceptable y doble, estaba cobijada por el mosquitero más grande, aparatoso y sucio del planeta. Salí al otro día y reservé el primer boleto para Katmandú, que era 12 horas más tarde. Visité el pueblo, vi las jodidas casas con sus pinturas, me empujé un plato indio, hablé algo en hindi, y me encerré en el cuarto, resignado, a ver televisión y gozar del ventilador. Estaban dando Mrs. Doubtfire en hindi, y me la vi completa.


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