Anoche soñé que Michael Jackson estaba muerto. Los noticieros de las siete de la noche abrían con la noticia, dejando en segundo plano el anuncio  de que Colombia estaba en recesión económica, así el gobierno dijera lo contrario.

Ese mismo día por la mañana, las presentadoras de farándula de los mismos noticieros habían sacado una nota afirmando que el Rey del Pop entrenaba con el musculoso Lou Ferrigno para su regreso, a producirse en julio en Londres. ¿Hacía cuánto no grababa un éxito? Ni Dios sabía lo mucho que Michael necesitaba este regreso. Si existiera, hubiera podio preguntárselo en persona ahora que está muerto.

El hombre había nacido 50 años atrás en Indiana, un estado que no llega a ser la décima parte de Colombia, pero que tiene dos husos horarios diferentes. Era el mejor de los Jackson Five, por eso se salvó de manejar una grúa en una fundición de metal, como su padre, Joseph. De lo que no se salvó fue de los abusos sexuales de su progenitor.

Soñé que se iba corriendo la voz apenas se sabía de su muerte. Mensajes de texto, chat, llamadas telefónicas, Facebook, todo estaba inundado. La gente no hablaba de otra cosa, pero nadie se lo creía aun.

El parecido con la muerte de Elvis Presley era impresionante, aunque en los días de Elvis no hubiera tanta tecnología. Aquel era el rey del rock, este lo era del pop. Uno tenía Graceland,  el otro, Neverland. Elvis murió ahogado en las pastillas que su médico le había recetado el día anterior, Michael recibió una inyección de Demerol, algo similar a la morfina.  La que más sufría era Lisa Marie. Ya había enterrado a su padre, ahora lloraba a uno de sus tres ex esposos.

Y por un momento en el sueño, Michael Jackson no estaba muerto, era un montaje, el mismo que había hecho Elvis, y Hitler, y Pablo Escobar, y Rodríguez Gacha. Todos vivían juntos en una tranquila isla que no figuraba en ningún mapa.

Pero la realidad era que estaba ahí, en el ataúd. El embalsamador se había esmerado. Su blanca piel, seca como un pergamino, brillaba como una de esas manzanas de cerámica de centro de mesa que dan ganas de morder. No recuerdo bien su ropa, pero sí tengo presente que vestía uno de sus sellos, pantalón negro y medias blancas, combinación que tanto ofende a la clase alta bogotana.

Me encontré de frente con su gran amiga, Elizabeth Taylor, y me pareció imprudente pedirle un autógrafo. En 1958, cuando Michael nacía, ella era una hembra frenética de 26 años que había sido nominada a su segundo premio Oscar. De golpe apareció Diana Ross y todos hicimos un silencio –valga decirlo- sepulcral. La similitud con el finado era más que llamativa, crispaba la piel.  

Me dolío un poco que nadie en el velorio hablara de Farrah Fawcett, fallecida ese mismo día por un cáncer que había comenzado en el ano y había terminado en toda ella. Por primera vez, así fuera en sueños, Estados Unidos imitaba a Colombia y no al revés. Al payaso Bebé lo habían enterrado en el olvido por cometer la imprudencia de morirse el mismo día que Rafael Escalona. Fawcett era el payaso Bebé.

Anoche soñé que Michael Jackson estaba muerto. En lugar de velar su cuerpo, velábamos un maniquí. Nadie parecía notar la diferencia, eran tan iguales.

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