Cuando alguien se va de un lugar por mucho tiempo guarda la esperanza de que a su regreso muchas cosas (las malas, ojalá) hayan cambiado. El asunto es que llegado el momento de volver se descubre que todo sigue igual y que nadie tiene nada que contar.

Pisé Colombia la semana pasada luego de tres meses de haberla abandonado a su suerte, y noto con igual dosis de agrado y pavor que está justo como la dejé.

Mis amigos mantienen sus buenos empleos, sus altos sueldos, sus lindas esposas y continúan aburridos de la vida, envidiando la mía sin que yo -que ansío la de ellos- entienda bien por qué.
 
Los policías andan todavía de a dos en las motos, haciendo mas difícil la dura tarea de perseguir ladrones. No hemos aprendido a usar las glorietas ni las escaleras eléctricas. Los conductores siguen tirándole el carro a todo peatón que intente cruzar la calle, y cuando no alcanzan a amenazarlo con atropellarlo, lo encienden a pito. La diferencia entre un simio y un ser humano es que el primero se agarra al pito una vez lo descubre y no lo suelta jamás, lo usa como un arma. Este país está lleno de simios con licencia de conducción.

Vicky Dávila no ha abandonado ese gesto ridículo cada vez que abre La Cosa Política, y los noticieros insisten en gritar los titulares en vez de anunciarlos. Ellos, los noticieros, siguen presentando notas tontas de hinchas a la salida de los estadios y en lugar de reseñar el retiro de Armando Benedetti de la vida pública para el bien de todos, registran su ascensión como Presidente del Senado.

A falta de un animal mejor, los costeños seguimos comiéndonos a las burras, al tiempo que los niños bien de Bogotá mantienen la costumbre de decir “huevón” cada tres palabras. El hueco de mi calle sigue ahí, Seinfeld se aferra a su horario de las seis de la tarde en Sony, en la tienda de la esquina la Jumbo Jet de 100 gramos cuesta tres mil pesos aun, e increíblemente a la gente le sigue gustando las achiras.

El servicio al cliente continúa siendo una porquería: Avianca no encuentra señales de un pasaje nacional que compré en mayo, y lo mejor que puede hacer por mí es decirme que vaya hasta la oficina del aeropuerto, donde lo compré, para ver si logran dar con él, mientras que Comcel pretende cobrarme en una sola factura una cifra similar a la que consumiría en 130 meses de celular. El caso está en estudio y no tengo ninguna esperanza de ganarlo.

La mujer que hace el aseo en mi casa sigue siendo tan bien intencionada como torpe y botó todo lo que tenía en la nevera porque pensaba que estaba vencido, aunque debo reconocerle que no robó. En la casa de mi padre en Barranquilla cortaron el palo de mango porque estaba dañando los cimientos de la construcción en lugar de dar mangos. Nada cambia; cuando volví del mundial pasado habían quitado el de guayaba por la misma razón.

En mi edifico no han acabado las obras de impermeabilización que empezaron en enero y que iban a durar tres meses, y ayer noté que todavía siento algo raro cada vez que me cruzo con la del 601, una señora tan madura como deseable, madre de una hija que por edad podría salir conmigo.

Ahora debo irme; en estos tres meses el del 402 no perdió la costumbre de hacer fiestas hasta tarde entre semana. Voy a sapearlo con el portero antes de que haga sonar Mujeres divinas por enésima vez. Si no se calla le llamo a la policía, que seguramente mandará a dos de sus agentes en una 125 c.c.

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